06 febrero 2006

Tercer prólogo

TERCER PRÓLOGO.

Estoy segura de que todo el mundo podría llegar a entender…

Más alto, más lejos, más tiempo, como si diera un paso más, como si el suelo todavía estuviera bajo mis pies, casi como subir una escalera dando saltos cada vez más grandes. Y una vez arriba sólo pensar en disfrutar del tiempo que queda por delante, de la caricia del aire, de la intimidad de la soledad y descubrir los secretos del nuevo medio, como si estuviera en la bañera de casa de mi madre, rodeada de espuma, recién llegada del colegio, una tarde clara de otoño, con el sol oxidando el cielo desde las montañas hacia las que vuelan, hacia las que vuelo…


―¡Rosa!, ¿eres tú? ―gritó asustada la madre desde el salón, despierta por unos golpes en cuya dirección se dirigió, todavía aturdida por el sueño del que había sido arrancada.
―¡Mamá! ―respondió desde otra habitación la hija, suspendida de la barandilla del balcón.
―¿Estás bien? ―preguntó la madre al tiempo que tiraba de la hija.
―Sí, pero creo que he tirado una maceta, mira ―nueve pisos más abajo, una mancha irregular esparcida sobre la acera de la calle, apenas visible en la penumbra de una oscurísima noche que la luz de las farolas apenas podía apagar.
―Bueno, ya encontraremos otra, ¿y tú no podías entrar por la puerta, no?
―Mamá, no empieces, por favor, maldita manía que tienes de tenerlo todo cerrado.
―¿O sea que la rara soy yo por cerrar las persianas?
―Anda, mamá, vamos a dejarlo.
Llevaba casi trece años volando cada atardecer, desde una tarde de otoño, tras una clase de ciencias naturales en la que aprendió cómo los machos de algunas especies vegetales se desprenden de su simiente, arrastrada por las corrientes para fecundar alguna hembra, tal vez a kilómetros. Se llamaba Rosa y esperaba quedar embarazada algún atardecer.
―Por lo menos te habrás puesto el casco ―exclamó la madre al tiempo que ponía orden a las maltrechas plantas del balcón.
―Sí, mamá, me he puesto el casco ―respondió la hija camino de la cocina.
―¿Y dónde lo has dejado?, porque yo no te lo veo por ninguna parte ―persiguiendo a la hija por el pasillo.
―Bueno, mamá, mañana me lo pondré, ¿vale?
―O sea que mañana otra vez sales a romperte por ahí la crisma, o a que te maten, ¿no?
―Mamá, por favor, no empieces…
―Pero, vamos a ver, ¿tú no puedes hacer como todo el mundo?, ¿tú no puedes salir a la calle por la puerta y enamorarte de alguien que te dé hijos?
―No mamá, me dan miedo las camas. Tú no lo entiendes…
―¡Claro, ya está, yo no lo entiendo! ¡Pero por lo menos podrías ponerte el casco, yo me quedaría más tranquila! ¿O es que piensas que la gente no te ve?
―Pues supongo que sí, mamá, supongo que si miran me verán, sí.
―¿Y qué, piensas seguir saliendo por el balcón hasta que te cojan? ¿Como si fueras un pájaro?
―Mamá, de verdad que no va a pasarme nada. Además, si alguna vez me ve alguien, ya explicaré todo lo que haya que explicar, que ya lo entenderán.
―¿Ah, sí?, pues a mí no me entra en la cabeza.
―Tú eres mi madre.
Rosa y su madre vivían al noreste de la ciudad, cerca de un antiguo polígono industrial en el que todo rastro de industria había desaparecido hacía tiempo. La fisonomía constante del barrio ― bloques de pisos, ventanas oxidadas, aceras perdidas, farolas huérfanas y solares tuertos ― se extendía gris formando una monótona parrilla sin sorpresas, sin personalidad y casi sin vida. Rosa y su madre habían construido a base de silencio su propia torre de babel en el último piso del edificio casi deshabitado en el que convivían. Allí la madre conservaba viva la memoria de otra época más feliz, llena de futuro, tal vez más real ― personas que ya no estaban, que habían cambiado, momentos entre paréntesis de acetato, de naftalina, de papel de periódico, cajas, cómodas, vitrinas y enormes armarios donde guardar el aire, el recuerdo, el pasado.
La habitación de Rosa buscaba el oeste más allá de un camposanto de azoteas y de antenas de televisión, atravesado por hilos de tender la ropa sin ilusión y con gesto triste. Desde su ventana, a kilómetros, se podían ver los edificios altos del distrito este de la ciudad, entre los que el sol desaparecía los días claros, descompuesto en mil reflejos cegadores, como si se escondiera tras las mil ramas de un árbol gigante para susurrar secretos rojos, anaranjados, amarillos y blancos. Rosa vivía apoyada en el balcón, razonando las alturas del exterior ― un medio que, sin ser el suyo propio, no le era extraño ―, desinteresada por lo que quedara del lado de las paredes y las puertas. Cerca de su ventana había algunas macetas con tierra en las que no parecía crecer nada. Un mínimo contingente de muebles donde guardar la ropa y apilar libros y objetos con los que balizar su propia vida. En su habitación no había cama, Rosa les tenía miedo desde niña, tras haber visto a su padre morir en una enorme. El padre de Rosa había sido obrero en una fábrica del polígono durante la época de sonrisas y de domingos sin miedo del barrio. Un día los compañeros lo trajeron a rastras desde la fábrica a casa, bañado en sangre. A la llegada del médico llegó, el padre de Rosa, la fábrica y el barrio estaban todos muertos, camino de un cajón en el que todavía seguían guardados. Desde entonces el papel de acetato, la naftalina, una pensión y pequeños trabajos temporales en la ciudad se habían aliado para consolidar una mínima espina dorsal.
―¿Tienes hambre?
―Regular ―respondió la hija cerrando poco inspirada el frigorífico.
―¿Has cenado algo?
―No ―sentándose sobre una silla frente a su madre con aire de derrota.
La cocina era la habitación más grande del apartamento, la única en la que el tiempo podía circular libre, sin temor a caer preso en trampas, y donde las dos mujeres resultaban particularmente incapaces de llenar el atronador silencio con su sola presencia.
―¿Qué tal hoy?
―Bien, poca gente, he podido leer un poco, pero mañana será peor… ¿y tú?
―Bien también, estuve con doña Amparo… ¿te apetece una sopa?
―No, déjalo. ¿Doña Amparo?, pensaba que te caía mal…
―¿Por qué dices eso?
―No sé, una impresión.
La madre de Rosa tenía la arbitraria costumbre de negar con la cabeza sin articular un sonido, al tiempo que cerraba los ojos y forzaba un largo suspiro contenido a través de una mínima sonrisa de fastidio, rutina a la que seguía siempre un corto silencio al que ella misma ponía término.
―Pues me contó que a una sobrina suya la han hecho fija en la empresa.
―No he tenido tiempo de comprar el pan.
―¿Y tu contrato?, ¿hasta cuándo te dura?
―Hasta fin de mes.
―¿Y luego?
―Pues no sé, mamá, luego ya veremos ―respondió molesta, levantándose de su silla.
―¿Vas a salir luego? ―siguiendo a su hija con la mirada desde la otra silla.
―No, no creo. Me apetece quedarme en casa ―sonó la voz de la hija desde el pasillo.
―Bueno, si sales me haces el favor de ponerte el casco ―la madre apuntó hacia el pasillo.
―Vale, pero no creo que salga. Me duele la espalda ―Rosa no llamaba a sus alas por su nombre en presencia de su madre. Dos pequeñas alas que, bajo la ropa holgada de Rosa, parecían un par de omoplatos de caprichosa fisonomía, nada más.
―¿Sabes si ha pasado algo por el centro? ―preguntó Rosa desde el salón.
―No, ¿por qué? ― la voz de la madre se acercó por el pasillo.
―Es que he oído muchas sirenas al llegar a la estación.
―No sé, ¿quieres poner la tele? ―la madre apareció por la puerta del salón.
Rosa dio licencia a su pulgar para completar el circuito habitual de televisiones. Todas las cadenas ofrecían bloques de promoción reservados a las agrupaciones políticas, metidas de lleno en plena campaña de cara a las próximas elecciones.
―¡Hija, para ya, que en todas están con lo mismo!
Suspendido en el aire de una de las televisiones locales, habiendo recibido paso desde el estudio, inseguro y con aire de un gran desconcierto, un enviado especial, desenfocado y casi fuera de cuadro, hacía su entradilla de espaldas a una Plaza del Porvenir caótica, cubierta de una densa nube de polvo negro y atestada de bomberos, fuerzas del orden y soldados en continuo movimiento en torno al gran obelisco central.
―Sí, eh… efectivamente, según hemos podido saber de fuentes oficiales, eh… todavía ha sido posible, todavía NO ha sido posible, queremos decir, todavía… NO ha sido posible confirmar el origen del… DEVASTADOR accidente ocurrido en… la Plaza del Porvenir hace ahora apenas media hora y que ha provocado al parecer… una única víctima mortal sin identificar… sí, efectivamente, la policía está… ACTUALMENTE tomando declaración a algunos de los testigos presenciales, a las personas que se encontraban en la plaza alrededor de las… ONCE MENOS CUARTO, hora aproximada del accidente… y como decimos todavía NO se ha podido confirmar quién… quién o qué ha sido… ha provocado el accidente que como pueden ver ha provocado TREMENDOS daños en la Plaza, perdón… sí, hemos podido hablar con algunas de las personas que estaban en la plaza a la hora del accidente y todas coinciden… sí, según estos… TESTIGOS visuales, insistimos, según sus declaraciones, la luna… la luna se habría DESPLOMADO cayendo sobre la víctima todavía sin identificar insistimos y provocando los… ENORMES… provocando una DEVASTADORA… los DEVASTADORES daños que pueden ver