19 octubre 2006

Segunda Parte. Cuarto capítulo

―(a veces cuando estoy en casa escucho a los vecinos de arriba ir de una habitación a otra, escucho los pasos y me acuerdo de ti, me acuerdo de cuando era pequeño y oía la puerta abrirse y había un momento de no saber quién era y luego, al oír los pasos sabía que eras tú, podría reconocer tus pasos en cualquier lugar, incluso ahora, un paso corto, un paso largo, un paso corto, un paso largo, ta-tac, ta-tac, ta-tac, como si te diera miedo usar un pie, a veces cuando escucho gente bajar por las escaleras del bloque pienso que la puerta del piso se va a abrir y que voy a oír tus pasos, incluso cuando corrías, bueno, tú no eras muy corredor, hacías ta-tac, ta-tac, ta-tac, sólo que más rápido, ta-tacta-ta-tacta-ta-tacta, línea uno, amarilla, línea tres, verde, línea dos, línea dos, línea dos, línea dos, azul, comprendo que no te gustara la ciudad, lo comprendo, ya lo sé, demasiadas caras, caras por todas partes, sin mirar, están ahí y ya está, línea dos, dirección norte, término estación ciudad nueva, siempre con prisas, siempre corriendo, y tú que no eras muy corredor, ¿verdad?, ta-tacta-ta-tacta-ta-tacta, supongo que no, supongo que no te gustaría la ciudad, hay gente que grita por la calle, o por las estaciones, y la gente mira, las caras miran, entonces sí que miran, como esperando más gritos, se quedan mirando, ¿y qué pensarán?, a lo mejor se comparan, a lo mejor piensan que como ellos no gritan pueden mirar, a lo mejor piensan que qué pena, que pobre gente, venga a gritar, dos minutos, bueno, dos minutos, yo creo que los túneles sí te gustarían, yo creo que ver salir el tren del túnel sí te gustaría, a ti te gustaban esas cosas, eras muy curioso, como cuando le preguntabas cosas por la calle a gente que no conocías, eso aquí es muy raro, aquí las mujeres casi no miran a los niños de otras mujeres, no les hacen caricias, no les preguntan cosas, yo no lo he visto, un minuto, lo primero que se ve son los dos faros en medio de la oscuridad y luego pasa el tren y te empuja el aire, yo creo que te gustaría verlo, ya llega, los dos faros, los dos faros, eso, los dos faros, y el aire que te empuja, los de dentro salen y los de fuera entran, fuera-fuera-fuera-fuera, y dentro, la barra está caliente, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve ciudad nueva, había pensado visitar todas las estaciones de todas las líneas para hacerles una foto, ¿cuánto tardaría en recorrer todas las estaciones?, qué idea más rara, ¿verdad?, en la ciudad hay cantidad de ideas raras, seguro que ya se le ha ocurrido a alguien hacer una foto de cada estación, seguro que hay un museo, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, bueno ocho, va demasiado rápido éste, yo me gano así la vida, con ideas raras, mi trabajo consiste en tener ideas raras, en tener ideas que nadie ha tenido, o igual sí, igual sí que las ha tenido ya alguien antes, siete todavía, ¿yo tenía ideas raras de pequeño, papá?, me acuerdo que cuando era pequeño pensaba que había un coche que era el primero, yo veía filas de coches en la calle, pero pensaba que había uno que iba por delante de todos los demás, pensaba que las, ah, qué pasa, ah, ¿por qué se para?, yo pensaba que por la noche, ah, seis, yo pensaba que por la noche los coches no salían, que se quedaban encerrados en alguna parte y que luego los dejaban salir por la mañana y que había uno que salía antes que los demás y que era el primero y que todos los demás estaban detrás de él, una idea rara que tenía cuando era pequeño, ¿tú tenías ideas raras, papá?, yo a veces no comprendía algunas cosas que hacías, pero no sé si eso eran ideas raras, una vez que no quise beberme la leche rompiste el vaso contra la pared, yo no tuve miedo, ni me enfadé, pero no comprendí por qué hiciste aquello, a lo mejor aquello fue una idea rara que tú tuviste, ah, un, dos, tres, cuatro, sólo cuatro, ¿sólo cuatro?, pues no me he dado cuenta, pues no me he dado cuenta, esta noche tengo que ponerme, volver a mirar las revistas antiguas, esta noche ordeno las revistas antiguas y me pongo con ellas, me pongo sobre la mesa y las empiezo a ordenar, las pongo sobre la mesa que trabajaré mejor y así no me quedo dormido, aunque me cueste, aunque no pueda ver la luna por, ah, eso sí que no va a poder ser, hasta que no la encuentren no hay nada que hacer, le tengo que preguntar a don arturo, tres, esta noche me pongo, entonces, parece que no vive mucha gente por aquí, a esta hora todos van al centro, ¿cómo hago para no olvidarme de preguntar a don arturo?, ¿tú cómo hacías para acordarte de las cosas, papá?, tampoco tenías muy buena memoria, de todas maneras, sólo para algunas cosas, dos, dos, pero bueno, disimulabas bien, disimulabas muy bien, y eras capaz de convencerme de cosas, una vez quise quedarme contigo a escuchar la radio de noche, no sé si te acordarás, tú escuchabas debates por la radio, yo tenía una pila de papel que tú me habías dado y un lápiz y quería quedarme contigo escuchando la radio, ¿te acuerdas?, ah, una más, ¿eh, papá, te acuerdas?, pues al final sí que me dormí y tú te quedarías allí solo escuchando la radio, ¿por qué no querías que me quedara contigo?, yo sólo quería saber qué hacías allí solo tanto tiempo, ¿y sabes que ahora a mí también me gusta estar solo?, ya ves, ah, otra vez nos paramos, ah, ya estamos, vaya si hay gente, a esta hora van todos a la ciudad, los de dentro fuera y los de fuera dentro, fuera-fuera-fuera, ¿y el mapa?, el mapa, el mapa, recto, un, dos, tres, derecha, recto, recto, un, dos, tres, derecha, recto, qué barbaridad, cuánta gente, salida, salida, salida, salida, qué barbaridad, cuánta gente, vaya si huele mal, caras y más caras, caras por todas partes, escalera, qué barbaridad, sólo entra gente, pues nada, hay que salir, perdón, perdón, perdón, a lo mejor poniéndome a un lado, ah) Uf, perdón (perdón, ¿se levanta o no?)
―¿Está usted bien, señorita?
―(bueno, perdón, perdón, perdón, ¿por aquí es?, sí, por aquí es, te metes por un agujero, sales por otro y todo ha cambiado, yo creo que eso tampoco te gustaría, yo me he acostumbrado, pero a ti no te gustaría, luego juntas todos los trozos de ciudad que has visto y los ordenas como si fuera un puzle y al final sí que tiene sentido, pero lleva tiempo, recto, un, dos, tres, derecha, recto, recto, un, dos, tres, derecha, recto, vale, pues recto, por aquí, ¿tú no eras muy paciente, verdad que no, papá?, yo creo que no, no mucho, no demasiado, no más que yo, ¿no?, si hubieras sido paciente no te habría importado que me quedara contigo a escuchar la radio, a mí ahora también me gusta estar solo, ¿sabes?, me gusta, me gusta, esta parte es más reciente, los edificios son más altos, ¿y yo soy paciente?, yo creo que sí, ¿no?, no lo sé, tampoco tengo a quién preguntar, yo creo que don arturo piensa que sí soy paciente, no lo sé, ¿derecha?, ¿derecha?, derecha, sí, ¿sabes lo que hacía yo por las noches?, me quedaba sentado en la cama mirando por la ventana, la ventana abierta y las piernas cruzadas, ¿y tú qué hacías allí solo escuchando la radio?, ah, rojo, venga, ah, ¿voy?, no, no, no, venga, ah, verde, voy, yo intentaba imaginar lo que harías allí tan solo, se parece un poco a mi barrio, los edificios altos y las calles pequeñas, sin grandes avenidas, el suelo es distinto, y las papeleras son de otro color, es tranquilo también, ¿tres?, sí, tres, por aquí, derecha y recto, a ver, don patricio, a ver qué me cuenta don patricio, poca cosa, me temo, número siete, ¿número siete?, sí, número siete)
―¡Quién!
―¿Don Patricio Perkins?
―¡Quién es!
―Eh… el cartero
―¿Otra vez…?
―Eh… Sí, es que me tiene que firmar usted una cosa.
―¿Qué cosa?
―Eh… un… acuse de recibo…
―¿Un acuse de recibo de quién?
―De… eh… pues, parece… algo de venta por correspondencia…
―¡Hombre! ¡Por fin! ¡Ya era hora! Ande, suba que le abro. El tercero, ¿eh?, no se vaya a ir usted donde no es y me tenga esperando otras tantas semanas, ¿me oye?, ¿eh?


* * *


En 1834, Jacobo Perkins patentó una máquina para refrigerar a base de vapor comprimido mediante éter. A finales del siglo XIX su creación quedó obsoleta, superada por diseños más eficaces que empleaban gases como el amoníaco, el cloruro de metilo y el dióxido de azufre. A sus setenta y tres años, su tataranieto Patricio Perkins vivía solo en un barrio próximo del término norte de la línea dos del tren metropolitano, ignorante de tan lejana gloria familiar.
Patricio Perkins había disfrutado sus años de juventud explotando con gran imaginación el encanto de su exótico apellido, gastado sus energías de hombre adulto negando todo posible parentesco con estrellas del cine y tenido tímidos escarceos desde su jubilación con la posibilidad de remontar hasta sus propios orígenes, que esperaba llegar a descubrir antes de morir ― en algún momento entre el lunes dieciséis y el martes diecisiete de octubre de dos mil dos, a manos de un Publio Nihilo perfectamente documentado sobre la genealogía de su septuagenaria víctima.
¡Paf! ¡Crac! Publio Nihilo abrió los ojos y levantó la cabeza extrañado. Escudriñó unos instantes las cuatro paredes sin ventana que le rodeaban, incapaz de asociarlas con nada. De la puerta entornada frente a sí colgaban tres batas viejas de gran talla. Se incorporó sobre la silla y notó un largo escalofrío que le recorrió toda la espalda. Se limpió con índice y pulgar la baba de las comisuras, se estiró y se notó crujir las cervicales, totalmente rígidas. Miró a un escritorio cubierto de hojas de papel garabateadas a su derecha y a una cama deshecha a su izquierda. Se levantó y volvió a estirarse, un libro se le cayó del regazo ― Heráldica y Geneaología Fácil. Lo recogío y lo ordenó en un hueco de la biblioteca a su espalda. Una corriente fría merodeaba por el piso. Anduvo hasta las batas, descolgó una y se la probó. Olía a galleta y los bolsillos estaban llenos de migas y broza. Abrió la puerta a un largo pasillo bien iluminado. Miró instintivamente a la izquierda, a la puerta abierta de un cuatro de baño blanco y muy luminoso. Miró a la derecha, a la cocina, donde cesó de pronto un finísimo ruido de arañazo. Una diminuta cabeza se asomó por el marco de la puerta, apenas a quince centímetros del suelo. Publio Nihilo se anudó la bata y anduvo hacia la cocina donde todo volvió a cobrar sentido.
Botellas, bolsas, botes de cristal, envases de plástico y productos frescos cubrían la superficie de una gran mesa redonda. En el suelo, el contenido de algunos envases mordisqueados se había derramado yendo a parar debajo del horno, del frigorífico y de los muebles. Algunos envases de cristal también se habían caído de la mesa, rompiéndose en cientos de pedazos que habían tapizado el suelo de color rojo, blanco y amarillo. Volviéndose hacia Publio Nihilo a intervalos más o menos regulares y casi sin poder dar abasto ante tantos estímulos, un minúsculo perro rescató de debajo del frigorífico un tapón cuyos restos comenzó a lamer con aparente delectación tras haber conseguido darle la vuelta con una pata. Conmovido y profundamente distraído antes la escena, Publio Nihilo miró en dirección al frigorífico, asintió y cruzó con media sonrisa el pasillo hasta el cuarto de baño, donde se encerró con pestillo.
Una llave se dejó sentir deslizarse dentro de la cerradura al otro lado de la puerta principal y el recto de Publio Nihilo se sobrecogió súbitamente dentro del cuarto de baño.
―¡Don Patricio, soy yo! ―una voz de mujer restañó por toda la casa. El perro acudió a la entrada, a su encuentro.
―¡Ay!, ¡Ay, ay, ay, aaaay! ¡Lo más bonito! ¿Qué haces, eh? ¿Qué haces, tú, ehhhhh? ―el perro movía la cola frenéticamente, dejándose acariciar con deleite detrás de las orejas y lamiendo la boca y la nariz de la mujer.
―¿Qué tienes ahí, eh? ¿Qué tienes en la boca, eh? Ya has estado comiendo lo que no debes, ¿no? ¡Don Patricio, ya estoy aquí! ¿Está usted en casa?
En el cuarto de baño, sin siquiera una idea aproximada de cómo proceder, Publio Nihilo accionó mecánicamente la cisterna para ganar tiempo. Un sudor frío comenzaba a dejarse sentir brotar por las extremidades superiores bajo la bata, donde corazón y pulmones parecían flotar a la deriva de una sustancia helada y abrasiva. La cabeza pareció querer desprendérsele del resto del cuerpo, henchida de algún tipo de gas más ligero que el aire, sinónimo de desorden, culpa y catástrofe.
—¡Fuera de aquí!
—¡Don Patricio! ¡Don Patricio qué hace!
—¡Vete! Fuera de aquí! ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!
—¡Mire que me voy, don Patricio! ¡Pero qué hace usted! ¡Don Patricio, por favor! ¡Guarde éso, don Patricio! ¡No me lo acerque! ¡Qué esta haciendo! ¡Por favor, don Patricio! ¡El suelo, don Patricio! ¡A mí no! ¡¡Socorro!!
Si la mujer se habría apercibido de aquellas jóvenes manos, si aquel miembro le habría parecido demasiado vigoroso para un hombre de tanta edad, si la voz impostada habría resultado o no creíble eran interrogantes sobre los que don Patricio poco tenía que decir tras veintisiente horas de reclusión dentro de su propio frigorífico. Publio Nihilo retiró las dos bombonas de butano que lo apuntalaban, cortó las tiras de celo que daban la vuelta al electrodoméstico y tiró de la puerta con cuidado.
—Don Patricio, está usted muerto. Desde luego que vaya manera más poco elegante de morir, dirá usted ―don Patricio ocupaba un espacio blanco y helado en el que estanterías, cajones y puertas habían sido desmantelados. Los ojos ocultos tras una fina capa de hielo que los volvía de un mortecino color gris vidrioso, una cierta expresión de angustia descompuesta en el rostro, pequeñas estalagtitas, mezcla de escarcha y de mucosidades, que brotaban de la nariz y una piel azulada y tensa. Publio Nihilo arrancó el cadáver de suelo y paredes, adherido causa de la congelación, y lo trasladó por el pasillo hasta el salón dejando un rastro de hielo y escarcha que el perro acudió a olisquear. Como pudo lo instaló en el balcón, dibujando sobre una butaca una postura a medio camino entre la oración y el infarto de miocardio, de cara a una pequeña plaza todavía vacía.
―Desde aquí tenía que ver usted la luna de maravilla ―Publio Nihilo apoyó las manos contra la barandilla y contempló el azul clarísimo del cielo de la mañana― Mire, don Patricio, no se ofenda, pero le voy a decir una cosa de corazón: esos libros que compra usted por catálogo de verdad que se le caen a uno de las manos ―en ese momento, el perro salió al balcón y comenzó a lamer el témpano de don Patricio.


***


En la penumbra anaranjada del callejón, Nero Cayo Mesino pensó en el remoto consejo recibido noches atrás ― “cuidado con los ojos negros” ― antes de doblar la esquina tras la figura de ojos negros. De vuelta a la Gran Avenida, un cruce de caminos en cuyo suelo una brecha abierta escupía una intensa columna de luz blanca. Nero Cayo Mesino se protegió los ojos con una mano mientras seguía a la figura de ojos negros en medio de una marea de espectros que le arrastró hacia las profundidades por estrechas cavidades brillantes, entre murmullos atronadores y corrientes de aire enloquecidas, a lo largo de un recorrido serpenteante que subía, bajaba y se retorcía hasta abrirse a un vasto espacio en cuya inmensidad estalló un grito atronador que apresuró el ritmo cadencioso de los vivos dentro de unos habitáculos translúcidos dispuestos en una larga fila a la derecha. Nero Cayo Mesino se cubrió ambas orejas con las manos e ingresó en el mismo habitáculo que la figura de ojos negros, justo a tiempo de escapar al mordisco de las puertas que se cerraron tras de sí, momento que que todo comenzó a oscilar con insoportable violencia.
Nero Cayo Mesino intentaba mantenerse de pie en un extremo. El habitáculo translúcido interrumpía su estremecimiento a intervalos constantes, coincidiendo con la salida de las tinieblas a la luz de un nuevo espacio. En un momento de tregua, la figura de ojos negros procedió a la sala exterior acompañada de otras figuras que desaparecieron a ritmo constante y en orden por las cavidades abiertas en la pared. Un nuevo grito inundó el vacío. Nero Cayo Mesino se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre los vivos. Las puertas se le cerraron sobre el pecho. La intensidad del grito se hacía cada vez más insoportable. La presión de las puertas cedió un momento que Nero Cayo Mesino aprovechó para liberarse. Las puertas volvieron a cerrarse, el grito se consumió en seco y la hilera de habitáculos se zambulló de nuevo en las tinieblas. De pie a pocos metros, la figura de ojos negros trazaba líneas con un dedo sobre la blanquísima pared. Aquella figura era como el recuerdo de una playa con los colores cambiados. El espectro de luz flotaba envolviendo al vivo del interior, una gravitación que mecía el vacío en torno al cuerpo, como olas rompiendo en una orilla vagamente presentida. Aquella figura casi estática que ocupaba la soledad de la inmensa sala inspiraba en Nero Cayo Mesino una sensación de tranquilidad más allá del entorno de su corta memoria lineal.
Nero Cayo Mesino la siguió a través de una serie de luminosas cavidades hasta una confluencia que, a lo lejos, conducía a una nueva brecha, en la que los vivos se apelmazaban formando dos corrientes inversas. La figura de ojos negros se dispuso a ganar, a contracorriente, el exterior de la brecha. Nero Cayo Mesino le seguía de cerca, transportado por la marea de vivos que desde la otra corriente empujaban hacia el exterior. Alguien, que cayó en la remontada, despertó algo en las tripas de Nero Cayo Mesino que, precipitado velocísimamente hasta la cabeza, liberó un genuino sabor a dolor ― pelo largo, fresco olor, piel suave, ojos sin fin y sonrisa envenenada.
De nuevo en el exterior, la figura de ojos negros avanzó hasta una puerta donde conversó brevemente con una voz invisible antes de desaparecer, seguida de cerca por Nero Cayo Mesino, al interior.

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