Primera parte. Viernes, seis de octubre de dos mil seis
Hacía ya un buen rato que Nero Cayo Mesino corría calle abajo, aunque no hubiera podido decir cuánto exactamente. Aún así no sentía el menor rastro de fatiga ― el miedo a aquellos ojos negros clavándosele en las entrañas como agujas al rojo despegando la piel bajo las uñas. Volver, esa era la idea que le martilleaba la cabeza, volver a lo conocido, a la rutina, aunque no fuera posible ― no habiendo rutina, ni recuerdos, ni nada familiar más que la Plaza del Avenir, donde todo había perdido sentido tan súbitamente. Por momentos le cruzaban la mente ráfagas de imágenes fugaces que creía poder asociar con vagos recuerdos de escenas presenciadas en vida. Razonar resultaba agónico y difícil en aquel estado de conciencia parcial y de sentidos embotados ― el tacto a través de un colador, el oído continuo y cacofónico, la vista tras una cortina de gelatina, gusto y olfato incendiados.
Creyó sentirse sentarse sobre un escalón en un portal de la calle para intentar poner orden mediante sus pensamientos a los recientes acontecimientos, creyó sentirse fijar la vista en un punto para ayudarse a dirigir su corriente mental, creyó sentir el tiempo pasar, creyó sentirse interpelado por olas concéntricas de pensamientos arbitrarios que manaban del punto en el que creyó sentirse fijar la vista para ayudarse a dirigir su corriente mental, creyó sentir el tiempo pasar, creyó sentir que acababa de sentarse sobre un escalón en un portal, creyó sentir olas concéntricas, creyó sentir un punto del que creyó sentir el tiempo pasar cuando creyó darse cuenta de que no estaba sentado si no, de que no andaba si no, de que no corría si no, de que no sentía si no, de que no había adónde volver si no, de que no había origen de donde venir si no, de que era un paréntesis, una coma suspendida, un periodo inmediato, continuo, sin principio ni fin.
Cuando creyó tener la certeza de creer levantarse del escalón en el que creía haberse sentado ya no era de noche. El sol iluminaba con sus rayos azules el cielo blanco. Pequeños regueros de luz se escapaban de debajo de las puertas mezclándose en diminutos torbellinos antes de desaparecer tras volverse sobre sí mismos. Los pájaros reptaban de un lado a otro por el pasillo de la calle sembrando el aire de aleteos sólidos, largos y duraderos que caían en los oídos de Nero Cayo Mesino como golpes de campanas acuáticas. El aire incompleto, agujereado, emitía una frecuencia intermitente e imperfecta sobre su piel. Los aromas sólo se le insinuaban, arañándole y consumiéndose precipitadamente sin dejarse percibir, en pequeñas explosiones sulfurosas, corrosivas. Sin poder pronunciarse sobre su propia identidad, Nero Cayo Mesino empezaba a recordar desde el olvido, creando para ello una nueva colección de hábitos y de experiencias desde el comienzo.
Los vivos desprendían luz ― cada una diferente, única y reconocible por su color, su intensidad y su frecuencia. Nero Cayo Mesino no ― opaco, absorbente, impermeable, sin siquiera alcanzar a verse con sus propios ojos, ni reflejado en las lunas de los escaparates. Los vivos tampoco parecían verle. Un vago recuerdo de la noche anterior flotaba a la deriva en su recién estrenada memoria, uno en el que creía verse enfrentado a una gigantesca masa de luz voraz y ritual, intentando evitar sin fortuna una tragedia cuya naturaleza escapaba a su capacidad de evocación. A medida que avanzaba, un nuevo ruido seco, largo y espacioso inundó sus oídos. Desde la distancia creyó identificarlo con el movimiento ondulante de una bandera, dispuesta sobre la entrada de un edificio lejano de la avenida. En un callejón próximo al edificio vio un conjunto de tres luces, una de ellas azul, pálida e intermitente, tendida, inmóvil. Las otras dos, de un rojo incandescente, se movían casi con agilidad, ensañándose con la del suelo. Nero Cayo Mesino ajustó su mirada a aquella cegadora intensidad protegiéndose los ojos con la mano izquierda, dispuesta a modo de visera, al tiempo que se aproximaba al grupo tanteando desconfiado el espacio con la derecha. Envuelta en cada una de las tres luces se adivinaba una pequeña figura. Las dos en pie se cernían sobre la del suelo, utilizando objetos que sujetaban con las manos para golpearle. Los oídos de Nero Cayo Mesino se volvieron sensibles a los gritos de los dos agresores, a los que intentó espantar con el suyo propio, que sonaba lejano e incomprensible, como un eco totalmente descompuesto, sin relación con sus palabras. Ciego a su propia voz, Nero Cayo Mesino dirigió otra vez a los dos agresores los mismos estertores remotos e indescifrables, con la esperanza de que sirvieran de vehículo a su agónico mensaje pero ninguna de las tres pequeñas figuras parecía escuchar su extraña voz. Extinto prácticamente el reflejo azul de la figura del suelo, las otras dos abandonaron lentamente el callejón, abandonándola a su propia oscuridad. Nero Cayo Mesino se acercó para asistir a aquel cuerpo insensible a sus intentos por comunicar que, envuelto irregularmente por una finísima red de luz repleta de agujeros como puños, se incorporó con estremecedora lentitud, anduvo hasta la esquina derecha del callejón y desapareció.
Presuntamente desnudo, ciertamente aislado y a todas luces minusválido, Nero Cayo Mesino se dirigió al banco enfrente del edificio, sobre cuya entrada principal continuaba el vuelo obsesionante de la bandera. Desde allí aspiró a razonar la escena recién presenciada a partir de los elementos finitos que de aquel mundo extraño disponía. Hipnotizado por aquella bandera parsimoniosa, volvió a creer sentir su ser derramarse como una caída de agua ignorante de su origen y destino, los ojos se precipitaron fuera de sus órbitas, su tacto encogió dentro de la envoltura de su propio cuerpo y de sus entrañas una sirena de dolor trazó su torturador efecto doppler desde las tripas hasta la cabeza, estallando en una explosión aguda y perforadora que arrancó de una vida anterior el recuerdo claro y conciso de una agitada marea de pequeñas figuras con espectros de luz inquietos inundando la acera entre gritos y sirenas.
El cielo de la noche tornaba al color rojo en el extraño nuevo mundo que Nero Cayo Mesino padecía sin llegar a comprender. De noche los cuerpos de los vivos volvían a dejar potentes rastros luminosos de sus propios movimientos, como baba de caracol, y la luz que emanaba por todas partes cobraba una intensidad insoportable. La gran avenida por la que Nero Cayo Mesino continuaba su errar parecía arder en insólitas llamas de todos los colores ― fuego en las aceras, fuego en la carretera, fuego en los portales, fuego en el cielo ―, y sin embargo el aire frío cortaba la piel a rachas gélidas y discontinuas. Del lado derecho de la avenida una columna de luz horizontal proyectada desde la planta baja de un edificio saturaba el espacio con su fulgor, despedido en todas direcciones. Cubriéndose el rostro con ambas manos, Nero Cayo Mesino se encaminó a ciegas hacia el origen del inmenso foco, cuya luminiscencia se le colaba por entre los dedos y a través de las esquinas del rostro, quemándole los párpados, hirviéndole los ojos como dos huevos duros. Postrado en la acera, frente al origen de aquel pilar de luz sólida que parecía contener su avance y hacerle retroceder, Nero Cayo Mesino distinguió un coro de voces perfectamente sincronizadas que compartían timbre, tono y frecuencia y cuyo mensaje sonaba tan extraño y tan lejano como su propia voz. Lentamente y más allá de una pared lisa y fría que Nero Cayo Mesino podía sólo palpar, fueron perfilándose contornos mínimos en medio de la luz. Ciertas figuras fueron oscureciéndose y revelando su hipotética fisonomía, arrancando matices de color a la purísima concentración de blanco nuclear. Con lágrimas en los ojos, Nero Cayo Mesino fue tortuosamente recuperando el poder de la vista. Más allá de la pared fría y repartida por toda la superficie, la misma imagen se repetía: la mitad superior de una figura humana prácticamente inmóvil, contenida en cajas de diferentes tamaños aparecía y desaparecía entre imágenes de paisajes múltiples y desconocidos por Nero Cayo Mesino, hasta que, tras la enésima reaparición de la media figura humana, un nuevo paisaje sacudió su frágil memoria mediante un nuevo estallido procedente de las tripas que le hizo comprender la escena. Amontonados en el escaparate de la tienda de electrodomésticos, los televisores ofrecían los informativos de la noche. Algo se le frotó contra las piernas desnudas, Nero Cayo Mesino miró al suelo, donde encontró los ojos verdes de un gato gris y marrón cuya cabeza, pequeña en proporción a su cuerpo, le apuntaba directamente, como si estuviera viéndole.
―Insoportable toda esta luz, ¿verdad? ―comentó el gato.
―Desde luego ―esta vez sus propias palabras le sonaron claras y perfectamente comprensibles. Ambos volvieron a mirar hacia los televisores del escaparate.
―Tremendo lo de la Plaza del Avenir. Parece que ha quedado muy cambiada desde lo de anoche ―dijo el gato.
―Ya lo creo ―respondió Nero Cayo Mesino, cuyo diálogo, compuesto de frases simples y prácticamente huecas, recordaba al de quien habla a un micrófono durante una prueba de sonido.
El gato frunció el ceño y miró con recelo a Nero Cayo Mesino.
―Si estás pensando en pasarte por allí ten cuidado con los ojos negros, últimamente están por todas partes.
―Gracias ―respondió Nero Cayo Mesino sin apartar los ojos de las pantallas de televisión.
Y sin más, el gato desapareció por un callejón de la gran avenida en llamas.
Creyó sentirse sentarse sobre un escalón en un portal de la calle para intentar poner orden mediante sus pensamientos a los recientes acontecimientos, creyó sentirse fijar la vista en un punto para ayudarse a dirigir su corriente mental, creyó sentir el tiempo pasar, creyó sentirse interpelado por olas concéntricas de pensamientos arbitrarios que manaban del punto en el que creyó sentirse fijar la vista para ayudarse a dirigir su corriente mental, creyó sentir el tiempo pasar, creyó sentir que acababa de sentarse sobre un escalón en un portal, creyó sentir olas concéntricas, creyó sentir un punto del que creyó sentir el tiempo pasar cuando creyó darse cuenta de que no estaba sentado si no, de que no andaba si no, de que no corría si no, de que no sentía si no, de que no había adónde volver si no, de que no había origen de donde venir si no, de que era un paréntesis, una coma suspendida, un periodo inmediato, continuo, sin principio ni fin.
Cuando creyó tener la certeza de creer levantarse del escalón en el que creía haberse sentado ya no era de noche. El sol iluminaba con sus rayos azules el cielo blanco. Pequeños regueros de luz se escapaban de debajo de las puertas mezclándose en diminutos torbellinos antes de desaparecer tras volverse sobre sí mismos. Los pájaros reptaban de un lado a otro por el pasillo de la calle sembrando el aire de aleteos sólidos, largos y duraderos que caían en los oídos de Nero Cayo Mesino como golpes de campanas acuáticas. El aire incompleto, agujereado, emitía una frecuencia intermitente e imperfecta sobre su piel. Los aromas sólo se le insinuaban, arañándole y consumiéndose precipitadamente sin dejarse percibir, en pequeñas explosiones sulfurosas, corrosivas. Sin poder pronunciarse sobre su propia identidad, Nero Cayo Mesino empezaba a recordar desde el olvido, creando para ello una nueva colección de hábitos y de experiencias desde el comienzo.
Los vivos desprendían luz ― cada una diferente, única y reconocible por su color, su intensidad y su frecuencia. Nero Cayo Mesino no ― opaco, absorbente, impermeable, sin siquiera alcanzar a verse con sus propios ojos, ni reflejado en las lunas de los escaparates. Los vivos tampoco parecían verle. Un vago recuerdo de la noche anterior flotaba a la deriva en su recién estrenada memoria, uno en el que creía verse enfrentado a una gigantesca masa de luz voraz y ritual, intentando evitar sin fortuna una tragedia cuya naturaleza escapaba a su capacidad de evocación. A medida que avanzaba, un nuevo ruido seco, largo y espacioso inundó sus oídos. Desde la distancia creyó identificarlo con el movimiento ondulante de una bandera, dispuesta sobre la entrada de un edificio lejano de la avenida. En un callejón próximo al edificio vio un conjunto de tres luces, una de ellas azul, pálida e intermitente, tendida, inmóvil. Las otras dos, de un rojo incandescente, se movían casi con agilidad, ensañándose con la del suelo. Nero Cayo Mesino ajustó su mirada a aquella cegadora intensidad protegiéndose los ojos con la mano izquierda, dispuesta a modo de visera, al tiempo que se aproximaba al grupo tanteando desconfiado el espacio con la derecha. Envuelta en cada una de las tres luces se adivinaba una pequeña figura. Las dos en pie se cernían sobre la del suelo, utilizando objetos que sujetaban con las manos para golpearle. Los oídos de Nero Cayo Mesino se volvieron sensibles a los gritos de los dos agresores, a los que intentó espantar con el suyo propio, que sonaba lejano e incomprensible, como un eco totalmente descompuesto, sin relación con sus palabras. Ciego a su propia voz, Nero Cayo Mesino dirigió otra vez a los dos agresores los mismos estertores remotos e indescifrables, con la esperanza de que sirvieran de vehículo a su agónico mensaje pero ninguna de las tres pequeñas figuras parecía escuchar su extraña voz. Extinto prácticamente el reflejo azul de la figura del suelo, las otras dos abandonaron lentamente el callejón, abandonándola a su propia oscuridad. Nero Cayo Mesino se acercó para asistir a aquel cuerpo insensible a sus intentos por comunicar que, envuelto irregularmente por una finísima red de luz repleta de agujeros como puños, se incorporó con estremecedora lentitud, anduvo hasta la esquina derecha del callejón y desapareció.
Presuntamente desnudo, ciertamente aislado y a todas luces minusválido, Nero Cayo Mesino se dirigió al banco enfrente del edificio, sobre cuya entrada principal continuaba el vuelo obsesionante de la bandera. Desde allí aspiró a razonar la escena recién presenciada a partir de los elementos finitos que de aquel mundo extraño disponía. Hipnotizado por aquella bandera parsimoniosa, volvió a creer sentir su ser derramarse como una caída de agua ignorante de su origen y destino, los ojos se precipitaron fuera de sus órbitas, su tacto encogió dentro de la envoltura de su propio cuerpo y de sus entrañas una sirena de dolor trazó su torturador efecto doppler desde las tripas hasta la cabeza, estallando en una explosión aguda y perforadora que arrancó de una vida anterior el recuerdo claro y conciso de una agitada marea de pequeñas figuras con espectros de luz inquietos inundando la acera entre gritos y sirenas.
El cielo de la noche tornaba al color rojo en el extraño nuevo mundo que Nero Cayo Mesino padecía sin llegar a comprender. De noche los cuerpos de los vivos volvían a dejar potentes rastros luminosos de sus propios movimientos, como baba de caracol, y la luz que emanaba por todas partes cobraba una intensidad insoportable. La gran avenida por la que Nero Cayo Mesino continuaba su errar parecía arder en insólitas llamas de todos los colores ― fuego en las aceras, fuego en la carretera, fuego en los portales, fuego en el cielo ―, y sin embargo el aire frío cortaba la piel a rachas gélidas y discontinuas. Del lado derecho de la avenida una columna de luz horizontal proyectada desde la planta baja de un edificio saturaba el espacio con su fulgor, despedido en todas direcciones. Cubriéndose el rostro con ambas manos, Nero Cayo Mesino se encaminó a ciegas hacia el origen del inmenso foco, cuya luminiscencia se le colaba por entre los dedos y a través de las esquinas del rostro, quemándole los párpados, hirviéndole los ojos como dos huevos duros. Postrado en la acera, frente al origen de aquel pilar de luz sólida que parecía contener su avance y hacerle retroceder, Nero Cayo Mesino distinguió un coro de voces perfectamente sincronizadas que compartían timbre, tono y frecuencia y cuyo mensaje sonaba tan extraño y tan lejano como su propia voz. Lentamente y más allá de una pared lisa y fría que Nero Cayo Mesino podía sólo palpar, fueron perfilándose contornos mínimos en medio de la luz. Ciertas figuras fueron oscureciéndose y revelando su hipotética fisonomía, arrancando matices de color a la purísima concentración de blanco nuclear. Con lágrimas en los ojos, Nero Cayo Mesino fue tortuosamente recuperando el poder de la vista. Más allá de la pared fría y repartida por toda la superficie, la misma imagen se repetía: la mitad superior de una figura humana prácticamente inmóvil, contenida en cajas de diferentes tamaños aparecía y desaparecía entre imágenes de paisajes múltiples y desconocidos por Nero Cayo Mesino, hasta que, tras la enésima reaparición de la media figura humana, un nuevo paisaje sacudió su frágil memoria mediante un nuevo estallido procedente de las tripas que le hizo comprender la escena. Amontonados en el escaparate de la tienda de electrodomésticos, los televisores ofrecían los informativos de la noche. Algo se le frotó contra las piernas desnudas, Nero Cayo Mesino miró al suelo, donde encontró los ojos verdes de un gato gris y marrón cuya cabeza, pequeña en proporción a su cuerpo, le apuntaba directamente, como si estuviera viéndole.
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―Desde luego ―esta vez sus propias palabras le sonaron claras y perfectamente comprensibles. Ambos volvieron a mirar hacia los televisores del escaparate.
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