Capítulo tres
dijo mirando la brillante llama del mechero de plata― (todavía las nueve menos diez) ―del mechero de plata― (media hora más, venga) ―de plata, de plata, de plata― (a ver, éstos…) ―dijo mirando la brillante llama del mechero de plata que ella misma le había ofrecido como regalo en su último cumpleaños― (nada, que se lo piensan) ―como regalo de su último cumpleaños como regalo en su último cumpleaños― (bueno, ¿se deciden o qué?)
―Hola, qué hay, mira, perdona, ¿qué es lo que hacéis aquí, de qué va esto?
―(¿por qué los más tontos vienen siempre media hora antes?) Pues es una cena espectáculo, o sea que cenáis y al mismo tiempo veis el espectáculo.
―Ahhh, ya… y… ¿y qué dura?
―(al final va a ser que no) Hora y media, la próxima función empieza dentro de veinte minutos.
―¿Y quedan plazas todavía?
―(no van a entrar) Sí quedan, sí. Pocas, pero quedan.
―Ya. Y… no sé, ¿de qué va? ¿Es buffet libre…? ¿Nos vienen a servir…? ¿Está bien para los críos…?
―(los críos…) Sí, los camareros vienen a servirles a la mesa. ¿A sus hijos (los críos, vaya críos) les gustan las películas de indios y de vaqueros?
―¡A ver, chicos! ¿A quién le gustan las películas de indios y de vaqueros? ¡A ver, a quién!
―(lo que me importará a mí, aunque igual entran después de todo) Normalmente a los niños les suele gustar mucho. Se lo suelen pasar muy bien.
―Y… oye… ehhhh… ¡Rosa! ¿Te llamas Rosa, no?
―(¿pues no lo ves?) Sí, me llamo Rosa, sí.
―Mira, Rosa. ¿Y no nos podrías poner en un buen sitio, cerquita, para que los críos vean bien, eh?
―(no van a entrar) Pues mire, es que yo de eso no me ocupo. Yo aquí lo único que puedo hacer es venderle las entradas y luego mis compañeros les darán una mesa.
―Ahhhhh, ya. Y mira, ¿qué te iba a decir…? ¿Y qué tal se come?
―(no van a entrar, seguro) Se come bien, se come bastante bien. ¿Les gustan las parrilladas?
―¡A ver, chicos! ¿A quién le gustan las parrilladas? Pues… carne y pollo y… hay pollo, ¿no, Rosa?
―(que se vayan ya, por favor, si además no van a entrar) Sí, hay pollo, sí.
―Y… carne. ¿Hay carne, Rosa?
―Sí, hay carne, sí.
―¿No…? ¿No os gusta la carne…? ¿Cómo no os gusta la carne, con lo buena que está…?
―(no puedo creer que vaya a decir esto) Y hay un pañuelo de regalo para cada uno…
―¡Uahhhhhh! ¡Un pañuelo de regalo! ¡A ver! ¿Quién quiere un pañuelo? ¡A ver las manos! Ahhh, que no os gusta la carne… y, Rosa. ¿No nos podrías dar un pañuelo de regalo?
―(claro, lo que faltaba) No puedo, no, es que están contados.
―Ahhhh, ya…
―(no van a entrar) Mire, tenga este folleto. Tiene los horarios, aquí… y aquí tiene los menús… y aquí tiene, si quiere, puede llamar a este teléfono y hacer una reserva para mañana.
―Ahhh, ¡eh, chicos, mirad qué guay! ¿Habéis visto qué fotos más chulas? Bueno, Rosa, pues ya llamaremos mañana si acaso, gracias. ¡A ver, chicos! ¡Vamos a decirle adiós a Rosa! ¡Adiós, Rosa!, ¡Adiós!
dijo mirando el brillo del mechero todavía encendido que ella misma le había ofrecido como regalo en su último cumpleaños― (todavía veinticinco minutos).
Rosa cerró el libro, lo posó al lado del teclado del ordenador sobre el estrecho escritorio de madera garabateado y comprobó una vez más si la cifra de asistencia para el segundo espectáculo había cambiado durante aquellos cinco minutos. Novecientas setenta y tres personas, algunas más desde la interrupción del último cliente.
―(al menos esta noche no sirvo mesas)
Frente a ella, sobre el mostrador, una vieja radio motorolla regurgitó desde los confines de sus entrañas la ronca voz del jefe de cocina.
―¡Taquilla, aquí cocina!
―Adelante, cocina.
―¿Tenéis las cifras para mañana?
―Setecientos cuarenta y uno para el primero, siete-cuatro-uno, y ochocientos noventa y siete para el segundo, ocho-nueve-siete.
―Recibido.
741, 897. Rosa se quedó mirando al vacío de las dos cifras sobre la pantalla del ordenador, capaz de imaginar con bastante precisión, como cada viernes, lo que el sábado le depararía ― una hora de tren hasta el restaurante, un buen almuerzo con los compañeros antes del primero de los dos espectáculos completos, las mismas preguntas de todos los fines de semana, la misma masa gregaria marchando hacia las salidas al final de cada una de las dos idénticas funciones, las mismas vejigas atragantadas de última hora, las mismas sonrisas forzadas para desalojar a los asistentes y las mismas bromas al despedirlos, el mismo olor a hierro en las manos tras el cierre, algunos inesperados momentos de intimidad repartidos a lo largo de su jornada de nueve horas con derecho a dos pausas, el mismo antepenúltimo tren de las doce menos cuarto y una vuelta a casa no anterior a las doce y media de la noche en el mejor de los casos, demasiado tarde para despedirse del sol.
―¿Por qué no has cerrado con llave? ―por la puerta de la taquilla entró la jefa de Rosa.
―Es que había salido un momento y
―Ya sabes que la puerta de la taquilla hay que tenerla cerrarla siempre ―venida de ninguna parte, la disonante sonrisa que acompañaba la reprobación no acababa de encajar ni con el rostro oval de aquella mujer ni con la situación.
―Rosa. La camisa. Métete la camisa por dentro del pantalón.
―Es que de sentarme y levant
―Ya sabes que aunque la gente no te vea desde fuera hay que dar buena impresión. Además, a poco que te levantes y vayas detrás a buscar algún papel o a hacer alguna fotocopia seguro que te ven que la llevas por fuera.
―Es que me aprieta un poco ―y al colocarse la camisa por dentro del pantalón, brotaron de la espalda las dos alas como dos pechos desorientados.
―Ah no, no te queda muy bien así, no. Bueno. Mañana te vas al guardarropa y pides una camisa más grande, ¿estamos?
―Sí.
―Pero hazlo, mira que mañana estoy también, ¿eh? ―de nuevo aquella tristísima sonrisa angulosa que precipitaba los minúsculos ojos al espigón de cejas. ―Bueno, me voy que tienes gente. Dentro de un rato vuelvo y compruebo tu caja. Y no te olvides de ir a por la camisa. ¡Y cierra la puerta con llave!
―(veintitrés minutos todavía) Hola, buenas tardes.
―¿Oye, dónde están los servicios?
―(hola-buenas-tardes) ¿Los servicios…? (hola-buenas-tardes, qué difícil, ¿verdad?), los servicios están dentro del cine, según se entra a
―¡Ah ya, vale!
Cada viernes Rosa veía el mundo acercarse, dudar, alejarse, preguntar, marcharse, equivocarse, apresurarse como un suave oleaje que bañaba su propia playa. Rosa veía en cada persona que pasaba por delante de su taquilla una manera posible de decidir, de planear, de parecer, de ser, de vivir la vida. Algunas visitas le dejaban un sabor de posibles trayectorias, de lazos imaginarios y de hipotéticos presentes con los que comparaba los suyos propios. Los inesperados momentos de intimidad ― café y pausa, sol entre bastidores ― y los almuerzos con los compañeros ― risas, insólita complicidad y anécdotas ― se alternaban con espacios infinitos en los que el tiempo de Rosa no guardaba relación con el de los otros, que avanzaba y retrocedía cruel y sin medida. Era entonces cuando se hacía dolorosas preguntas, cuando las certidumbres de la mañana o del día anterior perdían su aliento y su inercia, cuando de las zanahorias que ella mismo se había tendido a lo largo de la semana no quedaban más que los tallos y el palo del que habían colgado, cuando la marejada de gente reflejaba su frustración, sus libros y revistas anunciaban la enorme distancia hasta el ideal soñado más próximo y cuando su trayectoria, su presente y su futuro se le presentaban como el asiento trasero de un tres puertas, como un ascensor parado entre dos plantas, como una escalera de caracol sin principio ni fin.
―Rosa, ¿no te he dicho ya dos veces hoy que cierres la puerta? ―la sonrisa escalena de la jefa debía de haberse quedado por alguna de las gradas del restaurante espectáculo, capaz de albergar a mil doscientos comensales espectadores.
―Sí, es que ha venido
―¿Y no me has oído llamarte por radio? ―la mujer no perdía un minuto en mirar a Rosa a los ojos.
―No, es que
―Pues te he llamado varias veces. De verdad que esa camisa es un horror. Te quiero ver mañana con una más grande. Una talla más grande, por lo menos. A ver tu caja, ¿pero todavía no la has hecho? ¿Y a qué estás esperando? ¿No te estás siempre quejando de que eres la que vive más lejos y de todos los trenes que tienes que coger para venir aquí? Eso sí, para preguntarme si te puedes marchar quince minutos más temprano eres muy rápida ―y de nuevo el triángulo peripatético, náufrago en la inmensidad oval, oceánica, facial―. ¡Hombre, hoy sí que te cuadra! ¡Por lo menos una cosa buena! Bueno, pues ve a cambiarte, y si hay alguien en el guardarropa, coge la camisa ahora mismo, no esperes a mañana. ¿Has visto las cifras para mañana?
―Sí, han llamado antes de
―Completos para los dos espectáculos y para el segundo hay varios grupos, así que estaré con vosotros a la entrada. ¡Bueno, anda, vete a cambiarte!
Hacia las once menos cuarto del viernes seis de octubre el tren de Rosa ― instalarse al abrigo de un vagón tranquilo, estirar las piernas sobre el asiento de enfrente y jugar al escondite con la luna por túneles y cambios de rasante antes de desaparecer en el vientre de la ciudad ― llegó a la Estación Central de la ciudad. Al salir de las profundidades del andén subterráneo, Rosa descubrió una estación prácticamente deshabitada en la que sólo quedaban borrachos dialogando con su delirio. En la impenetrable oscuridad del exterior, un concierto de sirenas empapelaba pasajes, avenidas y bulevares con su mensaje histérico. No había pájaros en el cielo, ni luna, ni gente en la calle. Hacía frío durante aquellas noches de otoño. Rosa se vio a sí misma saliendo del colegio una dorada tarde de otoño, años antes. Descender la larguísima rampa de azulejos flanqueada de palmeras desde la gigantesca puerta principal de madera hacia una de las tres verjas a lo largo del muro de ladrillos a la entrada, coger impulso con una carrera suave de pequeños saltos, cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más tiempo, hasta no depender del suelo, burlar la gravedad, sentir la caricia del aire, escucharle susurrar mensajes al oído y ver el mundo como un secreto frágil y coherente. Rosa volaba. Con la espalda proyectada al suelo, pedaleando con las piernas, abiertas a posibles correos de esperma vegetal, llegados tal vez desde miles de kilómetros. Con su vuelo errático y poco elegante, como el de una bolsa arrastrada por las corrientes de aire, Rosa sobrevoló en línea recta la ciudad desde la Estación Central hasta la ventana cerrada del balcón de su habitación, al noroeste de la ciudad.
―Hola, qué hay, mira, perdona, ¿qué es lo que hacéis aquí, de qué va esto?
―(¿por qué los más tontos vienen siempre media hora antes?) Pues es una cena espectáculo, o sea que cenáis y al mismo tiempo veis el espectáculo.
―Ahhh, ya… y… ¿y qué dura?
―(al final va a ser que no) Hora y media, la próxima función empieza dentro de veinte minutos.
―¿Y quedan plazas todavía?
―(no van a entrar) Sí quedan, sí. Pocas, pero quedan.
―Ya. Y… no sé, ¿de qué va? ¿Es buffet libre…? ¿Nos vienen a servir…? ¿Está bien para los críos…?
―(los críos…) Sí, los camareros vienen a servirles a la mesa. ¿A sus hijos (los críos, vaya críos) les gustan las películas de indios y de vaqueros?
―¡A ver, chicos! ¿A quién le gustan las películas de indios y de vaqueros? ¡A ver, a quién!
―(lo que me importará a mí, aunque igual entran después de todo) Normalmente a los niños les suele gustar mucho. Se lo suelen pasar muy bien.
―Y… oye… ehhhh… ¡Rosa! ¿Te llamas Rosa, no?
―(¿pues no lo ves?) Sí, me llamo Rosa, sí.
―Mira, Rosa. ¿Y no nos podrías poner en un buen sitio, cerquita, para que los críos vean bien, eh?
―(no van a entrar) Pues mire, es que yo de eso no me ocupo. Yo aquí lo único que puedo hacer es venderle las entradas y luego mis compañeros les darán una mesa.
―Ahhhhh, ya. Y mira, ¿qué te iba a decir…? ¿Y qué tal se come?
―(no van a entrar, seguro) Se come bien, se come bastante bien. ¿Les gustan las parrilladas?
―¡A ver, chicos! ¿A quién le gustan las parrilladas? Pues… carne y pollo y… hay pollo, ¿no, Rosa?
―(que se vayan ya, por favor, si además no van a entrar) Sí, hay pollo, sí.
―Y… carne. ¿Hay carne, Rosa?
―Sí, hay carne, sí.
―¿No…? ¿No os gusta la carne…? ¿Cómo no os gusta la carne, con lo buena que está…?
―(no puedo creer que vaya a decir esto) Y hay un pañuelo de regalo para cada uno…
―¡Uahhhhhh! ¡Un pañuelo de regalo! ¡A ver! ¿Quién quiere un pañuelo? ¡A ver las manos! Ahhh, que no os gusta la carne… y, Rosa. ¿No nos podrías dar un pañuelo de regalo?
―(claro, lo que faltaba) No puedo, no, es que están contados.
―Ahhhh, ya…
―(no van a entrar) Mire, tenga este folleto. Tiene los horarios, aquí… y aquí tiene los menús… y aquí tiene, si quiere, puede llamar a este teléfono y hacer una reserva para mañana.
―Ahhh, ¡eh, chicos, mirad qué guay! ¿Habéis visto qué fotos más chulas? Bueno, Rosa, pues ya llamaremos mañana si acaso, gracias. ¡A ver, chicos! ¡Vamos a decirle adiós a Rosa! ¡Adiós, Rosa!, ¡Adiós!
dijo mirando el brillo del mechero todavía encendido que ella misma le había ofrecido como regalo en su último cumpleaños― (todavía veinticinco minutos).
Rosa cerró el libro, lo posó al lado del teclado del ordenador sobre el estrecho escritorio de madera garabateado y comprobó una vez más si la cifra de asistencia para el segundo espectáculo había cambiado durante aquellos cinco minutos. Novecientas setenta y tres personas, algunas más desde la interrupción del último cliente.
―(al menos esta noche no sirvo mesas)
Frente a ella, sobre el mostrador, una vieja radio motorolla regurgitó desde los confines de sus entrañas la ronca voz del jefe de cocina.
―¡Taquilla, aquí cocina!
―Adelante, cocina.
―¿Tenéis las cifras para mañana?
―Setecientos cuarenta y uno para el primero, siete-cuatro-uno, y ochocientos noventa y siete para el segundo, ocho-nueve-siete.
―Recibido.
741, 897. Rosa se quedó mirando al vacío de las dos cifras sobre la pantalla del ordenador, capaz de imaginar con bastante precisión, como cada viernes, lo que el sábado le depararía ― una hora de tren hasta el restaurante, un buen almuerzo con los compañeros antes del primero de los dos espectáculos completos, las mismas preguntas de todos los fines de semana, la misma masa gregaria marchando hacia las salidas al final de cada una de las dos idénticas funciones, las mismas vejigas atragantadas de última hora, las mismas sonrisas forzadas para desalojar a los asistentes y las mismas bromas al despedirlos, el mismo olor a hierro en las manos tras el cierre, algunos inesperados momentos de intimidad repartidos a lo largo de su jornada de nueve horas con derecho a dos pausas, el mismo antepenúltimo tren de las doce menos cuarto y una vuelta a casa no anterior a las doce y media de la noche en el mejor de los casos, demasiado tarde para despedirse del sol.
―¿Por qué no has cerrado con llave? ―por la puerta de la taquilla entró la jefa de Rosa.
―Es que había salido un momento y
―Ya sabes que la puerta de la taquilla hay que tenerla cerrarla siempre ―venida de ninguna parte, la disonante sonrisa que acompañaba la reprobación no acababa de encajar ni con el rostro oval de aquella mujer ni con la situación.
―Rosa. La camisa. Métete la camisa por dentro del pantalón.
―Es que de sentarme y levant
―Ya sabes que aunque la gente no te vea desde fuera hay que dar buena impresión. Además, a poco que te levantes y vayas detrás a buscar algún papel o a hacer alguna fotocopia seguro que te ven que la llevas por fuera.
―Es que me aprieta un poco ―y al colocarse la camisa por dentro del pantalón, brotaron de la espalda las dos alas como dos pechos desorientados.
―Ah no, no te queda muy bien así, no. Bueno. Mañana te vas al guardarropa y pides una camisa más grande, ¿estamos?
―Sí.
―Pero hazlo, mira que mañana estoy también, ¿eh? ―de nuevo aquella tristísima sonrisa angulosa que precipitaba los minúsculos ojos al espigón de cejas. ―Bueno, me voy que tienes gente. Dentro de un rato vuelvo y compruebo tu caja. Y no te olvides de ir a por la camisa. ¡Y cierra la puerta con llave!
―(veintitrés minutos todavía) Hola, buenas tardes.
―¿Oye, dónde están los servicios?
―(hola-buenas-tardes) ¿Los servicios…? (hola-buenas-tardes, qué difícil, ¿verdad?), los servicios están dentro del cine, según se entra a
―¡Ah ya, vale!
Cada viernes Rosa veía el mundo acercarse, dudar, alejarse, preguntar, marcharse, equivocarse, apresurarse como un suave oleaje que bañaba su propia playa. Rosa veía en cada persona que pasaba por delante de su taquilla una manera posible de decidir, de planear, de parecer, de ser, de vivir la vida. Algunas visitas le dejaban un sabor de posibles trayectorias, de lazos imaginarios y de hipotéticos presentes con los que comparaba los suyos propios. Los inesperados momentos de intimidad ― café y pausa, sol entre bastidores ― y los almuerzos con los compañeros ― risas, insólita complicidad y anécdotas ― se alternaban con espacios infinitos en los que el tiempo de Rosa no guardaba relación con el de los otros, que avanzaba y retrocedía cruel y sin medida. Era entonces cuando se hacía dolorosas preguntas, cuando las certidumbres de la mañana o del día anterior perdían su aliento y su inercia, cuando de las zanahorias que ella mismo se había tendido a lo largo de la semana no quedaban más que los tallos y el palo del que habían colgado, cuando la marejada de gente reflejaba su frustración, sus libros y revistas anunciaban la enorme distancia hasta el ideal soñado más próximo y cuando su trayectoria, su presente y su futuro se le presentaban como el asiento trasero de un tres puertas, como un ascensor parado entre dos plantas, como una escalera de caracol sin principio ni fin.
―Rosa, ¿no te he dicho ya dos veces hoy que cierres la puerta? ―la sonrisa escalena de la jefa debía de haberse quedado por alguna de las gradas del restaurante espectáculo, capaz de albergar a mil doscientos comensales espectadores.
―Sí, es que ha venido
―¿Y no me has oído llamarte por radio? ―la mujer no perdía un minuto en mirar a Rosa a los ojos.
―No, es que
―Pues te he llamado varias veces. De verdad que esa camisa es un horror. Te quiero ver mañana con una más grande. Una talla más grande, por lo menos. A ver tu caja, ¿pero todavía no la has hecho? ¿Y a qué estás esperando? ¿No te estás siempre quejando de que eres la que vive más lejos y de todos los trenes que tienes que coger para venir aquí? Eso sí, para preguntarme si te puedes marchar quince minutos más temprano eres muy rápida ―y de nuevo el triángulo peripatético, náufrago en la inmensidad oval, oceánica, facial―. ¡Hombre, hoy sí que te cuadra! ¡Por lo menos una cosa buena! Bueno, pues ve a cambiarte, y si hay alguien en el guardarropa, coge la camisa ahora mismo, no esperes a mañana. ¿Has visto las cifras para mañana?
―Sí, han llamado antes de
―Completos para los dos espectáculos y para el segundo hay varios grupos, así que estaré con vosotros a la entrada. ¡Bueno, anda, vete a cambiarte!
Hacia las once menos cuarto del viernes seis de octubre el tren de Rosa ― instalarse al abrigo de un vagón tranquilo, estirar las piernas sobre el asiento de enfrente y jugar al escondite con la luna por túneles y cambios de rasante antes de desaparecer en el vientre de la ciudad ― llegó a la Estación Central de la ciudad. Al salir de las profundidades del andén subterráneo, Rosa descubrió una estación prácticamente deshabitada en la que sólo quedaban borrachos dialogando con su delirio. En la impenetrable oscuridad del exterior, un concierto de sirenas empapelaba pasajes, avenidas y bulevares con su mensaje histérico. No había pájaros en el cielo, ni luna, ni gente en la calle. Hacía frío durante aquellas noches de otoño. Rosa se vio a sí misma saliendo del colegio una dorada tarde de otoño, años antes. Descender la larguísima rampa de azulejos flanqueada de palmeras desde la gigantesca puerta principal de madera hacia una de las tres verjas a lo largo del muro de ladrillos a la entrada, coger impulso con una carrera suave de pequeños saltos, cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más tiempo, hasta no depender del suelo, burlar la gravedad, sentir la caricia del aire, escucharle susurrar mensajes al oído y ver el mundo como un secreto frágil y coherente. Rosa volaba. Con la espalda proyectada al suelo, pedaleando con las piernas, abiertas a posibles correos de esperma vegetal, llegados tal vez desde miles de kilómetros. Con su vuelo errático y poco elegante, como el de una bolsa arrastrada por las corrientes de aire, Rosa sobrevoló en línea recta la ciudad desde la Estación Central hasta la ventana cerrada del balcón de su habitación, al noroeste de la ciudad.