Segundo prólogo
SEGUNDO PRÓLOGO.
Si mi nombre no fuera Publio Nihilo, hoy la luna brillaría en el cielo…
Me gustaría volver a verte. Ya sé que es una tontería, pero de vez en cuando te escribo alguna carta. También te hago pequeños homenajes: he empezado a desayunar con mermelada de melocotón, aunque no siempre tengo tiempo suficiente para desayunar. Duermo bastante mal, así que suelo levantarme muy justo para ir a trabajar. En realidad no sé si sabrás algo de mí, estés donde estés. Yo desde luego no sabría dónde enviarte las cartas que te escribo, pero créeme que me gustaría volver a verte. Que tú me vieras a mí. Que volviéramos a vernos.
No muy lejos del momento ni del lugar en los que el cadáver de Nero Cayo Mesino perdía el favor de la multitud congregada para salvarle, Publio Nihilo surcaba las entrañas de la ciudad rumbo sur a bordo de la línea cuatro del tren metropolitano que dividía verticalmente la ciudad en dos mitades. De pie, asegurando una escalera contra la puerta del conductor del primer vagón con la espalda, Publio Nihilo intentaba pensar más fuerte que sus propios pensamientos. Ignorantes de la revuelta en la Plaza del Porvenir, de la reciente desaparición de la luna y de cualquier cosa que no tuviera que ver con las sacudidas que aún tendrían que soportar hasta sus destinos, los habitantes del concurrido tren vivían su episódica existencia de pasajeros con normalidad, alzando la vista en cada estación como cuenta atrás a la suya, suspirando, a modo de indiferente despedida, a la salida de cada viajero y protestando en silencio ante la llegada de músicos, mendigos, turistas y demás buscadores de fortuna.
Buscando con la palma de la mano en la barra una cara todavía fría y seca, Publio Nihilo hacía por pasar desapercibido para el resto de los ocupantes del vagón: miedo a cruzar un gesto, una sonrisa o una mirada que pudieran condenarle a un momento de complicidad, de humana camaradería o al alba de una posible amistad con cualquiera de los allí presentes, que bien podría ser mañana su víctima. Desde su perspectiva privilegiada, el flujo de pasajeros evocaba una insólita coreografía ― la elegante señora del perrito faldero liberaba su asiento retráctil del lado del pasillo al ver que el joven que hablaba por teléfono abocinando discretamente el aparato con la mano se levantaba del suyo de ventanilla para dirigirse a la puerta, momento en el que el caballero del traje se deslizaba desde otro asiento retráctil del lado de la puerta dejando a su vecino en compañía de su olor a fritanga ― un hormiguero en el que cada miembro se movía en pos de un ideal de comodidad metropolitana forjada a fuerza de trayectos.
Publio Nihilo vivía a pocos minutos del término de la línea cuatro ― suficientes para sucumbir a la intensidad de sus pensamientos ― en el número quince de la Avenida de los Sauces, un barrio trabajador a las afueras de la ciudad donde tenía alquilado un segundo piso austero y poco luminoso de dos habitaciones. Solía volver a casa tarde y cansado, mucho después del fin de su jornada, reconfortado por la certeza de que el cansancio mantendría a raya las obsesiones que tanto le atormentaban. Hallarse frente al portal de su edificio le provocaba una narcótica mezcla de melancolía por el fin de la jornada y de ansiedad por extinguir cuanto antes lo que a ésta le quedara de vida, sensación que le acompañaba en cada mecánico movimiento ― felpudo, evitar portazo, vistazo al buzón, catálogo, escalera, oscuridad, llaves, puerta, cierre, zapatos y escalera en la entrada, abrigo en el armario, pantalón, camisa, ropa sucia ― hasta el fuerte de sus sábanas, desde donde repasaba alguna de las revistas que tapizaban la superficie de la vivienda. Desde las ciencias hasta los viajes, cualquier publicación que abundara en imágenes de parajes remotos era bienvenida al suelo de su apartamento. Su último descubrimiento habían sido los catálogos de viajes, en los que además de bikinis, sonrisas protésicas y familias perfectas encontraba instantáneas con las que satisfacer su extraña curiosidad. Publio Nihilo los había descubierto en una agencia del centro de la ciudad, de camino al trabajo, en una época en la que aún no había descubierto las consecuencias de una conversación banal y el valor del anonimato ― aquella chica, amable, segura de sí misma y su estúpida sonrisa post-mortem.
La noche del seis de octubre, instalado en su cama, Publio Nihilo se colocó sobre las piernas el último catálogo recibido para, bolígrafo en mano, escrutar concienzudamente las páginas, a las que como de costumbre dedicó toda su atención para subrayar comentarios a pie de foto, hacer anotaciones y cruces en los márgenes, trazar flechas, grabar asteriscos, escribir signos de interrogación, tachar líneas del índice y corregir hasta que todas quedaron marcadas y él rendido, como si hubiera mantenido una batalla, destapado sobre la cama, tronchado contra la pared, con el dorso de las manos descansando sobre las piernas cruzadas y los ojos perdidos en la oscuridad de una noche sin luna más allá de la ventana abierta, como cuando era niño
viernes, seis de octubre, hola papá, últimamente duermo muy mal, creo que es porque me acuerdo mucho de ti y de las cosas que solíamos hacer juntos, por aquí han pasado muchas cosas últimamente, aunque no sé si algunas te parecerían bien, no sé si querrías saberlas…
Publio Nihilo trabajaba en el centro de la ciudad, a siete estaciones del término sur de la línea cuatro del tren metropolitano, junto a otras cuatro personas a las órdenes de don Arturo Párvulo, director de la sociedad GESTO. Una placa dorada de treinta por treinta centímetros colocada a la entrada principal del edificio servía a viandantes y a curiosos a modo de concisa información sobre la naturaleza de sus actividades y de su situación en el inmueble: GESTO, gestión total, 1º izqda.. GESTO, gestión total, se extendía sobre una superficie de ciento noventa y tres metros cuadrados dispuestos en forma de ele que comprendían una sencilla recepción, una gran sala principal con un puesto de trabajo para cada uno de los cinco empleados, la oficina de don Arturo Párvulo, un cuarto de baño mixto y una pequeña cocina. Un largo y estrecho pasillo salpicado de armarios y estanterías de los que brotaban cajas y archivadores conducía desde la recepción hasta la oficina de don Arturo, en la esquina de la ele, dejando la gran sala a la izquierda y una vista al patio interior a la derecha, a través de tres ventanales.
Cada mañana, hacia las nueve menos cuarto, don Arturo hacía coincidir su llegada a la oficina con la salida de doña Mariza, empleada doméstica, con quien apresuraba, de camino a su despacho, un breve protocolo de frases bien escogidas sobre los últimos sucesos al tiempo que recibía de manos de ella el correo. Don Arturo disfrutaba íntimamente su cuarto de hora de soledad, antes de la llegada de los empleados ― silencio en el pasillo, corriente de aire fresco desde su ventana hacia el patio, luz todavía anaranjada de mañana ―, para celebrar el constante crecimiento de sus plantas, ojear la prensa y el correo, supervisar el trabajo de doña Mariza y prepararse una taza de café mientras miraba por la ventana.
―Señor Nihilo, es usted realmente imposible.
―Lo siento, don Arturo, es que se me olvidó la escalera en casa
―Ande, venga a mi despacho, que tengo cosas que decirles.
El despacho de don Arturo era el único espacio de la sociedad enmoquetado ― de color verde oliva ― solo indicio de jerarquía, junto con el privilegio de dos ventanales al Parque de la Morada ― que don Arturo mantenía desgraciadamente cerrados la mayor parte del día a causa del intenso ruido del tráfico ― una gran mesa de roble ― limpia, diáfana, perfectamente ordenada ― y dos sillones en torno a los cuales se posicionaban los cinco empleados durante las reuniones con don Arturo. Los puestos de trabajo, los ordenadores, las plantas, los armarios y las estanterías de GESTO eran objeto de un democrático reparto. Todos los empleados eran libres de personalizar su lugar de trabajo a su antojo, dentro de unos límites marcados por el orden y el buen gusto ― fotografías, útiles de oficina, cuadros, recuerdos y objetos inservibles cargados de valor sentimental. Todos, excepto Publio Nihilo, hacían uso de este derecho, cuyo puesto de trabajo ― un ordenador sin montar, adhesivos garabateados, pilas de documentos sobre las estanterías, manchas en la tapicería de su silla, cajones impracticables, una mesa infestada de bolígrafos gastados y un helecho marchito ― no permitía suponer de su persona más que un gran desorden interior.
―Buenos días, Publio, ¿buscas algo?
―Nada, unos vasos vacíos…
―¿Unos vasos vacíos?, ¿y para qué los quieres?
―Para nada, los tenía guardados, simplemente…
―Pues hombre, me imagino que los habrá tirado la señora de la limpieza, ¡digo yo!, ¿no?, que para eso está.
―Sí, supongo.
―¡Pero no te apures, hombre, que vasos tienes en la cocina todos los que quieras!
―Ya, gracias.
―Anda, tira para el despacho de don Arturo, que tiene algo que decirnos.
―Voy.
Claudio Lozano era el empleado de mayor antigüedad, coordinador de intervenciones de la sociedad de un talante ― desconfiado y paranoico ― muy distinto al de don Arturo. La situación privilegiada de su puesto, el más próximo al despacho de don Arturo, hacía adivinar que más allá de moquetas verdes y de ventanas al bulevar, sí que existía, después de todo, una cierta jerarquía entre los cinco empleados.
―Buenos días a todos. No hemos empezado demasiado bien la semana; he hablado esta mañana con el ministerio, aunque me han comunicado su satisfacción por los aparentes buenos resultados de nuestras intervenciones ―gesto complaciente de Claudio Lozano desde uno de los sillones― me han pedido que les transmita sus deseos de que en el futuro las mantengamos a un nivel más tolerable ―mirada reprobatoria a Publio Nihilo―. Según me han dicho, medio ambiente y asuntos exteriores van a sudar tinta para disimular lo del viernes ―chascarrillos y miradas de soslayo a Publio Nihilo―. También me han pedido un aumento del número de intervenciones para el próximo trimestre.
–Cómo se notan las elecciones– la voz de Claudio Lozano sonó un tanto extemporánea.
–Mi puerta está abierta, así que no duden en venir a informarme de sus ideas y sus propuestas. En mi ausencia, pueden transmitírselas al señor Lozano, que me las hará llegar a mí personalmente. ¿Alguno de ustedes tiene alguna pregunta? Bien, manos a las obra entonces.
Si mi nombre no fuera Publio Nihilo, hoy la luna brillaría en el cielo…
Me gustaría volver a verte. Ya sé que es una tontería, pero de vez en cuando te escribo alguna carta. También te hago pequeños homenajes: he empezado a desayunar con mermelada de melocotón, aunque no siempre tengo tiempo suficiente para desayunar. Duermo bastante mal, así que suelo levantarme muy justo para ir a trabajar. En realidad no sé si sabrás algo de mí, estés donde estés. Yo desde luego no sabría dónde enviarte las cartas que te escribo, pero créeme que me gustaría volver a verte. Que tú me vieras a mí. Que volviéramos a vernos.
No muy lejos del momento ni del lugar en los que el cadáver de Nero Cayo Mesino perdía el favor de la multitud congregada para salvarle, Publio Nihilo surcaba las entrañas de la ciudad rumbo sur a bordo de la línea cuatro del tren metropolitano que dividía verticalmente la ciudad en dos mitades. De pie, asegurando una escalera contra la puerta del conductor del primer vagón con la espalda, Publio Nihilo intentaba pensar más fuerte que sus propios pensamientos. Ignorantes de la revuelta en la Plaza del Porvenir, de la reciente desaparición de la luna y de cualquier cosa que no tuviera que ver con las sacudidas que aún tendrían que soportar hasta sus destinos, los habitantes del concurrido tren vivían su episódica existencia de pasajeros con normalidad, alzando la vista en cada estación como cuenta atrás a la suya, suspirando, a modo de indiferente despedida, a la salida de cada viajero y protestando en silencio ante la llegada de músicos, mendigos, turistas y demás buscadores de fortuna.
Buscando con la palma de la mano en la barra una cara todavía fría y seca, Publio Nihilo hacía por pasar desapercibido para el resto de los ocupantes del vagón: miedo a cruzar un gesto, una sonrisa o una mirada que pudieran condenarle a un momento de complicidad, de humana camaradería o al alba de una posible amistad con cualquiera de los allí presentes, que bien podría ser mañana su víctima. Desde su perspectiva privilegiada, el flujo de pasajeros evocaba una insólita coreografía ― la elegante señora del perrito faldero liberaba su asiento retráctil del lado del pasillo al ver que el joven que hablaba por teléfono abocinando discretamente el aparato con la mano se levantaba del suyo de ventanilla para dirigirse a la puerta, momento en el que el caballero del traje se deslizaba desde otro asiento retráctil del lado de la puerta dejando a su vecino en compañía de su olor a fritanga ― un hormiguero en el que cada miembro se movía en pos de un ideal de comodidad metropolitana forjada a fuerza de trayectos.
Publio Nihilo vivía a pocos minutos del término de la línea cuatro ― suficientes para sucumbir a la intensidad de sus pensamientos ― en el número quince de la Avenida de los Sauces, un barrio trabajador a las afueras de la ciudad donde tenía alquilado un segundo piso austero y poco luminoso de dos habitaciones. Solía volver a casa tarde y cansado, mucho después del fin de su jornada, reconfortado por la certeza de que el cansancio mantendría a raya las obsesiones que tanto le atormentaban. Hallarse frente al portal de su edificio le provocaba una narcótica mezcla de melancolía por el fin de la jornada y de ansiedad por extinguir cuanto antes lo que a ésta le quedara de vida, sensación que le acompañaba en cada mecánico movimiento ― felpudo, evitar portazo, vistazo al buzón, catálogo, escalera, oscuridad, llaves, puerta, cierre, zapatos y escalera en la entrada, abrigo en el armario, pantalón, camisa, ropa sucia ― hasta el fuerte de sus sábanas, desde donde repasaba alguna de las revistas que tapizaban la superficie de la vivienda. Desde las ciencias hasta los viajes, cualquier publicación que abundara en imágenes de parajes remotos era bienvenida al suelo de su apartamento. Su último descubrimiento habían sido los catálogos de viajes, en los que además de bikinis, sonrisas protésicas y familias perfectas encontraba instantáneas con las que satisfacer su extraña curiosidad. Publio Nihilo los había descubierto en una agencia del centro de la ciudad, de camino al trabajo, en una época en la que aún no había descubierto las consecuencias de una conversación banal y el valor del anonimato ― aquella chica, amable, segura de sí misma y su estúpida sonrisa post-mortem.
La noche del seis de octubre, instalado en su cama, Publio Nihilo se colocó sobre las piernas el último catálogo recibido para, bolígrafo en mano, escrutar concienzudamente las páginas, a las que como de costumbre dedicó toda su atención para subrayar comentarios a pie de foto, hacer anotaciones y cruces en los márgenes, trazar flechas, grabar asteriscos, escribir signos de interrogación, tachar líneas del índice y corregir hasta que todas quedaron marcadas y él rendido, como si hubiera mantenido una batalla, destapado sobre la cama, tronchado contra la pared, con el dorso de las manos descansando sobre las piernas cruzadas y los ojos perdidos en la oscuridad de una noche sin luna más allá de la ventana abierta, como cuando era niño
viernes, seis de octubre, hola papá, últimamente duermo muy mal, creo que es porque me acuerdo mucho de ti y de las cosas que solíamos hacer juntos, por aquí han pasado muchas cosas últimamente, aunque no sé si algunas te parecerían bien, no sé si querrías saberlas…
Publio Nihilo trabajaba en el centro de la ciudad, a siete estaciones del término sur de la línea cuatro del tren metropolitano, junto a otras cuatro personas a las órdenes de don Arturo Párvulo, director de la sociedad GESTO. Una placa dorada de treinta por treinta centímetros colocada a la entrada principal del edificio servía a viandantes y a curiosos a modo de concisa información sobre la naturaleza de sus actividades y de su situación en el inmueble: GESTO, gestión total, 1º izqda.. GESTO, gestión total, se extendía sobre una superficie de ciento noventa y tres metros cuadrados dispuestos en forma de ele que comprendían una sencilla recepción, una gran sala principal con un puesto de trabajo para cada uno de los cinco empleados, la oficina de don Arturo Párvulo, un cuarto de baño mixto y una pequeña cocina. Un largo y estrecho pasillo salpicado de armarios y estanterías de los que brotaban cajas y archivadores conducía desde la recepción hasta la oficina de don Arturo, en la esquina de la ele, dejando la gran sala a la izquierda y una vista al patio interior a la derecha, a través de tres ventanales.
Cada mañana, hacia las nueve menos cuarto, don Arturo hacía coincidir su llegada a la oficina con la salida de doña Mariza, empleada doméstica, con quien apresuraba, de camino a su despacho, un breve protocolo de frases bien escogidas sobre los últimos sucesos al tiempo que recibía de manos de ella el correo. Don Arturo disfrutaba íntimamente su cuarto de hora de soledad, antes de la llegada de los empleados ― silencio en el pasillo, corriente de aire fresco desde su ventana hacia el patio, luz todavía anaranjada de mañana ―, para celebrar el constante crecimiento de sus plantas, ojear la prensa y el correo, supervisar el trabajo de doña Mariza y prepararse una taza de café mientras miraba por la ventana.
―Señor Nihilo, es usted realmente imposible.
―Lo siento, don Arturo, es que se me olvidó la escalera en casa
―Ande, venga a mi despacho, que tengo cosas que decirles.
El despacho de don Arturo era el único espacio de la sociedad enmoquetado ― de color verde oliva ― solo indicio de jerarquía, junto con el privilegio de dos ventanales al Parque de la Morada ― que don Arturo mantenía desgraciadamente cerrados la mayor parte del día a causa del intenso ruido del tráfico ― una gran mesa de roble ― limpia, diáfana, perfectamente ordenada ― y dos sillones en torno a los cuales se posicionaban los cinco empleados durante las reuniones con don Arturo. Los puestos de trabajo, los ordenadores, las plantas, los armarios y las estanterías de GESTO eran objeto de un democrático reparto. Todos los empleados eran libres de personalizar su lugar de trabajo a su antojo, dentro de unos límites marcados por el orden y el buen gusto ― fotografías, útiles de oficina, cuadros, recuerdos y objetos inservibles cargados de valor sentimental. Todos, excepto Publio Nihilo, hacían uso de este derecho, cuyo puesto de trabajo ― un ordenador sin montar, adhesivos garabateados, pilas de documentos sobre las estanterías, manchas en la tapicería de su silla, cajones impracticables, una mesa infestada de bolígrafos gastados y un helecho marchito ― no permitía suponer de su persona más que un gran desorden interior.
―Buenos días, Publio, ¿buscas algo?
―Nada, unos vasos vacíos…
―¿Unos vasos vacíos?, ¿y para qué los quieres?
―Para nada, los tenía guardados, simplemente…
―Pues hombre, me imagino que los habrá tirado la señora de la limpieza, ¡digo yo!, ¿no?, que para eso está.
―Sí, supongo.
―¡Pero no te apures, hombre, que vasos tienes en la cocina todos los que quieras!
―Ya, gracias.
―Anda, tira para el despacho de don Arturo, que tiene algo que decirnos.
―Voy.
Claudio Lozano era el empleado de mayor antigüedad, coordinador de intervenciones de la sociedad de un talante ― desconfiado y paranoico ― muy distinto al de don Arturo. La situación privilegiada de su puesto, el más próximo al despacho de don Arturo, hacía adivinar que más allá de moquetas verdes y de ventanas al bulevar, sí que existía, después de todo, una cierta jerarquía entre los cinco empleados.
―Buenos días a todos. No hemos empezado demasiado bien la semana; he hablado esta mañana con el ministerio, aunque me han comunicado su satisfacción por los aparentes buenos resultados de nuestras intervenciones ―gesto complaciente de Claudio Lozano desde uno de los sillones― me han pedido que les transmita sus deseos de que en el futuro las mantengamos a un nivel más tolerable ―mirada reprobatoria a Publio Nihilo―. Según me han dicho, medio ambiente y asuntos exteriores van a sudar tinta para disimular lo del viernes ―chascarrillos y miradas de soslayo a Publio Nihilo―. También me han pedido un aumento del número de intervenciones para el próximo trimestre.
–Cómo se notan las elecciones– la voz de Claudio Lozano sonó un tanto extemporánea.
–Mi puerta está abierta, así que no duden en venir a informarme de sus ideas y sus propuestas. En mi ausencia, pueden transmitírselas al señor Lozano, que me las hará llegar a mí personalmente. ¿Alguno de ustedes tiene alguna pregunta? Bien, manos a las obra entonces.
0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
Enlaces a este mensaje:
Crear un enlace
<< Principal