Tercera parte. Miércoles, veinticinco de octubre de dos mil seis
–¿No se le ocurre nada que decir, o prefiere esperar callado a que le deje marchar?
–Don Arturo… Yo pensé que mi llamada, que mi mensaje…
–¿Un mensaje que llega cuando el mal ya está hecho?
–Pero Claudio me dio su visto bueno, hablé con él por teléfono…
–Señor Nihilo, ¿desde cuándo es responsabilidad del señor Lozano tomar decisiones?
–Bueno, usted dijo que en su ausencia…
–Señor Nihilo, el señor Lozano no sabía de su misión más que lo que usted me presentó a mí, es decir, lo que por mí pudo saber. En ningún caso estaba en su mano prever semejante calamitoso desenlace. Dejémosle fuera de esta conversación.
Publio Nihilo levantó la cabeza y miró por el hueco libre de la ventana. El otoño había dispuesto a su gusto la ciudad, sembrando por las calles fugaces tornados en miniatura con los que interrumpir el reposo de hojas de periódico obsoletas. Una bolsa catapultada a las alturas por sorpresa devolvió a la memoria de Publio Nihilo una visión reciente con cadencia de medusa. El rostro de Publio Nihilo brillaba sigilosamente a mil leguas de aquel despacho y de la gravedad de sus descompasados reproches. Don Arturo Párvulo posó las manos sobre su escritorio, descargó contra su sofá toda su vejez y la habitación se estremeció en torno a su decepción.
–Señor Nihilo… Creo que me he equivocado con usted. Aunque, ¿quién sabe?, quizás no todo sea para mal…
Más allá del espectro de la ventana, la errática bolsa hizo encallar a Publio Nihilo en la mirada húmeda de don Arturo, en sus palabras hemofílicas.
–¿Don Arturo…?
–Señor Nihilo, soy suficientemente viejo para permitirme cometer el error de dirigirme a usted como lo podría hacer su padre
–(conoció a mi padre…) Don Arturo, usted, ¿conoció a mi padre…? (papá)
–No, señor Nihilo, no tuve el placer de conocer a su padre, pero no me cabe duda de que debió de ser un hombre ejemplar.
–(cuando subíamos a la terraza a contar estrellas…)
–Señor Nihilo, ha cometido usted, en repetidas ocasiones a lo largo de sus últimos cometidos, graves irregularidades cuya redundancia debo prevenir. Quiero asegurarme de que comprende los principios por los que se rige Gesto y querría para ello que usted mismo me los explique.
–Don Arturo, no sé si le entiendo…
–Quiero que me explique, señor Nihilo, cómo concibe usted su papel en el seno de Gesto y quiero que me explique cuál cree que es, a su entender, nuestro cometido.
Publio Nihilo se sintió recorrido por ráfagas de algo viejo y abandonado. Un arañazo lento de obligación, de camino forzoso, de cuesta arriba ahogada y sin interés donde las palabas resultaban vehículos inadecuados.
–Don Arturo, no sé qué decirle, no sé si yo…
–Explíquese con sus propias palabras, diga las cosas tal y como las siente, tan sólo busco comprenderle, conocer sus ideas.
El propio ser se le empezaba a escapar a Publio Nihilo por entre los labios. Transmitir las propias ideas al otro, ponerse en sus manos, desnudarse frente a él. Como salido de un viejo alambique, el aliento de Publio Nihilo brotaba destilado de su propia esencia.
–Bueno, don Arturo… Yo creo… Que Gesto es… Como una especie de… administrador.
–¿Un administrador? Explíquese.
–Sí, un administrador. Gesto administra las expectativas de la gente. De toda… La gente… Todo el mundo acepta los cambios, la evolución. Todos aceptan, todos esperan que las cosas mejoren.
De la cabeza a los labios, un raro estado de embriaguez lubricaba el discurso de Publio Nihilo, acelerando la metabolización de ideas en palabras, arrancándolas de su garganta como sables de fakir.
–Señor Nihilo, me temo que, aunque me esfuerzo, no alcanzo a comprenderle– don Arturo asistía fascinado al frenesí creciente de un Publio Nihilo crecido cuyas manos empezaban, en anacrusa, a acompañar el ritmo asincopado de sus palabras entrecortadas.
–Las cosas se desarrollan, siempre, continuamente… Y la gente lo acepta, la gente acepta el desarrollo, el ir a más, siempre ir a más… Y para eso, la gente necesita distancia. La gente necesita distancia y equilibrio, entre lo normal… Y lo que no es normal. Entre lo familiar y lo extraño, las cosas que no tienen explicación, las cosas de las la gente habla para llenar el tiempo. Y esas cosas de las que la gente habla, son nuestras misiones. Yo creo que lo que hacemos sirve para distraer a la gente, para que tengan algo de que hablar, para que puedan compararse… Y puedan seguir pensando que son normales.
–Y según su extravagante planteamiento, ¿cuál sería la actitud de un agente ejemplar? ¿Cómo debería ser su comportamiento?
–Creo que eso no tiene importancia. Lo único importante es que nuestras misiones lleguen a la gente… Que la gente se entere.
–Señor Nihilo, no cuestiono la eficacia de sus trabajos, lo que cuestiono son sus maneras. ¿Ha leído usted los periódicos?
–(esta noche ordeno las revistas antiguas y me pongo con ellas)
–“Asesinato”, “crimen”, “acto homicida”, “barbarie”, en estos términos describen sus acciones, y en primera plana, auténtica materia prima para la prensa sensacionalista. Señor Nihilo, nuestras acciones no deberían ser objeto de ninguna portada; sucesos, si se le antoja, sociedad, idealmente, pero no primeras páginas. El individuo de la luna no debía morir delante de toda una plaza.
Exhausto, Publio Nihilo volvió la mirada al descanso de la ventana, esperando que una nueva bolsa preñada de aire rompiera cerca del marco.
–¿Qué ha pasado con la luna?
–No es asunto nuestro. Señor Nihilo, no somos asesinos. El sadismo no forma parte de nuestra profesión, aunque en ocasiones, lamentablemente, pueda parecer lo contrario. ¿Me comprende, señor Nihilo?
–(hasta que no la encuentren…)
–Señor Nihilo, cuando Gesto empezó
–¿Me va a contar una historia?
–¿Perdón?
–¿Va usted a contarme una historia…?
–No, señor Nihilo.
–Perdone, don Arturo.
–Señor Nihilo, Gesto existe desde muchos, muchos años antes de su incorporación. Los objetivos han sido siempre los mismos y sólo los métodos han ido evolucionando con el tiempo. Por esa razón dije en su día al señor Lozano que tal vez fuera hora de considerar las cosas desde otra perspectiva, teniéndole precisamente a usted y a sus nuevas ideas en mente. Y por eso le digo ahora que tal vez me haya equivocado. Jamás ha habido asesinos entre nosotros, señor Nihilo, porque la labor de Gesto va por otros derroteros bien distintos. Y jamás hemos contado entre nuestros empleados con uno solo que disfrutara de la supuesta carga morbosa de su actividad, más allá de las puras satisfacciones que, como de cualquier otra actividad profesional, se derivan de la nuestra. Pues bien, este principio, básico para el buen hacer de cualquiera de nuestros agentes, no parece estar bien definido en usted, a juzgar por sus métodos. Por eso he creído conveniente retirarle del servicio durante un periodo indefinido.
–Don Arturo, todo esto, ¿tiene algo que ver con lo que dijo Claudio de que me iban a meter en la cárcel?
–Señor Nihilo, esta decisión tiene que ver conmigo, con mi jucio y con el análisis que yo mismo me he hecho de su trabajo. Estoy razonablemente seguro de que no es usted un asesino, pero sus maneras le hacen parecerlo de vez en cuando. Es cierto que sus ideas son a menudo brillantes, pero necesita usted pulir algunos detalles para llegar a ser un gran agente. Tenga.
De su escritorio, don Arturo extrajo un sobre que posó sobre la mesa, de cara a Publio Nihilo.
– La fecha, la hora de la cita, la dirección, la persona a la que debe dirigirse, todos los detalles están dentro.
Dispuesto en la esquina superior derecha un membrete azul: un eje de abcisas inclinado cuarenta y cinco grados, atravesado por una media luna alrededor de la que podía leerse Heterónimos Anónimos. Publio Nihilo cerró tras de sí la puerta del despacho de don Arturo con la mirada enredada entre aquellas dos palabras.
–Vaya, Publio, cualquiera diría que ya tienes quien te escriba a la cárcel– por encima de la pantalla de su ordenador, Claudio Lozano siguió a Publio Nihilo hasta el recibidor, por cuya puerta desapareció tan silencioso como cada día.
Publio Nihilo avanzaba sin carta de navegación por los mares de la ciudad, haciendo escala arbitraria en semáforos y sorteando arrecifes de coches, mirando de vez en cuando al cielo con la esperanza de encontrar en mitad de aquella tarde cualquiera de otoño avanzado algo que le anunciara el camino.
–(no somos asesinos, no soy un asesino, jacinta y el de la luna y don patricio)
Atracado al borde de una acera, a la espera de que el hombrecillo verde del semáforo abriera la exclusa que le devolviera a las aguas de su propio naufragio, un estúpido perfil le rebasó por la derecha: el perfil de alguien que se encontraba a gusto, tanto, que dolía solo de mirarle.
–(dice don arturo que no soy un asesino, pero jacinta y el de la luna y don patricio, yo nunca había pensado que pudiera parecer un asesino papá, don arturo dice que no soy un asesino pero que lo parezco)
Escurriéndose tras el cogote y la espalda, el perfil desapareció aventuró por entre los coches atrapados en el magma circulatorio de aquella tarde cualquiera de otoño avanzado. Publio Nihilo sintió contraérsele los dedos de los pies, hinchársele los muslos y arqueársele la espalda levemente desencadenando un aviso creciente que había de romperle en la garganta en forma de grito.
–(don arturo dice que no somos asesinos, jacinta, el de la luna, don patricio y los demás)
Ahogando la crecida, Publio Nihilo tan sólo se despegó los labios perezosamente, provocando un débil crepitar que coincidió con la caída, despedido por el estallido de la luna de un coche, tras rodar desde el capó que le había arrancado del suelo, de un cuerpo cuya cara, estúpida y rota contra el asfalto, Publio Nihilo no había perdido de vista ni un solo instante.
–(y todos los demás)
Publio Nihilo se encontró perdido en una amplia calle. Buscó en torno a sí algún detalle que le permitiera reconocer su posición: paradas de autobús de líneas fantasma, escaparates, una torre con reloj, almendros a ambos lados de la calzada y una gran bandera al fondo, donde la porción de ciudad parecía converger en un punto. Por encima del hombro derecho, Publio Nihilo alcanzó a leer en una placa Avenida del zz, como el remite del sobre que don Arturo le había entregado. Veintisiete números más allá dirección al punto por el que se derramaba la calle, en el 79, Publio Nihilo se detuvo ante un viejo portal en el que lucía la placa gastada de Heterónimos Anónimos. Sobre el escalón, en equilibrio sobre sus cuartos traseros, un gato gris y marrón interrumpió su aseo ante los ojos negros de Publio Nihilo.