06 abril 2006

Capítulo dos

Encaramado a horcajadas sobre una larga escalera tendida en la azotea de la Gran Torre del distrito este e intentando no mirar al vacío ni muy seguido ni muy rápido al tiempo que se ajustaba continuamente un cinturón de cuero, empeñado en quedarle grande, del que colgaba una cobarde colección de herramientas a medio oxidar, Publio Nihilo se lamentaba de su capacidad para predecir con tanta certeza errores ajenos.
―La luna gasta una veinticuatro, no una veintidós.
En esta ocasión, dos pulgadas de diferencia estaban poniendo en peligro su misión, y aunque parecía poder salir del paso usando los alicates, no las tenía todas consigo para aflojar los dieciséis tornillos de cabeza hexagonal que aseguraban la luna al velcro sideral. Las diez menos veintisiete, la noche ya bien entrada y la luna resplandecientemente encendida, como era de esperar en una noche de plenilunio. Escondido tras la cara oculta, Publio Nihilo trabajaba contrarreloj sin ser visto. La misión de precipitar la luna contra la ciudad había sido aprobada en el despacho de don Arturo, como parte del plan trimestral de intervenciones. El mismo Publio Nihilo había presentado doce semanas antes a don Arturo y a sus compañeros el plan del proyecto, que pronto encontró la oposición de Claudio Lozano.
―Publio, si me lo permites, creo que no es una buena idea.
Acostumbrado al rechazo sistemático de Claudio Lozano, para quien su creatividad resultaba patológicamente morbosa, innecesariamente violenta e insultantemente inspirada, Publio Nihilo no tuvo más remedio que dejarse embarcar una vez más en otra patética negociación llena de buenas maneras vacías, donde el genio de sus ideas se consumiría en cada justificación, en cada defensa, en cada encorsetada verbalización impuestas por la falta de talento de Claudio Lozano.
―¿Qué tiene de malo? ―y repartiendo equitativamente sus mejores miradas entre don Arturo y los demás miembros de GESTO con calculada naturalidad, Claudio Lozano respondió, haciendo la exposición n+1 de los principios según los cuales debía guiarse la pequeña sociedad.
―Creo que es poco sutil, Publio, creo que tu estilo es, en general, poco sutil, no es la primera vez que digo esto. Estará usted de acuerdo conmigo, don Arturo, en que no hace falta hacer tanto ruido para provocar la atención de la gente. Cualquier catástrofe cotidiana, un incendio, un accidente, incluso un parricidio, pueden ser tan eficaces como hacer desaparecer la luna, y mucho menos traumático para todo el mundo.
―¿Qué tiene usted que decir? ―preguntó don Arturo a Publio Nihilo, quien sintiéndose como de costumbre apenas un niño entre hombres, apático ante la falta de perspectiva de sus compañeros, intentó defender de la manera más apasionada posible su proyecto.
―A mí me parece una buena idea… ―momento en el que Claudio Lozano cambió su insoportable tono cortés por otro más carnívoro.
―¿Y las consecuencias, Publio?, ¿has pensado en las consecuencias?, no todo consiste en imaginar y en soñar despierto, Publio, también hay que pensar en las consecuencias.
―Está bien, Claudio, seguro que el señor Nihilo ha pensado también en las consecuencias, ¿no es así señor Nihilo?
―Bueno, no creo que sea nuestra responsabilidad pensar en las consecuencias, siempre son otros los que se encargan de volver a poner las cosas en su sitio, ¿no…?
―¡No, Publio! ¡Los otros, como tú los llamas, hacen su trabajo igual que nosotros hacemos el nuestro! ¡Y entre todos intentamos que las cosas funcionen! ¡Comprendes?
―¡Claudio, por favor! No convirtamos esta reunión en algo personal. Señor Nihilo, ¿qué necesitaría?
―¡Don Arturo!
―¡Claudio, por favor, dejemos hablar al señor Nihilo!
―Poca cosa, la verdad, una vez instalado en la Gran Torre, una escalera y algunas herramientas…
―¿Para cuándo?
―Para el seis de octubre.
―Está bien, señor Nihilo, está bien. Tiene mi visto bueno.
―¡Don Arturo!
―¡Claudio!, usted y yo hace ya años que trabajamos juntos, nos conocemos y conocemos nuestro trabajo, pero creo que tal vez vaya siendo hora de mirar con otros ojos, de dar un nuevo aire a las intervenciones. Le dejo encargado de ayudar a Publio con todo lo que necesite para la fecha que prevista, ¿estamos de acuerdo?
―… sí, don Arturo
―Pues no hay más que hablar, a trabajar.
Tras la reunión, Claudio Lozano esperó la salida del despacho de don Arturo de Publio Nihilo, a quien cogió del brazo conduciéndole a empujones al interior de la pequeña cocina, cuya puerta cerró violentamente tras de sí.
―¿Tú quién te has creído que eres? ¿Tú te crees que puedes llegar, así, de repente, y cambiar la manera de hacer las cosas? ―disparó Claudio Lozano, acorralando con su vehemencia a Publio Nihilo contra la pequeña ventana al fondo de la estrecha cocina.
―Yo sólo he propuesto una idea, ese es mi trabajo, proponer ideas ―respondió lógicamente, con la mirada perdida, a kilómetros de aquella cocina y de la emboscada que le había tendido Claudio Lozano.
―Mira. Yo no sé por qué será, pero le caes muy bien a don Arturo. A mí no me pareces más que un vago y un raro, pero él… yo qué sé lo él que verá en ti. Mira, es hora de que aprendas cómo funcionan aquí las cosas, si tienes una idea, me la dices a mí, no se la presentas a don Arturo en una reunión, no, me la dices a mí primero, ¿te enteras? ―maltratando el picaporte, al tiempo que marcaba contra la puerta el ritmo de sus amenazas con los pies.
―Pero para eso son las reuniones, ¿no?, ¿para presentar ideas y discutirlas?
―¡¡No!! ¡Eso no es lo que hacemos en las reuniones! ¡Si tienes una idea, vienes a mi mesa y me la cuentas y yo ya decidiré si se la presentamos a don Arturo o no! ―Claudio Lozano encendió la vieja radio a pilas de la cocina para amortiguar sus propios gritos.
―Pero don Arturo ha dicho que la sociedad necesita un nuevo aire, ya le has oído ―Publio Nihilo creía conocer aquella música, cuyo poder de evocación le arrastraba aún más lejos de aquel momento arbitrario y vulgar.
―¿Tú de verdad te crees alguien muy especial, no? ¿Cuánto tiempo llevas aquí, un año, un año y medio…?
―Nueve meses ―la música le hablaba de su infancia, de noches de lápices de colores y de globos sobre sábanas frescas y ventanas abiertas mirando a una luna llena.
―Nueve meses. Mira, yo empecé en esta empresa haciendo fotocopias, preparando cafés y llevando las cartas al correo, y ahora soy encargado. Dieciséis años me ha llevado. ¿Y tú te crees que en sólo nueve meses vas a poder hablar de tú a tú con don Arturo…? Pues no mientras que yo sea quien soy y esté donde estoy, ¿te enteras? ―susurró Claudio Lozano, a apenas veinte centímetros de Publio Nihilo, cuyos ojos negros sin miedo y sin vida no reflejaban interés alguno por los de Claudio Lozano, ni por aquella conversación.
―Pero yo trato de usted a don Arturo, ¿no? ―dudó Publio Nihilo, a quien la música hablaba de coros de dientes recién confesados ante el altar del cepillo, de aliento de galleta y de sentimientos de protección envolviendo palabras ansiolíticas pasaporte al sueño.
―Don Arturo no va a vivir para siempre, que no se te olvide. Ven, vamos a mi mesa.
Claudio Lozano calló la radio de un golpe seco, arrancó un gemido a los goznes de la puerta y escupió violentamente a Publio Nihilo de vuelta al presente. Sentado frente a su privilegiada mesa abrió un cajón, del que extrajo un formulario que entregó a Publio Nihilo.
―Toma, complétalo con lo que necesites. ¿No tienes boli? Toma. A ver, ¿listo? La luna gasta una veintidós, no una veinticuatro, la cambiaron durante el eclipse de principios de septiembre.
―Yo he visto que gasta una veinticuatro…
―Pero vamos a ver, ¿aquí quién es el encargado?

―La luna gasta una veinticuatro, no una veintidós.
Las once menos veinte. Al pie de la escalera, sobre la azotea de la Gran Torre del distrito este, trece tornillos de cabeza hexagonal. Otros tres, aparentemente pasados de rosca, sujetaban la luna al velcro sideral. La Plaza del Avenir comenzaba a llenarse de espíritus festivos en busca de su fortuna de fin de semana y Publio Nihilo, acalambrado, con las manos temblorosas y cada vez con menos tino, comenzaba a considerar soluciones alternativas a su problema. Con solo tres frágiles puntos de apoyo, la luna se dejaba mecer describiendo un arco cada vez mayor, retorciendo sus tornillos en un quejido chirriante. A pesar del estremecimiento de sus encías, Publio Nihilo no cesó de empujar la esfera luminosa hasta que, crac, cedieron los, crac, un, dos, crac, tres tornillos y la luna comenzó su último viaje al tiempo que Publio Nihilo perdía el equilibrio y caía desde lo alto de la escalera hasta el suelo de la azotea, a las once menos dieciséis exactamente, tres minutos después de lo previsto. Pasaron alrededor de dos minutos desde el crac del último tornillo hasta el gran estruendo de la luna al chocar contra la Plaza del Avenir. Dos minutos de caída durante los cuales los ojos de Publio Nihilo siguieron la precipitación de una luna velocísimamente menguante hacia el vacío, arrancando un oscuro pensamiento informe de su caótica memoria, uno capaz de horadar un enorme vacío en su cabeza, como si el vertiginoso túnel de energía desplazada tirara irresistiblemente de su propio cuerpo, como si los pies perdieran toda atracción por la gravedad, como una hipnótica invitación a seguirla para descubrir el secreto escondido al final de su caída. Y entonces, la imagen más extraña robó a la luna los ojos de Publio Nihilo, calmando su agitación. Algo que avanzaba por el aire con la estúpida cadencia de una medusa por el agua, algo que no parecía más que una bolsa preñada de aire, coloridamente inanimada y aún así, radiante de paz. Sacudido por el súbito aterrizaje, Publio Nihilo buscó el epílogo de su misión con sus ojos de 200 metros de altura: la luna no se había ensartado en el obelisco central de la Plaza del Avenir como planeado, si no que había provocado un enorme cráter, a apenas una decena de metros de una de sus cuatro entradas, no cumpliendo así el destino de aceituna imaginado para ella por Publio Nihilo, que aburrido, decepcionado y ya capaz de imaginar las reacciones en la sociedad el lunes, perdió de vista la extraña figura, se guardó los tornillos en el bolsillo, se colocó la escalera doblada bajo el brazo, marchó hacia una puerta en el centro de la azotea, a una escalera por la que descendió de la Gran Torre, por una de cuyas salidas de emergencia emergió 97 minutos y 59 pisos más tarde, justo a tiempo para andar hasta la estación de tren metropolitano de la Plaza del Avenir y llegar, tras dos transbordos, al término de la línea cuatro y por tanto a casa.

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