19 octubre 2006

Segunda Parte. Tercer capítulo

Había pasado la noche despierta, viendo la lluvia caer a través de la ventana y maldiciendo cada uno de los pensamientos trágicos que cada uno de los minutos pasados le habían inspirado. Su madre roncaba en la habitación de al lado, la radio había permanecido encendida toda la noche. Ya no quedaban nubes, aunque la tormenta había sido larga. El velcro estelar se había despegado definitivamente, el cielo quedaba en manos del día, que pronto se llevaría a Venus de un firmamento convertido en sala de espera de astros y cuerpos celestes. Desde la otra habitación, la fanfarria de la radio anunció la hora en punto.
Rosa espiaba los balcones del barrio desde el suyo, sentada en un taburete, con las manos sobre la barandilla y la barbilla sobre las manos, mordiéndose las paredes interiores de la boca para amortiguar el contacto entre los dientes. Los mismos personajes, las mismas rutinas, las mismas maneras de tomar conciencia del mundo de cada mañana ― crepitar de persianas, miradas furtivas tras las cortinas, figuras en bata aventurándose al exterior de los balcones.
A lo lejos, los grandes edificios de oficinas del distrito este esperaban con sus infinitas superficies acristaladas la salida del sol para clonar su reflejo.
Rosa se retiró de la barandilla y se dejó caer hacia atrás hasta tocar el marco de la puerta del balcón con la mitad de la espalda, manteniendo las alas plegadas, una a cada lado del marco, y el taburete en equilibrio sobre dos patas. Con ambos pulgares comenzó a darse un masaje pellizcándoselas suavemente a lo largo de las cejas y apretando entre ellas circularmente con índice y corazón. Los ojos le quemaban y acusaba la falta de sueño, presagios de un día de café y de reflejos embotados.
Impulsándose con la espalda sobre el marco de la puerta y controlando la fuerza del empuje con la pelvis, Rosa se dejó caer hacia delante, devolviendo al taburete su tercera pata y eyectándose de pie frente al balcón. Con las manos sobre la barandilla, meciendo una curva praxiteliana con las caderas, Rosa cerró los ojos y se lavó la cara con el aire frío de la mañana. Miró hacia atrás por encima del hombro derecho, la luz del exterior venía ya con fuerza y el interior sombrío de su habitación suponía un esfuerzo para las pupilas. Buscó con la mirada el casco que su madre le había regalado ― sobre una estantería, algo extranjero. Suspiró y volvió la cara al frío de la mañana.
―¿Qué haces despierta tan pronto? ―del interior de la habitación, la voz de la madre inundó las orejas de Rosa.
―Hola. ¿Te he despertado?
―No, no. ¿Cómo que estás ya despierta? ―la madre, a medio componer, apareció por la puerta del balcón.
―Me han cambiado el turno. Hoy empiezo a las nueve y media.
―¿Has desayunado?
―No.
―Anda, entra, que vas a coger frío.
En la cocina, la radio hablaba del asesinato de una mujer ocurrido durante la noche. Rosa abría armarios y cajones e iba colocando la mesa para el desayuno mientras la madre calentaba el agua para el café.
―Dos semanas más, ¿no? ―la madre echó un poco de agua sobre la pila y llenó la taza de Rosa, ya sentada en su silla.
―Sí ―con la mirada perdida en la pila.
―¿Y no te han dicho si te pueden renovar? ―la madre se llenó la taza, vertió el agua sobrante en el desagüe y colocó el cazo sobre la hornilla.
―No, no me han dicho nada.
―Pero podrías preguntarles, ¿no? ―buscando la mirada de Rosa.
―Sí, mamá. Podría preguntarles. Pero no quiero ―encontrando los ojos de la madre.
―Vaaaale ―la madre afirmó con la cabeza, entornando los ojos al tiempo y forzando una sonrisa de fastidio mientras se untaba la tostada de mantequilla.
―No sé, ya encontraré algo ―de un largo trago, Rosa se terminó el café.
―Vaaaale ―la madre afirmó con la cabeza entornando los ojos al tiempo y forzando otra sonrisa de fastidio mientras seguía untándose la tostada de mantequilla.
―Bueno, voy a prepararme ―Rosa se levantó de la silla, enjuagó la taza y desapareció por el pasillo.
―Vaaaale ―la madre terminó de untar la tostada, masticó el primer bocado y negó con la cabeza al tiempo que cerraba los ojos y forzaba un suspiro hueco a través del bolo alimenticio.
Terminado el desayuno, la madre se sacó un sobre del bolsillo de la bata.

Miércoles, 11/10/06
Hola familia,

¿Qué tal estáis? Ya hace un tiempo que no hemos tenido noticias vuestras, espero que sigáis todos bien. Por aquí todo como siempre. El pequeño empezó a trabajar dando clases de inglés hace algunos meses y está bastante contento, aunque dice que le gustaría encontrar algo que le quede más cerca y que tenga mejores horarios. Es verdad que el pobre vuelve molido al final del día y a unas horas demenciales, pero bueno, hay que trabajar.
Supongo que os enteraríais de la noticia. Es increíble la cantidad de locos que hay por el mundo. A ver qué vamos a hacer ahora sin luna. Vosotras no estáis lejos de la plaza donde fue a caer, ¿no? No sé si la fuimos a visitar alguna vez que estuvimos por allí. Por aquí la gente no ha hablado de otra cosa durante semanas.
¿Has visto cómo está el niño? ¿Recibiste las fotos que te envié? Está hermosísimo, ¿verdad? La madre también está bien, ya mismo volverá al trabajo. ¿Y tú qué tal? Seguro que sigues tan guapa como siempre. ¿Y Rosa, a qué se dedica, sigue con el baile? ¿Qué vais a hacer para fin de año? ¿Tenéis pensado ir a alguna parte? Ya sabes que si queréis aquí tenéis vuestra casa, que aunque sea poca cosa ya nos apañaremos.
Bueno cuidaos mucho las dos y escribid pronto.


* * *


Las calzadas se llenaron de interminables filas de vehículos liberados de su prisión nocturna. Rosa avanzó por la destartalada acera hasta la parada del autobús. Una señora esperaba sentada.
―¿No te quieres sentar, hija?, mira que hay sitio para las dos ―las arrugas del labio superior parecían encajar con precisión milimétrica sobre los huecos de los dientes blancos, perfectos que asomaban de aquella sonrisa dulce.
―No, gracias, señora.
Rosa miró a su izquierda como queriendo forzar la casualidad, deseando hacerla coincidir con la llegada del autobús. Al volver otra vez la cabeza hacia la parada creyó adivinar en la anciana un gesto torpe y mal calculado, una mirada rezagada que iba a parar a su propia espalda y una sonrisa menos sincera, menos dulce que la anterior.
―¿Tiene usted hora, por favor?
―¿Eh, qué? ¡Sí, hija! A ver, eh… ¡Uy, que no veo! Eh… ¡Las ocho y cuarto van a dar! ¡Las ocho y cuarto son!
―Gracias ―y Rosa decidió andar hasta el término norte de la línea dos del tren metropolitano, a apenas seis manzanas.
Rosa avanzaba casi tan rápido como las filas de vehículos sin principio ni fin. El sol había desplegado ya toda su corona y brillaba nítidamente sobre un fondo azul claro brillantísimo, manchado sólo por el vuelo de algunos pájaros. La ciudad aparecía radiante, con la cara limpia y recién lavada por la tormenta de la noche anterior. Rosa se frotó los ojos, predijo a toda velocidad lo que el día podría dar de sí y se vio compartiendo las alturas al atardecer con los pocos vencejos rezagados que quedaban todavía en la ciudad. Una sonrisa silenciosa vino a retirarle de la cara la espesa capa que la cubría. Del interior de un coche que la rebasó lentamente, los compases de una música conocida la catapultaron a la euforia. A dos manzanas de la estación, el autobús la alcanzó. Desde dentro, la anciana de arrugas perfectas seguía a Rosa con la mirada, sentada del lado de la ventanilla. El buen humor de Rosa se enredó entre las líneas de la sonrisa lastimera de la anciana. Y desapareció con ella.
La lluvia había dejado su rastro húmedo a la entrada de la estación Ciudad Nueva. Los repartidores de periódicos habían dejado el suyo de papel, que junto con el de la lluvia se apelmazaba contra las esquinas de los escalones y tapizaba la escalera, que a esas horas se convertía en hormiguero apresurado ― carreras, desayunos para llevar y conversaciones apuradas antes de desaparecer en el fondo de la tierra. Rosa comenzó a bajar lentamente ayudándose del pasamanos a su derecha. A mitad del descenso, alguien que intentaba subir las escaleras a contracorriente le hizo caer.
―Uf, perdón
Desde atrás, una voz de hombre sobre unos pasos decididos acudieron a ayudarla a incorporarse cogiéndola por debajo de los brazos.
―¿Está usted bien, señorita?
Al darse la vuelta Rosa descubrió un ceño fruncido, una mirada clavada en su espalda y una cierta expresión de desagrado. Rosa se apartó contra una esquina al pie de las escaleras, lejos de la corriente, donde se arregló la chaqueta, se sacudió el pantalón y gastó la cólera que empezaba a arderle detrás de las orejas antes de decidirse a continuar. Nueve estaciones dirección sur, un trasbordo en la estación central y cuatro estaciones dirección este en la línea C del cercanías más tarde, Rosa llegaría a tiempo para empezar su jornada de trabajo a las nueve y media.

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