20 diciembre 2005

Prólogo

Viernes, ¿de dónde vienes…?

Viernes. Siempre sentí predilección por el viernes. El viernes siempre fue un bálsamo, la cura infalible para cualquier mal. La semana sólo tenía sentido ante la certeza de que conduciría al viernes, a la esperanza, a la plenitud absoluta. El viernes era un rellano todo paz y perfección, una cima donde descansar y desde la que imaginar el resto de la existencia, a sabiendas de que todo era posible, con tal de que fuera viernes. Viernes. Siete letras y dos sílabas que encerraban una energía contagiosa e inagotable. El sábado no era nada junto al viernes; el sábado siempre era demasiado tarde, siempre eran hechos consumados, el sábado ya no había vuelta atrás, pero el viernes… el viernes era una página en blanco, virgen, sublime. Amor, alegría, aventuras, cómplices, descubrimientos, éxitos, recuerdos, viajes… todos nacieron en viernes para quedarse a vivir en él, por siempre. Viernes. El día de mi muerte. Viernes…




En sus sueños, Nero Cayo Mesino era el motor del universo. La vida, la gente, la historia, las culturas y el mundo en general no eran sino una compleja corte dispuesta en torno a su persona para estimular su imaginación, alimentar sus sueños, provocar su juicio, e inspirar sus actos. Durante el plenilunio del viernes seis de octubre de dos mil seis, el mundo entero volvió los ojos a los escasos dos metros cuadrados de suelo ocupados por su demiurgo, Nero Cayo Mesino, quien, sin poder en principio encontrar explicación al hecho que le acontecía, pudo presenciar los instantes que siguieron a su muerte, aplastado por la luna ― notablemente más pequeña que aquella del gran paso para la humanidad, pero luna al fin y al cabo, con sus mares tranquilos, su fisonomía de queso de gruyère y su superficie cerúlea. Ningún arma de destrucción conocida por el hombre, ningún fenómeno natural por él registrado, ninguna devastadora amenaza nacida de su fantasía más febril hubieran podido compararse con el sonido del impacto certero de la luna sobre la persona de Nero Cayo Mesino, cuyas atléticas piernas eran la única parte visible de su cuerpo sepultado, más allá de la nube de polvo y la marea de adoquines, tuberías, cables y escombros desatadas por el ex-satélite. Toda actividad quedó suspendida: callaron los brindis, los insultos, las sirenas, los golpes y las bromas en un largo instante de qués, de dóndes y de no sés antes de que nadie se decidiera a abandonar vehículos, barras, conversaciones y viviendas próximos a la Plaza del Avenir para acercarse al epicentro del prodigio, donde letanías como
―¡Hay que sacarlo de ahí!
―¿Está muerto?
―¡Que alguien llame a la policía! ―se iban derramando sin demasiado entusiasmo de las bocas de los presentes que, desbordados por lo insólito de la situación, intentaban hacer muestra de sangre fría con sus
―¡Vamos a hacer palanca!
―¿Con qué?
―¡Y yo qué sé, pero hay que intentar sacarlo de ahí!
―¿A lo mejor tirando de las piernas?
―No, no, lo mejor será llamar a alguien.
―¿Y si intentamos empujarla?
―¡Pero qué dice, ¿usted se imagina lo que debe de pesar?
―Bueno pero algo habrá que hacer.
―Pues eso, lo mejor es que llamemos a alguien.
―¡Yo no puedo mirar!
―Lo mejor será no tocar nada hasta que llegue la policía.
―De todas maneras seguro que está muerto… ―posibles soluciones y testimonios confundidos en un esfuerzo colectivo por comprender, por recordar, por clarificar, por olvidar
―(Eso ha sido cosa de los terroristas…)
―¡Un ruido como de latigazo!
―¡Pero qué dice, cómo van a ser los terroristas!
―Como un golpe de aire que lo ha tirado todo al suelo.
―¡Vamos a empujar!
―Como un disparo pero más grande.
―No, yo nunca he oído un disparo de verdad.
―¡A la de tres!
―(No, yo estaba de espaldas, pero este señor dice que lo ha visto todo…)
―¡UNA!
―(¿La luna…?)
―Yo ya les he dicho que lo mejor es que esperemos a que llegue la policía, pero este señor…
―¿Cómo que la luna, qué dices?
―Claro, ¿pero y si está vivo?
―¡DOS!
―No, yo he oído que había pasado algo y he bajado corriendo.
―(Y entonces, ¿quién ha sido…?)
―De todas maneras, seguro que está muerto.
―¡¡TRES!!
Las voces de los vivos sonaban lejanas y graves en los oídos del nuevo Nero Cayo Mesino, como gritos náufragos en una marea metálica, cíclica, ahogados en las gargantas por una atmósfera pegajosa y densa. Los vivos se movían lentamente y con enorme dificultad, trazando en cada gesto estelas translúcidas que coloreaban el aire. El resultado era una escena confusa de humanidad absurda en la que era difícil distinguir hombres de ancianos y niños de mujeres, y donde la luminosidad de cada uno de ellos venía a mezclarse con la de todos los demás. Sin embargo, Nero Cayo Mesino comprendía el mensaje de los vivos y la bondad de sus intenciones. Todo tenía un aspecto irreal y poco claro en torno a Nero Cayo Mesino, que continuamente escudriñaba el horizonte buscando algo que le resultara familiar: la plaza, la gente, el cielo, aquella ciudad, nada se parecía remotamente a nada que él hubiera conocido en vida y cada nuevo rincón al que dirigía su mirada le alejaba aún más de la posibilidad de recordar. Tan sólo la luna, por pequeña que ahora le pareciera, y sus piernas, asomadas al exterior del socavón en el que debía de encontrarse su cadáver, le aseguraban un mínimo recuerdo de su recién perdida identidad. Sus piernas, que tan poco conocieron del mundo que tanto habían recorrido ― escaleras, carreras, pasillos, charcos, zancadillas ― obedecían ahora inertes y ensangrentadas al forcejeo de una multitud al rescate que no lograba ponerse de acuerdo sobre la manera de llevarlo a cabo.

―Una… dos… ¡TRES! ―y la luna cedió fácilmente, casi con gracia, ante el argumento de la multitud para desaparecer rodando tranquila y despreocupadamente calle abajo por uno de los callejones que partían de la plaza, dejando en su camino minúsculas huellas de polvo lunar. Una de las piernas de Nero Cayo Mesino descansaba indiferente en el suelo a algunos metros del fondo de grava sanguinolenta y de restos de lo que poco antes había sido su cuerpo. La otra no tardó en deslizarse de las manos de uno de los partidarios del rescate mediante extracción, para caer dentro del cráter haciendo chof al clavarse en lo que probablemente había sido parte de aquel ex-ser pluricelular. Enredada en el pelo de un gran trozo de cuero cabelludo, una diminuta bandera sin ondear yacía deshinchada a media asta con sus barras y estrellas manchadas de polvo y sangre. A sus treinta y tantos, sin descendencia ni antecedentes penales conocidos, soltero, anónimo vecino modelo de un barrio en las afueras del este de la ciudad, eterno ser humano ocasional con una vida tan anodina como la de cualquier otro y centro del universo patológicamente incompatible con todo tipo de certeza, Nero Cayo Mesino no tenía ninguna duda sobre la gravedad su propio diagnóstico.
―Lo que yo decía, muerto.
―(Esto ha tenido que ser cosa de terroristas…)
―Lo mejor hubiera sido esperar a la policía…
―Entonces todo era mentira…
―¡Pero qué dice, ¿no se da usted cuenta de que nos hemos quedado sin luna?
―¡Con luna o sin luna, esto han tenido que ser los terroristas!
―¡No tiene usted ni idea de lo que dice!
―¡Bueno, cálmense!
―Lo mejor será esperar a ver qué dice la policía.
―¡Que nos hemos quedado sin luna! ¿Se entera?
―¡Sí que me entero, sí, sí señor, y la culpa es de los terroristas y de este señor que está ahí!
―¡Pero qué dice, si este señor está muerto!
―(No me imaginaba que fuera tan pequeña…)
―¡Pues algo habrá hecho para que se le caiga la luna encima, digo yo!
―¿Ande, cállese ya, que no dice usted más que tonterías!
―¡Señores, cálmense!
―¡El caballero tiene razón, algo habrá hecho para que se le caiga la luna encima!
―(Seguro que sí, seguro que era un terrorista…)
―¡¡Señores, por favor, vamos a esperar a que venga la policía!!
―¡¡Terrorista, más que terrorista, merecido lo tienes!!
―(Mira que dejarnos sin luna…)
―¡¡Terrorista!!
―¡¡Terrorista!!
―¡¡TERRORISTA!!
Adoquines, piedras, tuberías y todo tipo de objetos arrojadizos al alcance del millar de manos congregadas en la Plaza del Avenir para rescatar a Nero Cayo Mesino pronto empezaron a llover sobre el informe cadáver a tal velocidad y con tanta precisión que a la llegada de las fuerzas del orden no quedaría rastro del cráter ni del cadáver del atónito y, desde aquel confuso momento, invisible para los vivos Nero Cayo Mesino, quien intentaba sin éxito detener el linchamiento de su propio cuerpo mediante el que la multitud, antes bienintencionada, ahora ciega y fanática, pretendía hacerle pagar por el asesinato de la luna.
Al lado del cráter, todavía en pie, el distraído obelisco de la plaza ― Al valor ―. En la loma de algún monte una anticuada doncella a medio devorar y un hombre lobo se habían quedado a oscuras. En las charcas, las ranas apuntaban sus lenguas a ciegas y las luciérnagas escrutaban inútilmente el velcro sideral. Los tiburones se precipitaban hacia las profundidades de los océanos, víctimas del estatismo de los siete mares. Y del otro lado de la plaza, un par de ojos negros que atravesaron a toda velocidad la enloquecida multitud alcanzaron de lleno a Nero Cayo Mesino para inundarlo con un terror absoluto que lo precipitó calle abajo, detrás de la luna.

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