06 julio 2006

Segunda Parte. Dieciséis de octubre de dos mil seis

Con ambos antebrazos apoyados sobre su escritorio, la mirada fija, perdida en el trazo de su bolígrafo y una evidente expresión de desagrado, Claudio Lozano garabateaba frenéticamente figuras geométricas sobre su vade calendario mientras intentaba no perder la compostura ante la parsimonia de Publio Nihilo, al otro lado del teléfono.
―Yo simplemente he llevado a cabo la misión…
―¡No, Publio! ¡Lo que tú has hecho no tiene nada que ver con el proyecto que presentaste! ―aplastando el bolígrafo contra el vade.
―¿Y no podría hablar con don Arturo un momento…?
―¡No, no puedes! Además no está ―sin mirarle, buscando algo entre los papeles de la mesa con aire de tener otras cosas más importantes que hacer.
―¿Dónde está?
―Pues mira: se ha ido al ministerio para ver si puede evitar que te metan el cárcel, que es donde yo pienso que deberías estar ―satisfecho de su propio acto de cruel sinceridad, seguro de haber dicho la última palabra.
―¿Y no sabes si recibió mi mensaje…?
―Publio, mira, vamos a hacer una cosa. Tómate el día libre. Vete a casa, o vete al cine, o a un museo, o adonde te dé la gana. Y cuando venga don Arturo, yo le diré que has preguntado por él. Estoy seguro de que le parecerá muy bien que te tomes el día libre. Anda, vete, vete a refrescarte un poquito las ideas, vete.
―Pero, ¿y si tiene algo importante que decirme?
―Si tiene algo que decirte ya te lo dirá mañana.
―Entonces, ¿qué pasa con la otra misión? ―Claudio Lozano se quedo mirando fijamente al vacío, golpeándose rítmicamente con una uña el espacio entre los dientes, buscando tiempo para decidir qué expresión dar a su voz. Apoyándose en los brazos de la butaca se reacomodó contra el respaldo y pareció de pronto salir de su silencioso letargo dotado de renovadas energías.
―Adelante con ella. Adelante con la misión ―dijo con un tono absolutamente convencido.
―¿Sí…? ¿Seguro…?
―Totalmente, Publio. ¿Qué te hace falta?
―¿Y no habría que esperar a ver qué dice don Arturo?
―No. Estoy seguro de que don Arturo pensaría lo mismo que yo. Venga, ¿qué te hace falta? ―preguntó un Claudio Lozano casi entusiasmado.
―Nada. En realidad, no hay más que terminarla…

Diez días antes, el siete de octubre, Publio Nihilo se había despertado como de costumbre tarde, cansado y aturdido. Durante la noche anterior, el recuerdo de su padre le había llevado de la mano hasta el sueño, dejándole vulnerable y poco preparado para la batalla nocturna.
(ciento veinte kilos sobre una cama pequeña a medio deshacer repartidos en proporción 1/5 - 4/5, el lenguaje de las posturas habla para la ocasión de jerarquías basadas en afecto, cuatro números heterogéneos en reloj digital, muy tarde para que los párpados de 1/5 sigan abiertos, “hubo una torre de ladrillo cerca de una playa, era más bien una chimenea que con el tiempo y el desuso se quedó vieja”, “¿y para qué servía?”, “liberaba al mundo de su mal humor”, “¿cómo?”, “allí quedaron encerradas trece personas que habían conseguido solucionar todos los problemas que jamás nadie nunca”, “¿y qué pasó con la torre?”, “todavía no la han encontrado”)
Al abrir los ojos, antes de la irrupción de la plena conciencia, un mínimo residuo de memoria nocturna activó la redacción mental de una nueva carta para su padre, sábado, siete de octubre de dos mil seis, hola papá, esta noche he soñado contigo, habías venido a mi cama para darme las buenas noches y acabaste contándome la historia de la chimenea de ladrillo, ¿cuál era la cáscara de aquella historia, papá?, ¿y la pulpa?, ¿con qué se supone que habría que pelarla?, le doy vueltas a tus historias, pero sigo sin saber qué hacer con ellas…
La ventana había permanecido abierta durante toda la noche. El viento frío y húmedo de octubre no tardó en dictar el comienzo de una larga condena de vigilia de fin de semana. Publio Nihilo abandonó el fuerte de sus sábanas y anduvo descalzo y medio desnudo hacia la ventana para cerrarla. Las nubes anunciaban lluvia. Al levantarse de la cama, la revista de la noche anterior cayó al suelo, quedando abierta por una página de empleo. Publio Nihilo repasó una de las líneas de la carta que había compuesto mentalmente para su padre hacía un momento ― “y acabaste contándome la historia de la chimenea de ladrillo” ― intentado superponerla con la página que desde el suelo se abría ante sí. Se agachó y cogió la revista, por cuyas ofertas de trabajo hizo un barrido con los ojos al tiempo que se repetía una y otra vez la misma frase ― “y acabaste contándome la historia de la chimenea de ladrillo”. Con la revista todavía en la mano derecha anduvo hacia la desértica sala de estar ― una silla, una mesa y algunas cajas apiladas ―, buscó por el suelo un papel, algo con qué escribir e instalado con todo ello en la mesa comenzó a tomar notas.

―¿Alguno de ustedes tiene alguna pregunta? Bien, manos a las obra entonces.
De pie junto a la puerta, Publio Nihilo terminó de escuchar las palabras de don Arturo, extrajo del bolsillo de su camisa un folio cuyos cuatro dobleces deshizo y con él sujeto de ambas manos esperó a que los demás salieran. Claudio Lozano, sentado de espaldas a Publio Nihilo en una de las dos butacas, fue el último en incorporarse.
―¿Qué tienes ahí? ―susurró Claudio Lozano de espaldas a don Arturo, hablando casi más con la mirada que con palabras.
―Es una idea de proyecto ―respondió lógicamente Publio Nihilo.
―¿No estarás pensando en enseñársela a don Arturo, verdad? ―Claudio Lozano le arrancó con una mano la hoja mientras le llevaba con la otra del brazo hacia la puerta del despacho. Don Arturo Párvulo, extrañado por la demora de sus empleados, se interesó por la escena.
―Claudio, señor Nihilo, ¿ocurre algo? ―don Arturo se acercó a la pareja, camino de la puerta.
―Nada, don Arturo… Publio tenía algo que comentarme ―al ver la hoja en la mano de Claudio Lozano, don Arturo tendió la suya de manera requisitoria.
―¿No se habrán estado pasado notas durante la reunión, ustedes dos…? ―dijo don Arturo con sorna mientras leía por encima el manuscrito arrugado.
―Claudio, ¿es suyo? ―Claudio Lozano miró nervioso a los dos hombres, furioso por no poder adivinar la respuesta correcta a la pregunta de don Arturo.
―No, don Arturo. No es mío.
―¿Señor Nihilo?
―Sí, don Arturo, es mío.
―¿Y bien? ¿De qué se trata?
―Es una idea de proyecto.
―Excelente. Siéntese, por favor. Vamos a discutirlo.
Publio Nihilo se sentó en la butaca que apenas un momento antes había ocupado Claudio Lozano, quien desde la puerta asistía impotente a la escena.
―Claudio, ¿se le ha olvidado algo? ―preguntó don Arturo del otro lado de la gran mesa de roble, de espaldas a los dos ventanales de su despacho.
―No, don Arturo… sólo quería preguntarle si podría quedarme a la presentación de Publio ―suplicó Claudio Lozano con desesperación mal disimulada.
―¿Pero…? ¿Se puede qué le pasa hoy, Claudio? ¡Se comporta usted como un crío! Ande, vuelva a su puesto y dedíquese a hacer lo que tenga que hacer.
―Sí, don Arturo.
Claudio Lozano cerró la puerta acristalada tras de sí. Su silueta quedó un momento inmóvil antes de probar varios rumbos y desvanecerse sin ninguno aparente. Don Arturo se colocó las gafas y miró deliberadamente por encima de ellas a Publio Nihilo.
―Con usted quería yo hablar, precisamente. En menuda situación nos ha metido.
―Si me lo permite, don Arturo, no ha sido culpa mía.
―Explíquese.
―Resulta que, al final, la llave la no era la correcta ―don Arturo echó bruscamente hacia atrás la cabeza en señal de incomprensión, los pliegues de la nuca se apelmazaron contra el cuello almidonado de la camisa.
―¿Cómo es eso?
―Pues eso, que la luna gasta, bueno, gastaba una veinticuatro y yo tenía un veintidós…
―Entonces, ¿quién se equivocó?
―Pues, no sabría decirle, don Arturo…
―¿Cómo que no sabría decirme? ¡Pero alguien tuvo que equivocarse, no? ¡Alguien tuvo que darle la llave que no era!
―Sí, supongo…
―¡Pues hable, hombre! ¡Hable!
―Bueno, Claudio, Claudio Lozano, me dijo que la luna gastaba una veintidós desde el eclipse de septiembre ―don Arturo frunció el ceño y permaneció con la nuca abatida, mirando al infinito mientras se frotaba la barbilla con la mano izquierda.
―Claudio Lozano… ¿Le parece un buen coordinador de intervenciones, señor Nihilo…?
―¿Por qué me pregunta eso, don Arturo?
―No tiene importancia. A ver, muéstreme su plan ―don Arturo tendió la hoja sobre su escritorio.
―Bueno, pues se me había ocurrido inaugurar una serie de intervenciones, algo así como operaciones temáticas. Pero es sólo una idea.
―Continúe. ¿En qué consistirían?
―Pues, serían algo así como rendundancias sobre el trabajo de determinadas personas.
―Redundancias, señor Nihilo. Redundancias ―don Arturo señaló con el dedo la errata.
―Perdón, don Arturo. Redundancias ―tachando con un bolígrafo la n sobrante del papel.
―¿Podría ponerme un ejemplo?
―Sí. De hecho durante el fin de semana he tenido dos ideas bastante simples.
―¿Para cuándo podrían estar listas?
―Para el lunes que viene, si esta semana consigo hacer todas las observaciones.
―Lunes dieciséis. Nada catastrófico, espero.
―No, no especialmente.
―¿Ni aparatoso?
―No. Aparatoso no. Eso sí que no.

0 Comments:

Publicar un comentario en la entrada

Enlaces a este mensaje:

Crear un enlace

<< Principal