05 agosto 2006

Segunda Parte. Dieciséis de octubre de dos mil seis. Capítulo dos

Sentado sobre un banco de la gran avenida, Nero Cayo Mesino seguía el avance de gigantescos frentes de intestinos gruesos que iban convergiendo en las alturas violeta y marrón. La luz roja de noches anteriores había sido sepultada por mares de tripa vaporosa y humeante que se rompían en torno a la línea del cielo. Por momentos, de entre los pliegues de la barrera de carne, una explosión sacudía las corrientes del viento, estrangulando sus larguísimas, finísimas, perfectísimas líneas paralelas en grotescas madejas sin orden y sin aliento. Los vivos huían sacudiendo su paso de marcha fúnebre mientras miraban hacia el cielo estreñido. Sus espectros luminosos encogían, pegándoseles a la piel y a la ropa. Casi ni luz en la calle, ni vida, ni campanas acuáticas, sólo un intenso olor a hierro y a azufre, un aire denso y un pegajoso sabor a tierra.
Algo minúsculo, salido de las tripas, se hizo visible a los ojos de Nero Cayo Mesino. Una diminuta perla transparente caía sin precipitarse, arrastrada por la indecisión de las corrientes. Al deshacerse contra la acera levantó en torno a sí una pequeñísima barrera circular de la que se desgajaron decenas de nuevas perlas que levantaron con su propia caída nuevas barreras, nuevas perlas, barreras, perlas, cada vez más y más pequeñas, más y más numerosas. Pronto, la distancia de las tripas al suelo quedó cubierta por una cortina compacta difícil de traspasar con la mirada que sumió la ciudad en una brillante oscuridad de cristal en la que formas, distancias, perspectivas, tamaños, nada era lo que parecía. Las aceras y las carreteras parecían fundirse, disolverse inundadas por aquel flujo de esperma fracturado, lento y cadencioso que llenaba los oídos de Nero Cayo Mesino con una frecuencia de cuchillos.
El mundo componía, a través del exhaustivo prisma, un rompecabezas miope dispuesto sobre infinitos niveles discontinuos en el que todo parecía formar parte de algo sin tener relación con nada. Capaz de rescatar ciertos recuerdos arrancados del olvido a fuerza de tripas chamuscadas e inspirado por el puzle en que se desmembraba aquella inaccesible realidad, Nero Cayo Mesino proyectó sobre el lienzo de sus párpados cerrados la memoria más lejana de que era capaz ― un espacio plagado de espectros luminosos y un cuerpo sin luz y sin calor hecho pedazos en el fondo de un enorme agujero.
Cada perla le atravesaba la piel, la carne y los huesos, deshaciéndolos como si fueran papel, helándole por dentro, ahogando sus movimientos, durmiendo la voluntad de sus extremidades, inmovilizadas por olas de alquitrán, náufrago en una piscina de aceite. Dejándose caer al suelo, Nero Cayo Mesino rodó hasta el hueco bajo el banco.
―Terrible esta lluvia, ¿verdad? ―sentado sobre las patas traseras, un gato color café se atusaba concienzudamente los bigotes con una de las patas delanteras. Nero Cayo Mesino se acurrucó a su lado, todavía víctima de algunas gotas que se colaban por entre las tablas del banco.
―Parece que afloja ―el gato asomó con cuidado el hocico por debajo del banco y olió en derredor. Tras arquear la espalda y estirar la cola, miró fijamente a Nero Cayo Mesino, se le frotó contra la mano izquierda y desapareció apretando su paso de cuatro patas.

Se calmaron los cuchillos. El cielo, liberado de su invasión, lucía un naranja claro de mañana. Las mareas de esperma habían menguado, no quedando más que regueros brillantes que se buscaban a ciegas calle abajo. Las tablas del banco se escurrían las últimas gotas de lluvia sobre Nero Cayo Mesino quien, mediante acto reflejo que le estremeció las tripas, extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, antes de decidirse a abandonar el abrigo bajo el banco. El olor a azufre persistía y el sabor a tierra era aún más intenso que antes. Las corrientes de aire, todavía frías y húmedas, negociaban poco a poco sus fronteras legítimas con la ayuda de algunas bandadas de pájaros.
Con fríos alambres de espino atravesándole los huesos y la piel, Nero Cayo Mesino se puso de pie y marchó rumbo a una palidecida vía, donde tres figuras inmóviles, oscuras y sin rostro se apretaban en círculo sin proyectar más que una débil luz azul, casi imperceptible. Una tormenta de gritos estremeció el callejón con una cacofónica sacudida. Más allá yacía una figura opaca e inmóvil, de cuya cabeza brotaba una finísima corriente brillante que se evaporaba al contacto con el aire. Algo más al fondo, de una lejana brecha abierta sobre la pared derecha, sangraba un cañón de luz verde recortado por la silueta de dos figuras antagónicas engullidas por la pared. Cegado por la intensa luz, Nero Cayo Mesino se aproximó protegiéndose los ojos con una mano y tanteando el camino, hasta una puerta medio entornada a una habitación verde. Aroma a azúcar caliente recién derramada. Una finísima bruma polvorienta en el interior, tiñendo de oscuridad los reflejos de luz verde. Inmóvil, con la boca abierta y un mínimo haz de luz prácticamente apagado, una figura retorcida ocupaba la mitad de una larga superficie. Detrás, por un pequeño hueco en la pared se escapaba una columna vertical de luz blanca que hacía todo danzar en ondas paralelas y sincronizadas. Nero Cayo Mesino se acercó, la luz le inundó la humedad de los ojos y de la garganta con un aliento seco y abrasador. Por la puerta, de espaldas, una silueta entró con gran dificultad arrastrando un fardo opaco que colocó a la entrada. Cerró la puerta, giró sobre sí misma y un par de ojos negros inundaron la habitación.


* * *


Cinco y veintisiete de la mañana. Párpados en huelga, hormigas en los ojos y estómago sin tregua. Silencio y esporádico olor a café en las escaleras del bloque. Aire frío y cielo sin colorear. Calles vacías, luces apagadas y charcos de camino a la estación. Relojes inquietos, vapor y bufandas a la entrada. Luces blancas, pasos y encomendaciones de corta frecuencia en el interior de la estación. Seis menos diez.
lunes, dieciséis de octubre de dos mil seis, hola papá, ¿te acuerdas de cuando cogíamos el tren?, a veces, cuando empiezo a trabajar temprano y cojo el primer tren de la mañana me acuerdo, a mí entonces me parecía que el mundo nos pertenecía durante unas horas y que en todo el planeta no podía haber nadie más despierto y que por eso teníamos que hablar tan bajito, es muy agradable coger el tren por la mañana, no hay ruidos, ni conversaciones, casi no hay gente esperando en las estaciones y los pocos que hay parecen pasajeros vocacionales, como yo, recuerdo que una vez me levantaste a las cuatro de la mañana para coger un tren que salía a las cinco y media, estaba tan nervioso que sólo pude dormir dos horas, aquello me pareció una señal de madurez.
Seis y diez. Estación Gran Avenida. Charcos a la salida. Aire frío y cielo a medio vestir. Los semáforos recobran el sentido y los pájaros trazan líneas sobre el nuevo día. Efecto dominó de luz en las ventanas de algunas fachadas. Lejos, muy a lo lejos, redoble de tambor ante la inminente salida del sol. Charcos en el callejón paralelo a la avenida.
A veces, cuando llueve, recuerdo aquello que me contaste de tu madre, sobre cómo utilizaba el agua de lluvia que recogía en el patio para lavar la ropa, ¿cómo lo hacía, papá?, ¿cómo recogía el agua de lluvia?
Puerta trasera en la esquina del callejón. Tenue luz amarilla bajo la ranura, por la que se escapa una fragancia dulce y caliente. Suave trepidación de máquinas y golpes bien acompasados al otro lado de la puerta. Toc-toc-toc. Toc-toc-toc-toc. Cesa el compás de golpes. Se abre la puerta.
―¿Sí? ¿Qué quiere? Todavía no está abierto ―hombre de mediana edad, cubierto de harina, se limpia las manos en el delantal.
―¿Quién es? ―del interior, una voz de mujer.
―Buenos días (una vez me llevaste a la azotea para ver la lluvia de estrellas…) ―Publio Nihilo saca algo del bolsillo derecho del abrigo.
―Mire, todavía no está abierto, espérese un poco del otro lado de la tienda, en la avenida, que ya no vamos a tardar ―el hombre hace ademán de cerrar la puerta y volver al trabajo.
―No, si yo solamente quería (me dijiste que, si quería, por cada estrella que viera podía pedir un deseo…)
―Hágame el favor, hombre, espérese usted quince minutos del lado de la avenida, que tengo todavía una hornada y se me va a quemar.
―Pero vamos a ver, caballero, ¿no ha oído usted a mi marido? ¡Espérese a que abramos que ya le atenderemos, haga usted el favor!
―¿Jacinta? ¿Es usted? (aquella noche vimos más de cien estrellas caer del cielo…) ―la mujer y su marido se quedan mirándose el uno al otro.
―¿Y usted quién es? ―Publio Nihilo la atrapa con una mano por la nuca y con la otra le aplica un pañuelo contra boca y nariz. El marido se vuelve hacia la trastienda, coge algo una mesa con lo que golpea en la cabeza a Publio Nihilo, que cae al suelo. Publio Nihilo se levanta y corre hacia el callejón. El marido corre detrás de él con el objeto todavía en la mano.
―¡Jacinta! ¡Jacinta llama a la policía! ¡Jacin ―el marido patina sobre los adoquines húmedos, pierde el equilibrio y se golpea la cabeza contra el suelo al caer. Publio Nihilo se acerca lentamente, se agacha, sacude el cadáver con la mano, recoge el objeto y vuelve a la trastienda. Abierta de piernas en el suelo, la panadera se sujeta al marco de la puerta con los ojos en blanco. Publio Nihilo la levanta y vuelve a aplicarle el pañuelo sobre la nariz y la boca. La mujer se defiende a golpes de trapo y cae desplomada en los brazos de Publio Nihilo, que mira al cielo del nuevo día antes de entrar en la trastienda.
―Vamos allá, Jacinta (pero no se me ocurrió nada que desear)
Publio Nihilo arrastra el cuerpo de la mujer dentro de la trastienda. Retira de una mesa de madera algunos utensilios, la coloca encima y busca por los cajones y estanterías de la trastienda. La mujer intenta incorporarse pero le fallan las fuerzas. Se inclina hacia un lado de la mesa y se deja caer al suelo.
―¡Jacinta, haga usted el favor de quedarse quieta, por favor! ―Publio Nihilo la coge por debajo de los brazos y vuelve a posarla sobre la mesa. La mujer se vuelve a dejar caer hacia delante.
―De verdad que es usted imposible, Jacinta ―Publio Nihilo vuelve a colocarle el pañuelo sobre la boca y la nariz. La mujer deja caer la cabeza hacia atrás, Publio Nihilo la reacomoda sobre la mesa, apoya una pierna contra el estómago de la mujer, la sujeta con una mano por la nuca y con el pañuelo en la otra le cubre boca y nariz. Cae boca arriba sobre el filo de la mesa, con el cuerpo ligeramente apoyado sobre un lado.
Publio Nihilo sale al callejón y camina hasta el cadáver del marido, que arrastra de las manos hasta la trastienda. Cierra la puerta, vuelve a buscar por cajones y estanterías y regresa a la mesa con una manga pastelera y un embudo que acomoda en la boca de la mujer, de donde escapa un finísimo gemido.
―Es increíble el aguante que tiene usted, doña Jacinta. Vamos a tener que hacerlo al tuntún porque me ha dejado usted el pañuelo seco.
Publio Nihilo llena de harina el embudo y lo golpea suavemente con el canto de la mano por un lado al tiempo que lo inclina para hacer caer el contenido. La mujer emite un débil sonido gutural. Publio Nihilo levanta el embudo, comprueba que la harina cae dentro de la garganta de la mujer, que tose una pequeña nube blanca, se lo coloca de nuevo en la boca y lo llena hasta vaciar el paquete. Al retirar el embudo de la boca de la mujer advierte una cierta resistencia.
Echo de menos la playa, las construcciones de arena que hacían los domingos, ¿sabes si siguen haciéndolas, papá?
Añade agua y sal a la harina. Camina hacia la pared tras la mesa, se coloca un par de guantes que cuelgan de un clavo, abre el horno y saca una bandeja de cruasanes que coloca en un mueble junto con otras bandejas. Coge un cruasán de la nueva bandeja y lo prueba.
―Pues sí que se han quemado (¿te he dicho ya que cuando tengo tiempo desayuno tostadas con mermelada de melocotón?, me acuerdo de aquellos fines de semana cuando traías churros recién hechos para desayunar envueltos en un papel marrón lleno de aceite).
Publio Nihilo estudia el interior del horno, se vuelve hacia la mesa y mide con los ojos el cuerpo de la mujer. Mira de nuevo al horno y tuerce el gesto. Coge un segundo cruasán de la bandeja y mientras se lo come reordena el resto para cubrir los dos huecos vacíos. Camina hacia la mesa y mira el rostro sin vida de la mujer.
―¿Y ahora qué hacemos, Jacinta…? ―busca en las estanterías otro paquete de harina que espolvorea sobre el cuerpo de la mujer, cuya silueta dibuja a continuación con la manga pastelera. Se dirige hacia la tienda, descuelga el teléfono y marca.
―Buenos días, don Arturo. Le llamo de la avenida, eh… he tenido algunas complicaciones, nada importante… estése tranquilo que he podido cumplir con la misión, eh… bueno, más o menos. De todas maneras, esta misma tarde en cuanto haya dejado lista la otra le informo en la oficina. Bueno, pues eso es todo, don Arturo, que pase buena mañana y hasta esta tarde ―cuelga, se dirige al mostrador y consulta la lista de precios. Abre la caja registradora, coloca un billete de cinco bajo la pinza de la izquierda, recoge el cambio y se lo guarda en el bolsillo derecho del pantalón.
Ocho y siete. Publio Nihilo sale por la puerta de la trastienda, cierra tras de sí y dobla la esquina en dirección a la Gran Avenida. A su paso, de un contenedor en el interior del callejón, un gato color café lo acecha con cara de pocos amigos.

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