<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss'><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203</id><updated>2009-02-21T03:45:08.713+01:00</updated><title type='text'>El asesino de las mareas</title><subtitle type='html'>Esta historia vive en mi cabeza desde hace seis años. Aunque todavía no tiene fin, el miedo a que otros intenten contarla me ha hecho decidirme a publicarla. El formato blog parece el más oportuno por su sencillez y por permitir opinar a posibles lectores. Cada nuevo capítulo precederá al anterior, así pues habrá que leer del último al primer mensaje, si se quiere respetar mi orden. Habrá un capítulo por mes, con la esperanza de tener así tiempo para terminar.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>12</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-116127935008744429</id><published>2006-10-19T19:35:00.000+02:00</published><updated>2006-10-19T19:35:50.096+02:00</updated><title type='text'>Tercera parte. Miércoles, veinticinco de octubre de dos mil seis</title><content type='html'>–¿Y bien…? – mirando por la ventana sin ver nada en particular, de espaldas a su mesa y con las manos crispadas a la espalda, don Arturo seguía sin dar con el tono de cólera adecuado que mantuviera su decepción casi paternal lejos de la perspicacia de su cabizbajo interlocutor.&lt;br /&gt;–¿No se le ocurre nada que decir, o prefiere esperar callado a que le deje marchar?&lt;br /&gt;–Don Arturo… Yo pensé que mi llamada, que mi mensaje…&lt;br /&gt;–¿Un mensaje que llega cuando el mal ya está hecho?&lt;br /&gt;–Pero Claudio me dio su visto bueno, hablé con él por teléfono…&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, ¿desde cuándo es responsabilidad del señor Lozano tomar decisiones?&lt;br /&gt;–Bueno, usted dijo que en su ausencia…&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, el señor Lozano no sabía de su misión más que lo que usted me presentó a mí, es decir, lo que por mí pudo saber. En ningún caso estaba en su mano prever semejante calamitoso desenlace. Dejémosle fuera de esta conversación.&lt;br /&gt;Publio Nihilo levantó la cabeza y miró por el hueco libre de la ventana. El otoño había dispuesto a su gusto la ciudad, sembrando por las calles fugaces tornados en miniatura con los que interrumpir el reposo de hojas de periódico obsoletas. Una bolsa catapultada a las alturas por sorpresa devolvió a la memoria de Publio Nihilo una visión reciente con cadencia de medusa. El rostro de Publio Nihilo brillaba sigilosamente a mil leguas de aquel despacho y de la gravedad de sus descompasados reproches. Don Arturo Párvulo posó las manos sobre su escritorio, descargó contra su sofá toda su vejez y la habitación se estremeció en torno a su decepción.&lt;br /&gt;–Señor Nihilo… Creo que me he equivocado con usted. Aunque, ¿quién sabe?, quizás no todo sea para mal…&lt;br /&gt;Más allá del espectro de la ventana, la errática bolsa hizo encallar a Publio Nihilo en la mirada húmeda de don Arturo, en sus palabras hemofílicas.&lt;br /&gt;–¿Don Arturo…?&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, soy suficientemente viejo para permitirme cometer el error de dirigirme a usted como lo podría hacer su padre&lt;br /&gt;–(conoció a mi padre…) Don Arturo, usted, ¿conoció a mi padre…? (papá)&lt;br /&gt;–No, señor Nihilo, no tuve el placer de conocer a su padre, pero no me cabe duda de que debió de ser un hombre ejemplar.&lt;br /&gt;–(cuando subíamos a la terraza a contar estrellas…)&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, ha cometido usted, en repetidas ocasiones a lo largo de sus últimos cometidos, graves irregularidades cuya redundancia debo prevenir. Quiero asegurarme de que comprende los principios por los que se rige Gesto y querría para ello que usted mismo me los explique.&lt;br /&gt;–Don Arturo, no sé si le entiendo…&lt;br /&gt;–Quiero que me explique, señor Nihilo, cómo concibe usted su papel en el seno de Gesto y quiero que me explique cuál cree que es, a su entender, nuestro cometido.&lt;br /&gt;Publio Nihilo se sintió recorrido por ráfagas de algo viejo y abandonado. Un arañazo lento de obligación, de camino forzoso, de cuesta arriba ahogada y sin interés donde las palabas resultaban vehículos inadecuados.&lt;br /&gt;–Don Arturo, no sé qué decirle, no sé si yo…&lt;br /&gt;–Explíquese con sus propias palabras, diga las cosas tal y como las siente, tan sólo busco comprenderle, conocer sus ideas.&lt;br /&gt;El propio ser se le empezaba a escapar a Publio Nihilo por entre los labios. Transmitir las propias ideas al otro, ponerse en sus manos, desnudarse frente a él. Como salido de un viejo alambique, el aliento de Publio Nihilo brotaba destilado de su propia esencia.&lt;br /&gt;–Bueno, don Arturo… Yo creo… Que Gesto es… Como una especie de… administrador.&lt;br /&gt;–¿Un administrador? Explíquese.&lt;br /&gt;–Sí, un administrador. Gesto administra las expectativas de la gente. De toda… La gente… Todo el mundo acepta los cambios, la evolución. Todos aceptan, todos esperan que las cosas mejoren.&lt;br /&gt;De la cabeza a los labios, un raro estado de embriaguez lubricaba el discurso de Publio Nihilo, acelerando la metabolización de ideas en palabras, arrancándolas de su garganta como sables de fakir.&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, me temo que, aunque me esfuerzo, no alcanzo a comprenderle– don Arturo asistía fascinado al frenesí creciente de un Publio Nihilo crecido cuyas manos empezaban, en anacrusa, a acompañar el ritmo asincopado de sus palabras entrecortadas.&lt;br /&gt;–Las cosas se desarrollan, siempre, continuamente… Y la gente lo acepta, la gente acepta el desarrollo, el ir a más, siempre ir a más… Y para eso, la gente necesita distancia. La gente necesita distancia y equilibrio, entre lo normal… Y lo que no es normal. Entre lo familiar y lo extraño, las cosas que no tienen explicación, las cosas de las la gente habla para llenar el tiempo. Y esas cosas de las que la gente habla, son nuestras misiones. Yo creo que lo que hacemos sirve para distraer a la gente, para que tengan algo de que hablar, para que puedan compararse… Y puedan seguir pensando que son normales.&lt;br /&gt;–Y según su extravagante planteamiento, ¿cuál sería la actitud de un agente ejemplar? ¿Cómo debería ser su comportamiento?&lt;br /&gt;–Creo que eso no tiene importancia. Lo único importante es que nuestras misiones lleguen a la gente… Que la gente se entere.&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, no cuestiono la eficacia de sus trabajos, lo que cuestiono son sus maneras. ¿Ha leído usted los periódicos?&lt;br /&gt;–(esta noche ordeno las revistas antiguas y me pongo con ellas)&lt;br /&gt;–“Asesinato”, “crimen”, “acto homicida”, “barbarie”, en estos términos describen sus acciones, y en primera plana, auténtica materia prima para la prensa sensacionalista. Señor Nihilo, nuestras acciones no deberían ser objeto de ninguna portada; sucesos, si se le antoja, sociedad, idealmente, pero no primeras páginas. El individuo de la luna no debía morir delante de toda una plaza.&lt;br /&gt;Exhausto, Publio Nihilo volvió la mirada al descanso de la ventana, esperando que una nueva bolsa preñada de aire rompiera cerca del marco.&lt;br /&gt;–¿Qué ha pasado con la luna?&lt;br /&gt;–No es asunto nuestro. Señor Nihilo, no somos asesinos. El sadismo no forma parte de nuestra profesión, aunque en ocasiones, lamentablemente, pueda parecer lo contrario. ¿Me comprende, señor Nihilo?&lt;br /&gt;–(hasta que no la encuentren…)&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, cuando Gesto empezó&lt;br /&gt;–¿Me va a contar una historia?&lt;br /&gt;–¿Perdón?&lt;br /&gt;–¿Va usted a contarme una historia…?&lt;br /&gt;–No, señor Nihilo.&lt;br /&gt;–Perdone, don Arturo.&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, Gesto existe desde muchos, muchos años antes de su incorporación. Los objetivos han sido siempre los mismos y sólo los métodos han ido evolucionando con el tiempo. Por esa razón dije en su día al señor Lozano que tal vez fuera hora de considerar las cosas desde otra perspectiva, teniéndole precisamente a usted y a sus nuevas ideas en mente. Y por eso le digo ahora que tal vez me haya equivocado. Jamás ha habido asesinos entre nosotros, señor Nihilo, porque la labor de Gesto va por otros derroteros bien distintos. Y jamás hemos contado entre nuestros empleados con uno solo que disfrutara de la supuesta carga morbosa de su actividad, más allá de las puras satisfacciones que, como de cualquier otra actividad profesional, se derivan de la nuestra. Pues bien, este principio, básico para el buen hacer de cualquiera de nuestros agentes, no parece estar bien definido en usted, a juzgar por sus métodos. Por eso he creído conveniente retirarle del servicio durante un periodo indefinido.&lt;br /&gt;–Don Arturo, todo esto, ¿tiene algo que ver con lo que dijo Claudio de que me iban a meter en la cárcel?&lt;br /&gt;–Señor Nihilo, esta decisión tiene que ver conmigo, con mi jucio y con el análisis que yo mismo me he hecho de su trabajo. Estoy razonablemente seguro de que no es usted un asesino, pero sus maneras le hacen parecerlo de vez en cuando. Es cierto que sus ideas son a menudo brillantes, pero necesita usted pulir algunos detalles para llegar a ser un gran agente. Tenga.&lt;br /&gt;De su escritorio, don Arturo extrajo un sobre que posó sobre la mesa, de cara a Publio Nihilo.&lt;br /&gt;– La fecha, la hora de la cita, la dirección, la persona a la que debe dirigirse, todos los detalles están dentro.&lt;br /&gt;Dispuesto en la esquina superior derecha un membrete azul: un eje de abcisas inclinado cuarenta y cinco grados, atravesado por una media luna alrededor de la que podía leerse Heterónimos Anónimos. Publio Nihilo cerró tras de sí la puerta del despacho de don Arturo con la mirada enredada entre aquellas dos palabras.&lt;br /&gt;–Vaya, Publio, cualquiera diría que ya tienes quien te escriba a la cárcel– por encima de la pantalla de su ordenador, Claudio Lozano siguió a Publio Nihilo hasta el recibidor, por cuya puerta desapareció tan silencioso como cada día.&lt;br /&gt;Publio Nihilo avanzaba sin carta de navegación por los mares de la ciudad, haciendo escala arbitraria en semáforos y sorteando arrecifes de coches, mirando de vez en cuando al cielo con la esperanza de encontrar en mitad de aquella tarde cualquiera de otoño avanzado algo que le anunciara el camino.&lt;br /&gt;–(no somos asesinos, no soy un asesino, jacinta y el de la luna y don patricio)&lt;br /&gt;Atracado al borde de una acera, a la espera de que el hombrecillo verde del semáforo abriera la exclusa que le devolviera a las aguas de su propio naufragio, un estúpido perfil le rebasó por la derecha: el perfil de alguien que se encontraba a gusto, tanto, que dolía solo de mirarle.&lt;br /&gt;–(dice don arturo que no soy un asesino, pero jacinta y el de la luna y don patricio, yo nunca había pensado que pudiera parecer un asesino papá, don arturo dice que no soy un asesino pero que lo parezco)&lt;br /&gt;Escurriéndose tras el cogote y la espalda, el perfil desapareció aventuró por entre los coches atrapados en el magma circulatorio de aquella tarde cualquiera de otoño avanzado. Publio Nihilo sintió contraérsele los dedos de los pies, hinchársele los muslos y arqueársele la espalda levemente desencadenando un aviso creciente que había de romperle en la garganta en forma de grito.&lt;br /&gt;–(don arturo dice que no somos asesinos, jacinta, el de la luna, don patricio y los demás)&lt;br /&gt;Ahogando la crecida, Publio Nihilo tan sólo se despegó los labios perezosamente, provocando un débil crepitar que coincidió con la caída, despedido por el estallido de la luna de un coche, tras rodar desde el capó que le había arrancado del suelo, de un cuerpo cuya cara, estúpida y rota contra el asfalto, Publio Nihilo no había perdido de vista ni un solo instante.&lt;br /&gt;–(y todos los demás)&lt;br /&gt;Publio Nihilo se encontró perdido en una amplia calle. Buscó en torno a sí algún detalle que le permitiera reconocer su posición: paradas de autobús de líneas fantasma, escaparates, una torre con reloj, almendros a ambos lados de la calzada y una gran bandera al fondo, donde la porción de ciudad parecía converger en un punto. Por encima del hombro derecho, Publio Nihilo alcanzó a leer en una placa Avenida del zz, como el remite del sobre que don Arturo le había entregado. Veintisiete números más allá dirección al punto por el que se derramaba la calle, en el 79, Publio Nihilo se detuvo ante un viejo portal en el que lucía la placa gastada de Heterónimos Anónimos. Sobre el escalón, en equilibrio sobre sus cuartos traseros, un gato gris y marrón interrumpió su aseo ante los ojos negros de Publio Nihilo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-116127935008744429?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/116127935008744429/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=116127935008744429&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/116127935008744429'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/116127935008744429'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/10/tercera-parte-mircoles-veinticinco-de_19.html' title='Tercera parte. Miércoles, veinticinco de octubre de dos mil seis'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-116127909480542260</id><published>2006-10-19T19:31:00.001+02:00</published><updated>2006-10-20T03:16:59.596+02:00</updated><title type='text'>Segunda Parte. Cuarto capítulo</title><content type='html'>―(a veces cuando estoy en casa escucho a los vecinos de arriba ir de una habitación a otra, escucho los pasos y me acuerdo de ti, me acuerdo de cuando era pequeño y oía la puerta abrirse y había un momento de no saber quién era y luego, al oír los pasos sabía que eras tú, podría reconocer tus pasos en cualquier lugar, incluso ahora, un paso corto, un paso largo, un paso corto, un paso largo, ta-tac, ta-tac, ta-tac, como si te diera miedo usar un pie, a veces cuando escucho gente bajar por las escaleras del bloque pienso que la puerta del piso se va a abrir y que voy a oír tus pasos, incluso cuando corrías, bueno, tú no eras muy corredor, hacías ta-tac, ta-tac, ta-tac, sólo que más rápido, ta-tacta-ta-tacta-ta-tacta, línea uno, amarilla, línea tres, verde, línea dos, línea dos, línea dos, línea dos, azul, comprendo que no te gustara la ciudad, lo comprendo, ya lo sé, demasiadas caras, caras por todas partes, sin mirar, están ahí y ya está, línea dos, dirección norte, término estación ciudad nueva, siempre con prisas, siempre corriendo, y tú que no eras muy corredor, ¿verdad?, ta-tacta-ta-tacta-ta-tacta, supongo que no, supongo que no te gustaría la ciudad, hay gente que grita por la calle, o por las estaciones, y la gente mira, las caras miran, entonces sí que miran, como esperando más gritos, se quedan mirando, ¿y qué pensarán?, a lo mejor se comparan, a lo mejor piensan que como ellos no gritan pueden mirar, a lo mejor piensan que qué pena, que pobre gente, venga a gritar, dos minutos, bueno, dos minutos, yo creo que los túneles sí te gustarían, yo creo que ver salir el tren del túnel sí te gustaría, a ti te gustaban esas cosas, eras muy curioso, como cuando le preguntabas cosas por la calle a gente que no conocías, eso aquí es muy raro, aquí las mujeres casi no miran a los niños de otras mujeres, no les hacen caricias, no les preguntan cosas, yo no lo he visto, un minuto, lo primero que se ve son los dos faros en medio de la oscuridad y luego pasa el tren y te empuja el aire, yo creo que te gustaría verlo, ya llega, los dos faros, los dos faros, eso, los dos faros, y el aire que te empuja, los de dentro salen y los de fuera entran, fuera-fuera-fuera-fuera, y dentro, la barra está caliente, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve ciudad nueva, había pensado visitar todas las estaciones de todas las líneas para hacerles una foto, ¿cuánto tardaría en recorrer todas las estaciones?, qué idea más rara, ¿verdad?, en la ciudad hay cantidad de ideas raras, seguro que ya se le ha ocurrido a alguien hacer una foto de cada estación, seguro que hay un museo, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, bueno ocho, va demasiado rápido éste, yo me gano así la vida, con ideas raras, mi trabajo consiste en tener ideas raras, en tener ideas que nadie ha tenido, o igual sí, igual sí que las ha tenido ya alguien antes, siete todavía, ¿yo tenía ideas raras de pequeño, papá?, me acuerdo que cuando era pequeño pensaba que había un coche que era el primero, yo veía filas de coches en la calle, pero pensaba que había uno que iba por delante de todos los demás, pensaba que las, ah, qué pasa, ah, ¿por qué se para?, yo pensaba que por la noche, ah, seis, yo pensaba que por la noche los coches no salían, que se quedaban encerrados en alguna parte y que luego los dejaban salir por la mañana y que había uno que salía antes que los demás y que era el primero y que todos los demás estaban detrás de él, una idea rara que tenía cuando era pequeño, ¿tú tenías ideas raras, papá?, yo a veces no comprendía algunas cosas que hacías, pero no sé si eso eran ideas raras, una vez que no quise beberme la leche rompiste el vaso contra la pared, yo no tuve miedo, ni me enfadé, pero no comprendí por qué hiciste aquello, a lo mejor aquello fue una idea rara que tú tuviste, ah, un, dos, tres, cuatro, sólo cuatro, ¿sólo cuatro?, pues no me he dado cuenta, pues no me he dado cuenta, esta noche tengo que ponerme, volver a mirar las revistas antiguas, esta noche ordeno las revistas antiguas y me pongo con ellas, me pongo sobre la mesa y las empiezo a ordenar, las pongo sobre la mesa que trabajaré mejor y así no me quedo dormido, aunque me cueste, aunque no pueda ver la luna por, ah, eso sí que no va a poder ser, hasta que no la encuentren no hay nada que hacer, le tengo que preguntar a don arturo, tres, esta noche me pongo, entonces, parece que no vive mucha gente por aquí, a esta hora todos van al centro, ¿cómo hago para no olvidarme de preguntar a don arturo?, ¿tú cómo hacías para acordarte de las cosas, papá?, tampoco tenías muy buena memoria, de todas maneras, sólo para algunas cosas, dos, dos, pero bueno, disimulabas bien, disimulabas muy bien, y eras capaz de convencerme de cosas, una vez quise quedarme contigo a escuchar la radio de noche, no sé si te acordarás, tú escuchabas debates por la radio, yo tenía una pila de papel que tú me habías dado y un lápiz y quería quedarme contigo escuchando la radio, ¿te acuerdas?, ah, una más, ¿eh, papá, te acuerdas?, pues al final sí que me dormí y tú te quedarías allí solo escuchando la radio, ¿por qué no querías que me quedara contigo?, yo sólo quería saber qué hacías allí solo tanto tiempo, ¿y sabes que ahora a mí también me gusta estar solo?, ya ves, ah, otra vez nos paramos, ah, ya estamos, vaya si hay gente, a esta hora van todos a la ciudad, los de dentro fuera y los de fuera dentro, fuera-fuera-fuera, ¿y el mapa?, el mapa, el mapa, recto, un, dos, tres, derecha, recto, recto, un, dos, tres, derecha, recto, qué barbaridad, cuánta gente, salida, salida, salida, salida, qué barbaridad, cuánta gente, vaya si huele mal, caras y más caras, caras por todas partes, escalera, qué barbaridad, sólo entra gente, pues nada, hay que salir, perdón, perdón, perdón, a lo mejor poniéndome a un lado, ah) Uf, perdón (perdón, ¿se levanta o no?)&lt;br /&gt;―¿Está usted bien, señorita?&lt;br /&gt;―(bueno, perdón, perdón, perdón, ¿por aquí es?, sí, por aquí es, te metes por un agujero, sales por otro y todo ha cambiado, yo creo que eso tampoco te gustaría, yo me he acostumbrado, pero a ti no te gustaría, luego juntas todos los trozos de ciudad que has visto y los ordenas como si fuera un puzle y al final sí que tiene sentido, pero lleva tiempo, recto, un, dos, tres, derecha, recto, recto, un, dos, tres, derecha, recto, vale, pues recto, por aquí, ¿tú no eras muy paciente, verdad que no, papá?, yo creo que no, no mucho, no demasiado, no más que yo, ¿no?, si hubieras sido paciente no te habría importado que me quedara contigo a escuchar la radio, a mí ahora también me gusta estar solo, ¿sabes?, me gusta, me gusta, esta parte es más reciente, los edificios son más altos, ¿y yo soy paciente?, yo creo que sí, ¿no?, no lo sé, tampoco tengo a quién preguntar, yo creo que don arturo piensa que sí soy paciente, no lo sé, ¿derecha?, ¿derecha?, derecha, sí, ¿sabes lo que hacía yo por las noches?, me quedaba sentado en la cama mirando por la ventana, la ventana abierta y las piernas cruzadas, ¿y tú qué hacías allí solo escuchando la radio?, ah, rojo, venga, ah, ¿voy?, no, no, no, venga, ah, verde, voy, yo intentaba imaginar lo que harías allí tan solo, se parece un poco a mi barrio, los edificios altos y las calles pequeñas, sin grandes avenidas, el suelo es distinto, y las papeleras son de otro color, es tranquilo también, ¿tres?, sí, tres, por aquí, derecha y recto, a ver, don patricio, a ver qué me cuenta don patricio, poca cosa, me temo, número siete, ¿número siete?, sí, número siete)&lt;br /&gt;―¡Quién!&lt;br /&gt;―¿Don Patricio Perkins?&lt;br /&gt;―¡Quién es!&lt;br /&gt;―Eh… el cartero&lt;br /&gt;―¿Otra vez…?&lt;br /&gt;―Eh… Sí, es que me tiene que firmar usted una cosa.&lt;br /&gt;―¿Qué cosa?&lt;br /&gt;―Eh… un… acuse de recibo…&lt;br /&gt;―¿Un acuse de recibo de quién?&lt;br /&gt;―De… eh… pues, parece… algo de venta por correspondencia…&lt;br /&gt;―¡Hombre! ¡Por fin! ¡Ya era hora! Ande, suba que le abro. El tercero, ¿eh?, no se vaya a ir usted donde no es y me tenga esperando otras tantas semanas, ¿me oye?, ¿eh?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1834, Jacobo Perkins patentó una máquina para refrigerar a base de vapor comprimido mediante éter. A finales del siglo XIX su creación quedó obsoleta, superada por diseños más eficaces que empleaban gases como el amoníaco, el cloruro de metilo y el dióxido de azufre. A sus setenta y tres años, su tataranieto Patricio Perkins vivía solo en un barrio próximo del término norte de la línea dos del tren metropolitano, ignorante de tan lejana gloria familiar.&lt;br /&gt;Patricio Perkins había disfrutado sus años de juventud explotando con gran imaginación el encanto de su exótico apellido, gastado sus energías de hombre adulto negando todo posible parentesco con estrellas del cine y tenido tímidos escarceos desde su jubilación con la posibilidad de remontar hasta sus propios orígenes, que esperaba llegar a descubrir antes de morir ― en algún momento entre el lunes dieciséis y el martes diecisiete de octubre de dos mil dos, a manos de un Publio Nihilo perfectamente documentado sobre la genealogía de su septuagenaria víctima.&lt;br /&gt;¡Paf! ¡Crac! Publio Nihilo abrió los ojos y levantó la cabeza extrañado. Escudriñó unos instantes las cuatro paredes sin ventana que le rodeaban, incapaz de asociarlas con nada. De la puerta entornada frente a sí colgaban tres batas viejas de gran talla. Se incorporó sobre la silla y notó un largo escalofrío que le recorrió toda la espalda. Se limpió con índice y pulgar la baba de las comisuras, se estiró y se notó crujir las cervicales, totalmente rígidas. Miró a un escritorio cubierto de hojas de papel garabateadas a su derecha y a una cama deshecha a su izquierda. Se levantó y volvió a estirarse, un libro se le cayó del regazo ― Heráldica y Geneaología Fácil. Lo recogío y lo ordenó en un hueco de la biblioteca a su espalda. Una corriente fría merodeaba por el piso. Anduvo hasta las batas, descolgó una y se la probó. Olía a galleta y los bolsillos estaban llenos de migas y broza. Abrió la puerta a un largo pasillo bien iluminado. Miró instintivamente a la izquierda, a la puerta abierta de un cuatro de baño blanco y muy luminoso. Miró a la derecha, a la cocina, donde cesó de pronto un finísimo ruido de arañazo. Una diminuta cabeza se asomó por el marco de la puerta, apenas a quince centímetros del suelo. Publio Nihilo se anudó la bata y anduvo hacia la cocina donde todo volvió a cobrar sentido.&lt;br /&gt;Botellas, bolsas, botes de cristal, envases de plástico y productos frescos cubrían la superficie de una gran mesa redonda. En el suelo, el contenido de algunos envases mordisqueados se había derramado yendo a parar debajo del horno, del frigorífico y de los muebles. Algunos envases de cristal también se habían caído de la mesa, rompiéndose en cientos de pedazos que habían tapizado el suelo de color rojo, blanco y amarillo. Volviéndose hacia Publio Nihilo a intervalos más o menos regulares y casi sin poder dar abasto ante tantos estímulos, un minúsculo perro rescató de debajo del frigorífico un tapón cuyos restos comenzó a lamer con aparente delectación tras haber conseguido darle la vuelta con una pata. Conmovido y profundamente distraído antes la escena, Publio Nihilo miró en dirección al frigorífico, asintió y cruzó con media sonrisa el pasillo hasta el cuarto de baño, donde se encerró con pestillo.&lt;br /&gt;Una llave se dejó sentir deslizarse dentro de la cerradura al otro lado de la puerta principal y el recto de Publio Nihilo se sobrecogió súbitamente dentro del cuarto de baño.&lt;br /&gt;―¡Don Patricio, soy yo! ―una voz de mujer restañó por toda la casa. El perro acudió a la entrada, a su encuentro.&lt;br /&gt;―¡Ay!, ¡Ay, ay, ay, aaaay! ¡Lo más bonito! ¿Qué haces, eh? ¿Qué haces, tú, ehhhhh? ―el perro movía la cola frenéticamente, dejándose acariciar con deleite detrás de las orejas y lamiendo la boca y la nariz de la mujer.&lt;br /&gt;―¿Qué tienes ahí, eh? ¿Qué tienes en la boca, eh? Ya has estado comiendo lo que no debes, ¿no? ¡Don Patricio, ya estoy aquí! ¿Está usted en casa?&lt;br /&gt;En el cuarto de baño, sin siquiera una idea aproximada de cómo proceder, Publio Nihilo accionó mecánicamente la cisterna para ganar tiempo. Un sudor frío comenzaba a dejarse sentir brotar por las extremidades superiores bajo la bata, donde corazón y pulmones parecían flotar a la deriva de una sustancia helada y abrasiva. La cabeza pareció querer desprendérsele del resto del cuerpo, henchida de algún tipo de gas más ligero que el aire, sinónimo de desorden, culpa y catástrofe.&lt;br /&gt;—¡Fuera de aquí!&lt;br /&gt;—¡Don Patricio! ¡Don Patricio qué hace!&lt;br /&gt;—¡Vete! Fuera de aquí! ¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!&lt;br /&gt;—¡Mire que me voy, don Patricio! ¡Pero qué hace usted! ¡Don Patricio, por favor! ¡Guarde éso, don Patricio! ¡No me lo acerque! ¡Qué esta haciendo! ¡Por favor, don Patricio! ¡El suelo, don Patricio! ¡A mí no! ¡¡Socorro!!&lt;br /&gt;Si la mujer se habría apercibido de aquellas jóvenes manos, si aquel miembro le habría parecido demasiado vigoroso para un hombre de tanta edad, si la voz impostada habría resultado o no creíble eran interrogantes sobre los que don Patricio poco tenía que decir tras veintisiente horas de reclusión dentro de su propio frigorífico. Publio Nihilo retiró las dos bombonas de butano que lo apuntalaban, cortó las tiras de celo que daban la vuelta al electrodoméstico y tiró de la puerta con cuidado.&lt;br /&gt;—Don Patricio, está usted muerto. Desde luego que vaya manera más poco elegante de morir, dirá usted ―don Patricio ocupaba un espacio blanco y helado en el que estanterías, cajones y puertas habían sido desmantelados. Los ojos ocultos tras una fina capa de hielo que los volvía de un mortecino color gris vidrioso, una cierta expresión de angustia descompuesta en el rostro, pequeñas estalagtitas, mezcla de escarcha y de mucosidades, que brotaban de la nariz y una piel azulada y tensa. Publio Nihilo arrancó el cadáver de suelo y paredes, adherido causa de la congelación, y lo trasladó por el pasillo hasta el salón dejando un rastro de hielo y escarcha que el perro acudió a olisquear. Como pudo lo instaló en el balcón, dibujando sobre una butaca una postura a medio camino entre la oración y el infarto de miocardio, de cara a una pequeña plaza todavía vacía.&lt;br /&gt; ―Desde aquí tenía que ver usted la luna de maravilla ―Publio Nihilo apoyó las manos contra la barandilla y contempló el azul clarísimo del cielo de la mañana― Mire, don Patricio, no se ofenda, pero le voy a decir una cosa de corazón: esos libros que compra usted por catálogo de verdad que se le caen a uno de las manos ―en ese momento, el perro salió al balcón y comenzó a lamer el témpano de don Patricio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la penumbra anaranjada del callejón, Nero Cayo Mesino pensó en el remoto consejo recibido noches atrás ― “cuidado con los ojos negros” ― antes de doblar la esquina tras la figura de ojos negros. De vuelta a la Gran Avenida, un cruce de caminos en cuyo suelo una brecha abierta escupía una intensa columna de luz blanca. Nero Cayo Mesino se protegió los ojos con una mano mientras seguía a la figura de ojos negros en medio de una marea de espectros que le arrastró hacia las profundidades por estrechas cavidades brillantes, entre murmullos atronadores y corrientes de aire enloquecidas, a lo largo de un recorrido serpenteante que subía, bajaba y se retorcía hasta abrirse a un vasto espacio en cuya inmensidad estalló un grito atronador que apresuró el ritmo cadencioso de los vivos dentro de unos habitáculos translúcidos dispuestos en una larga fila a la derecha. Nero Cayo Mesino se cubrió ambas orejas con las manos e ingresó en el mismo habitáculo que la figura de ojos negros, justo a tiempo de escapar al mordisco de las puertas que se cerraron tras de sí, momento que que todo comenzó a oscilar con insoportable violencia.&lt;br /&gt;Nero Cayo Mesino intentaba mantenerse de pie en un extremo. El habitáculo translúcido interrumpía su estremecimiento a intervalos constantes, coincidiendo con la salida de las tinieblas a la luz de un nuevo espacio. En un momento de tregua, la figura de ojos negros procedió a la sala exterior acompañada de otras figuras que desaparecieron a ritmo constante y en orden por las cavidades abiertas en la pared. Un nuevo grito inundó el vacío. Nero Cayo Mesino se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre los vivos. Las puertas se le cerraron sobre el pecho. La intensidad del grito se hacía cada vez más insoportable. La presión de las puertas cedió un momento que Nero Cayo Mesino aprovechó para liberarse. Las puertas volvieron a cerrarse, el grito se consumió en seco y la hilera de habitáculos se zambulló de nuevo en las tinieblas. De pie a pocos metros, la figura de ojos negros trazaba líneas con un dedo sobre la blanquísima pared. Aquella figura era como el recuerdo de una playa con los colores cambiados. El espectro de luz flotaba envolviendo al vivo del interior, una gravitación que mecía el vacío en torno al cuerpo, como olas rompiendo en una orilla vagamente presentida. Aquella figura casi estática que ocupaba la soledad de la inmensa sala inspiraba en Nero Cayo Mesino una sensación de tranquilidad más allá del entorno de su corta memoria lineal.&lt;br /&gt;Nero Cayo Mesino la siguió a través de una serie de luminosas cavidades hasta una confluencia que, a lo lejos, conducía a una nueva brecha, en la que los vivos se apelmazaban formando dos corrientes inversas. La figura de ojos negros se dispuso a ganar, a contracorriente, el exterior de la brecha. Nero Cayo Mesino le seguía de cerca, transportado por la marea de vivos que desde la otra corriente empujaban hacia el exterior. Alguien, que cayó en la remontada, despertó algo en las tripas de Nero Cayo Mesino que, precipitado velocísimamente hasta la cabeza, liberó un genuino sabor a dolor ― pelo largo, fresco olor, piel suave, ojos sin fin y sonrisa envenenada.&lt;br /&gt;De nuevo en el exterior, la figura de ojos negros avanzó hasta una puerta donde conversó brevemente con una voz invisible antes de desaparecer, seguida de cerca por Nero Cayo Mesino, al interior.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-116127909480542260?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/116127909480542260/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=116127909480542260&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/116127909480542260'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/116127909480542260'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/10/segunda-parte-cuarto-captulo.html' title='Segunda Parte. Cuarto capítulo'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-116127898585177321</id><published>2006-10-19T19:28:00.000+02:00</published><updated>2006-10-19T19:29:45.870+02:00</updated><title type='text'>Segunda Parte. Tercer capítulo</title><content type='html'>Había pasado la noche despierta, viendo la lluvia caer a través de la ventana y maldiciendo cada uno de los pensamientos trágicos que cada uno de los minutos pasados le habían inspirado. Su madre roncaba en la habitación de al lado, la radio había permanecido encendida toda la noche. Ya no quedaban nubes, aunque la tormenta había sido larga. El velcro estelar se había despegado definitivamente, el cielo quedaba en manos del día, que pronto se llevaría a Venus de un firmamento convertido en sala de espera de astros y cuerpos celestes. Desde la otra habitación, la fanfarria de la radio anunció la hora en punto.&lt;br /&gt;Rosa espiaba los balcones del barrio desde el suyo, sentada en un taburete, con las manos sobre la barandilla y la barbilla sobre las manos, mordiéndose las paredes interiores de la boca para amortiguar el contacto entre los dientes. Los mismos personajes, las mismas rutinas, las mismas maneras de tomar conciencia del mundo de cada mañana ― crepitar de persianas, miradas furtivas tras las cortinas, figuras en bata aventurándose al exterior de los balcones. &lt;br /&gt;A lo lejos, los grandes edificios de oficinas del distrito este esperaban con sus infinitas superficies acristaladas la salida del sol para clonar su reflejo.&lt;br /&gt;Rosa se retiró de la barandilla y se dejó caer hacia atrás hasta tocar el marco de la puerta del balcón con la mitad de la espalda, manteniendo las alas plegadas, una a cada lado del marco, y el taburete en equilibrio sobre dos patas. Con ambos pulgares comenzó a darse un masaje pellizcándoselas suavemente a lo largo de las cejas y apretando entre ellas circularmente con índice y corazón. Los ojos le quemaban y acusaba la falta de sueño, presagios de un día de café y de reflejos embotados.&lt;br /&gt;Impulsándose con la espalda sobre el marco de la puerta y controlando la fuerza del empuje con la pelvis, Rosa se dejó caer hacia delante, devolviendo al taburete su tercera pata y eyectándose de pie frente al balcón. Con las manos sobre la barandilla, meciendo una curva praxiteliana con las caderas, Rosa cerró los ojos y se lavó la cara con el aire frío de la mañana. Miró hacia atrás por encima del hombro derecho, la luz del exterior venía ya con fuerza y el interior sombrío de su habitación suponía un esfuerzo para las pupilas. Buscó con la mirada el casco que su madre le había regalado ― sobre una estantería, algo extranjero. Suspiró y volvió la cara al frío de la mañana.&lt;br /&gt;―¿Qué haces despierta tan pronto? ―del interior de la habitación, la voz de la madre inundó las orejas de Rosa.&lt;br /&gt;―Hola. ¿Te he despertado?&lt;br /&gt;―No, no. ¿Cómo que estás ya despierta? ―la madre, a medio componer, apareció por la puerta del balcón.&lt;br /&gt;―Me han cambiado el turno. Hoy empiezo a las nueve y media.&lt;br /&gt;―¿Has desayunado?&lt;br /&gt;―No.&lt;br /&gt;―Anda, entra, que vas a coger frío.&lt;br /&gt;En la cocina, la radio hablaba del asesinato de una mujer ocurrido durante la noche. Rosa abría armarios y cajones e iba colocando la mesa para el desayuno mientras la madre calentaba el agua para el café.&lt;br /&gt;―Dos semanas más, ¿no? ―la madre echó un poco de agua sobre la pila y llenó la taza de Rosa, ya sentada en su silla.&lt;br /&gt;―Sí ―con la mirada perdida en la pila.&lt;br /&gt;―¿Y no te han dicho si te pueden renovar? ―la madre se llenó la taza, vertió el agua sobrante en el desagüe y colocó el cazo sobre la hornilla.&lt;br /&gt;―No, no me han dicho nada.&lt;br /&gt;―Pero podrías preguntarles, ¿no? ―buscando la mirada de Rosa.&lt;br /&gt;―Sí, mamá. Podría preguntarles. Pero no quiero ―encontrando los ojos de la madre.&lt;br /&gt;―Vaaaale ―la madre afirmó con la cabeza, entornando los ojos al tiempo y forzando una sonrisa de fastidio mientras se untaba la tostada de mantequilla.&lt;br /&gt;―No sé, ya encontraré algo ―de un largo trago, Rosa se terminó el café.&lt;br /&gt;―Vaaaale ―la madre afirmó con la cabeza entornando los ojos al tiempo y forzando otra sonrisa de fastidio mientras seguía untándose la tostada de mantequilla.&lt;br /&gt;―Bueno, voy a prepararme ―Rosa se levantó de la silla, enjuagó la taza y desapareció por el pasillo.&lt;br /&gt;―Vaaaale ―la madre terminó de untar la tostada, masticó el primer bocado y negó con la cabeza al tiempo que cerraba los ojos y forzaba un suspiro hueco a través del bolo alimenticio.&lt;br /&gt;Terminado el desayuno, la madre se sacó un sobre del bolsillo de la bata. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Miércoles, 11/10/06&lt;br /&gt;Hola familia, &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué tal estáis? Ya hace un tiempo que no hemos tenido noticias vuestras, espero que sigáis todos bien. Por aquí todo como siempre. El pequeño empezó a trabajar dando clases de inglés hace algunos meses y está bastante contento, aunque dice que le gustaría encontrar algo que le quede más cerca y que tenga mejores horarios. Es verdad que el pobre vuelve molido al final del día y a unas horas demenciales, pero bueno, hay que trabajar.&lt;br /&gt;Supongo que os enteraríais de la noticia. Es increíble la cantidad de locos que hay por el mundo. A ver qué vamos a hacer ahora sin luna. Vosotras no estáis lejos de la plaza donde fue a caer, ¿no? No sé si la fuimos a visitar alguna vez que estuvimos por allí. Por aquí la gente no ha hablado de otra cosa durante semanas.&lt;br /&gt;¿Has visto cómo está el niño? ¿Recibiste las fotos que te envié? Está hermosísimo, ¿verdad? La madre también está bien, ya mismo volverá al trabajo. ¿Y tú qué tal? Seguro que sigues tan guapa como siempre. ¿Y Rosa, a qué se dedica, sigue con el baile? ¿Qué vais a hacer para fin de año? ¿Tenéis pensado ir a alguna parte? Ya sabes que si queréis aquí tenéis vuestra casa, que aunque sea poca cosa ya nos apañaremos.&lt;br /&gt;Bueno cuidaos mucho las dos y escribid pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las calzadas se llenaron de interminables filas de vehículos liberados de su prisión nocturna. Rosa avanzó por la destartalada acera hasta la parada del autobús. Una señora esperaba sentada.&lt;br /&gt;―¿No te quieres sentar, hija?, mira que hay sitio para las dos ―las arrugas del labio superior parecían encajar con precisión milimétrica sobre los huecos de los dientes blancos, perfectos que asomaban de aquella sonrisa dulce.&lt;br /&gt;―No, gracias, señora.&lt;br /&gt;Rosa miró a su izquierda como queriendo forzar la casualidad, deseando hacerla coincidir con la llegada del autobús. Al volver otra vez la cabeza hacia la parada creyó adivinar en la anciana un gesto torpe y mal calculado, una mirada rezagada que iba a parar a su propia espalda y una sonrisa menos sincera, menos dulce que la anterior.&lt;br /&gt;―¿Tiene usted hora, por favor?&lt;br /&gt;―¿Eh, qué? ¡Sí, hija! A ver, eh… ¡Uy, que no veo! Eh… ¡Las ocho y cuarto van a dar! ¡Las ocho y cuarto son!&lt;br /&gt;―Gracias ―y Rosa decidió andar hasta el término norte de la línea dos del tren metropolitano, a apenas seis manzanas.&lt;br /&gt;Rosa avanzaba casi tan rápido como las filas de vehículos sin principio ni fin. El sol había desplegado ya toda su corona y brillaba nítidamente sobre un fondo azul claro brillantísimo, manchado sólo por el vuelo de algunos pájaros. La ciudad aparecía radiante, con la cara limpia y recién lavada por la tormenta de la noche anterior. Rosa se frotó los ojos, predijo a toda velocidad lo que el día podría dar de sí y se vio compartiendo las alturas al atardecer con los pocos vencejos rezagados que quedaban todavía en la ciudad. Una sonrisa silenciosa vino a retirarle de la cara la espesa capa que la cubría. Del interior de un coche que la rebasó lentamente, los compases de una música conocida la catapultaron a la euforia. A dos manzanas de la estación, el autobús la alcanzó. Desde dentro, la anciana de arrugas perfectas seguía a Rosa con la mirada, sentada del lado de la ventanilla. El buen humor de Rosa se enredó entre las líneas de la sonrisa lastimera de la anciana. Y desapareció con ella.&lt;br /&gt;La lluvia había dejado su rastro húmedo a la entrada de la estación Ciudad Nueva. Los repartidores de periódicos habían dejado el suyo de papel, que junto con el de la lluvia se apelmazaba contra las esquinas de los escalones y tapizaba la escalera, que a esas horas se convertía en hormiguero apresurado ― carreras, desayunos para llevar y conversaciones apuradas antes de desaparecer en el fondo de la tierra. Rosa comenzó a bajar lentamente ayudándose del pasamanos a su derecha. A mitad del descenso, alguien que intentaba subir las escaleras a contracorriente le hizo caer. &lt;br /&gt;―Uf, perdón&lt;br /&gt;Desde atrás, una voz de hombre sobre unos pasos decididos acudieron a ayudarla a incorporarse cogiéndola por debajo de los brazos.&lt;br /&gt;―¿Está usted bien, señorita?&lt;br /&gt;Al darse la vuelta Rosa descubrió un ceño fruncido, una mirada clavada en su espalda y una cierta expresión de desagrado. Rosa se apartó contra una esquina al pie de las escaleras, lejos de la corriente, donde se arregló la chaqueta, se sacudió el pantalón y gastó la cólera que empezaba a arderle detrás de las orejas antes de decidirse a continuar. Nueve estaciones dirección sur, un trasbordo en la estación central y cuatro estaciones dirección este en la línea C del cercanías más tarde, Rosa llegaría a tiempo para empezar su jornada de trabajo a las nueve y media.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-116127898585177321?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/116127898585177321/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=116127898585177321&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/116127898585177321'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/116127898585177321'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/10/segunda-parte-tercer-captulo.html' title='Segunda Parte. Tercer capítulo'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-115477888482889479</id><published>2006-08-05T13:52:00.000+02:00</published><updated>2006-08-17T01:40:52.970+02:00</updated><title type='text'>Segunda Parte. Dieciséis de octubre de dos mil seis. Capítulo dos</title><content type='html'>Sentado sobre un banco de la gran avenida, Nero Cayo Mesino seguía el avance de gigantescos frentes de intestinos gruesos que iban convergiendo en las alturas violeta y marrón. La luz roja de noches anteriores había sido sepultada por mares de tripa vaporosa y humeante que se rompían en torno a la línea del cielo. Por momentos, de entre los pliegues de la barrera de carne, una explosión sacudía las corrientes del viento, estrangulando sus larguísimas, finísimas, perfectísimas líneas paralelas en grotescas madejas sin orden y sin aliento. Los vivos huían sacudiendo su paso de marcha fúnebre mientras miraban hacia el cielo estreñido. Sus espectros luminosos encogían, pegándoseles a la piel y a la ropa. Casi ni luz en la calle, ni vida, ni campanas acuáticas, sólo un intenso olor a hierro y a azufre, un aire denso y un pegajoso sabor a tierra.&lt;br /&gt;Algo minúsculo, salido de las tripas, se hizo visible a los ojos de Nero Cayo Mesino. Una diminuta perla transparente caía sin precipitarse, arrastrada por la indecisión de las corrientes. Al deshacerse contra la acera levantó en torno a sí una pequeñísima barrera circular de la que se desgajaron decenas de nuevas perlas que levantaron con su propia caída nuevas barreras, nuevas perlas, barreras, perlas, cada vez más y más pequeñas, más y más numerosas. Pronto, la distancia de las tripas al suelo quedó cubierta por una cortina compacta difícil de traspasar con la mirada que sumió la ciudad en una brillante oscuridad de cristal en la que formas, distancias, perspectivas, tamaños, nada era lo que parecía. Las aceras y las carreteras parecían fundirse, disolverse inundadas por aquel flujo de esperma fracturado, lento y cadencioso que llenaba los oídos de Nero Cayo Mesino con una frecuencia de cuchillos.&lt;br /&gt;El mundo componía, a través del exhaustivo prisma, un rompecabezas miope dispuesto sobre infinitos niveles discontinuos en el que todo parecía formar parte de algo sin tener relación con nada. Capaz de rescatar ciertos recuerdos arrancados del olvido a fuerza de tripas chamuscadas e inspirado por el puzle en que se desmembraba aquella inaccesible realidad, Nero Cayo Mesino proyectó sobre el lienzo de sus párpados cerrados la memoria más lejana de que era capaz ― un espacio plagado de espectros luminosos y un cuerpo sin luz y sin calor hecho pedazos en el fondo de un enorme agujero.&lt;br /&gt;Cada perla le atravesaba la piel, la carne y los huesos, deshaciéndolos como si fueran papel, helándole por dentro, ahogando sus movimientos, durmiendo la voluntad de sus extremidades, inmovilizadas por olas de alquitrán, náufrago en una piscina de aceite. Dejándose caer al suelo, Nero Cayo Mesino rodó hasta el hueco bajo el banco.&lt;br /&gt;―Terrible esta lluvia, ¿verdad? ―sentado sobre las patas traseras, un gato color café se atusaba concienzudamente los bigotes con una de las patas delanteras. Nero Cayo Mesino se acurrucó a su lado, todavía víctima de algunas gotas que se colaban por entre las tablas del banco.&lt;br /&gt;―Parece que afloja ―el gato asomó con cuidado el hocico por debajo del banco y olió en derredor. Tras arquear la espalda y estirar la cola, miró fijamente a Nero Cayo Mesino, se le frotó contra la mano izquierda y desapareció apretando su paso de cuatro patas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se calmaron los cuchillos. El cielo,  liberado de su invasión, lucía un naranja claro de mañana. Las mareas de esperma habían menguado, no quedando más que regueros brillantes que se buscaban a ciegas calle abajo. Las tablas del banco se escurrían las últimas gotas de lluvia sobre Nero Cayo Mesino quien, mediante acto reflejo que le estremeció las tripas, extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y abierta, antes de decidirse a abandonar el abrigo bajo el banco. El olor a azufre persistía y el sabor a tierra era aún más intenso que antes. Las corrientes de aire, todavía frías y húmedas, negociaban poco a poco sus fronteras legítimas con la ayuda de algunas bandadas de pájaros. &lt;br /&gt;Con fríos alambres de espino atravesándole los huesos y la piel, Nero Cayo Mesino se puso de pie y marchó rumbo a una palidecida vía, donde tres figuras inmóviles, oscuras y sin rostro se apretaban en círculo sin proyectar más que una débil luz azul, casi imperceptible. Una tormenta de gritos estremeció el callejón con una cacofónica sacudida. Más allá yacía una figura opaca e inmóvil, de cuya cabeza brotaba una finísima corriente brillante que se evaporaba al contacto con el aire. Algo más al fondo, de una lejana brecha abierta sobre la pared derecha, sangraba un cañón de luz verde recortado por la silueta de dos figuras antagónicas engullidas por la pared. Cegado por la intensa luz, Nero Cayo Mesino se aproximó protegiéndose los ojos con una mano y tanteando el camino, hasta una puerta medio entornada a una habitación verde. Aroma a azúcar caliente recién derramada. Una finísima bruma polvorienta en el interior, tiñendo de oscuridad los reflejos de luz verde. Inmóvil, con la boca abierta y un mínimo haz de luz prácticamente apagado, una figura retorcida ocupaba la mitad de una larga superficie. Detrás, por un pequeño hueco en la pared se escapaba una columna vertical de luz blanca que hacía todo danzar en ondas paralelas y sincronizadas. Nero Cayo Mesino se acercó, la luz le inundó la humedad de los ojos y de la garganta con un aliento seco y abrasador. Por la puerta, de espaldas, una silueta entró con gran dificultad arrastrando un fardo opaco que colocó a la entrada. Cerró la puerta, giró sobre sí misma y un par de ojos negros inundaron la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* * *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco y veintisiete de la mañana. Párpados en huelga, hormigas en los ojos y estómago sin tregua. Silencio y esporádico olor a café en las escaleras del bloque. Aire frío y cielo sin colorear. Calles vacías, luces apagadas y charcos de camino a la estación. Relojes inquietos, vapor y bufandas a la entrada. Luces blancas, pasos y encomendaciones de corta frecuencia en el interior de la estación. Seis menos diez.&lt;br /&gt;lunes, dieciséis de octubre de dos mil seis, hola papá, ¿te acuerdas de cuando cogíamos el tren?, a veces, cuando empiezo a trabajar temprano y cojo el primer tren de la mañana me acuerdo, a mí entonces me parecía que el mundo nos pertenecía durante unas horas y que en todo el planeta no podía haber nadie más despierto y que por eso teníamos que hablar tan bajito, es muy agradable coger el tren por la mañana, no hay ruidos, ni conversaciones, casi no hay gente esperando en las estaciones y los pocos que hay parecen pasajeros vocacionales, como yo, recuerdo que una vez me levantaste a las cuatro de la mañana para coger un tren que salía a las cinco y media, estaba tan nervioso que sólo pude dormir dos horas, aquello me pareció una señal de madurez. &lt;br /&gt;Seis y diez. Estación Gran Avenida. Charcos a la salida. Aire frío y cielo a medio vestir. Los semáforos recobran el sentido y los pájaros trazan líneas sobre el nuevo día. Efecto dominó de luz en las ventanas de algunas fachadas. Lejos, muy a lo lejos, redoble de tambor ante la inminente salida del sol. Charcos en el callejón paralelo a la avenida. &lt;br /&gt;A veces, cuando llueve, recuerdo aquello que me contaste de tu madre, sobre cómo utilizaba el agua de lluvia que recogía en el patio para lavar la ropa, ¿cómo lo hacía, papá?, ¿cómo recogía el agua de lluvia? &lt;br /&gt;Puerta trasera en la esquina del callejón. Tenue luz amarilla bajo la ranura, por la que se escapa una fragancia dulce y caliente. Suave trepidación de máquinas y golpes bien acompasados al otro lado de la puerta. Toc-toc-toc. Toc-toc-toc-toc. Cesa el compás de golpes. Se abre la puerta.&lt;br /&gt;―¿Sí? ¿Qué quiere? Todavía no está abierto ―hombre de mediana edad, cubierto de harina, se limpia las manos en el delantal.&lt;br /&gt;―¿Quién es? ―del interior, una voz de mujer.&lt;br /&gt;―Buenos días (una vez me llevaste a la azotea para ver la lluvia de estrellas…) ―Publio Nihilo saca algo del bolsillo derecho del abrigo.&lt;br /&gt;―Mire, todavía no está abierto, espérese un poco del otro lado de la tienda, en la avenida, que ya no vamos a tardar ―el hombre hace ademán de cerrar la puerta y volver al trabajo.&lt;br /&gt;―No, si yo solamente quería (me dijiste que, si quería, por cada estrella que viera podía pedir un deseo…)&lt;br /&gt;―Hágame el favor, hombre, espérese usted quince minutos del lado de la avenida, que tengo todavía una hornada y se me va a quemar.&lt;br /&gt;―Pero vamos a ver, caballero, ¿no ha oído usted a mi marido? ¡Espérese a que abramos que ya le atenderemos, haga usted el favor!&lt;br /&gt;―¿Jacinta? ¿Es usted? (aquella noche vimos más de cien estrellas caer del cielo…) ―la mujer y su marido se quedan mirándose el uno al otro.&lt;br /&gt;―¿Y usted quién es? ―Publio Nihilo la atrapa con una mano por la nuca y con la otra le aplica un pañuelo contra boca y nariz. El marido se vuelve hacia la trastienda, coge algo una mesa con lo que golpea en la cabeza a Publio Nihilo, que cae al suelo. Publio Nihilo se levanta y corre hacia el callejón. El marido corre detrás de él con el objeto todavía en la mano.&lt;br /&gt;―¡Jacinta! ¡Jacinta llama a la policía! ¡Jacin ―el marido patina sobre los adoquines húmedos, pierde el equilibrio y se golpea la cabeza contra el suelo al caer. Publio Nihilo se acerca lentamente, se agacha, sacude el cadáver con la mano, recoge el objeto y vuelve a la trastienda. Abierta de piernas en el suelo, la panadera se sujeta al marco de la puerta con los ojos en blanco. Publio Nihilo la levanta y vuelve a aplicarle el pañuelo sobre la nariz y la boca. La mujer se defiende a golpes de trapo y cae desplomada en los brazos de Publio Nihilo, que mira al cielo del nuevo día antes de entrar en la trastienda.&lt;br /&gt;―Vamos allá, Jacinta (pero no se me ocurrió nada que desear)&lt;br /&gt;Publio Nihilo arrastra el cuerpo de la mujer dentro de la trastienda. Retira de una mesa de madera algunos utensilios, la coloca encima y busca por los cajones y estanterías de la trastienda. La mujer intenta incorporarse pero le fallan las fuerzas. Se inclina hacia un lado de la mesa y se deja caer al suelo.&lt;br /&gt;―¡Jacinta, haga usted el favor de quedarse quieta, por favor! ―Publio Nihilo la coge por debajo de los brazos y vuelve a posarla sobre la mesa. La mujer se vuelve a dejar caer hacia delante.&lt;br /&gt;―De verdad que es usted imposible, Jacinta ―Publio Nihilo vuelve a colocarle el pañuelo sobre la boca y la nariz. La mujer deja caer la cabeza hacia atrás, Publio Nihilo la reacomoda sobre la mesa, apoya una pierna contra el estómago de la mujer, la sujeta con una mano por la nuca y con el pañuelo en la otra le cubre boca y nariz. Cae boca arriba sobre el filo de la mesa, con el cuerpo ligeramente apoyado sobre un lado.&lt;br /&gt;Publio Nihilo sale al callejón y camina hasta el cadáver del marido, que arrastra de las manos hasta la trastienda. Cierra la puerta, vuelve a buscar por cajones y estanterías y regresa a la mesa con una manga pastelera y un embudo que acomoda en la boca de la mujer, de donde escapa un finísimo gemido.&lt;br /&gt;―Es increíble el aguante que tiene usted, doña Jacinta. Vamos a tener que hacerlo al tuntún porque me ha dejado usted el pañuelo seco.&lt;br /&gt;Publio Nihilo llena de harina el embudo y lo golpea suavemente con el canto de la mano por un lado al tiempo que lo inclina para hacer caer el contenido. La mujer emite un débil sonido gutural. Publio Nihilo levanta el embudo, comprueba que la harina cae dentro de la garganta de la mujer, que tose una pequeña nube blanca, se lo coloca de nuevo en la boca y lo llena hasta vaciar el paquete. Al retirar el embudo de la boca de la mujer advierte una cierta resistencia.&lt;br /&gt;Echo de menos la playa, las construcciones de arena que hacían los domingos, ¿sabes si siguen haciéndolas, papá?&lt;br /&gt;Añade agua y sal a la harina. Camina hacia la pared tras la mesa, se coloca un par de guantes que cuelgan de un clavo, abre el horno y saca una bandeja de cruasanes que coloca en un mueble junto con otras bandejas. Coge un cruasán de la nueva bandeja y lo prueba.&lt;br /&gt;―Pues sí que se han quemado (¿te he dicho ya que cuando tengo tiempo desayuno tostadas con mermelada de melocotón?, me acuerdo de aquellos fines de semana cuando traías churros recién hechos para desayunar envueltos en un papel marrón lleno de aceite).&lt;br /&gt;Publio Nihilo estudia el interior del horno, se vuelve hacia la mesa y mide con los ojos el cuerpo de la mujer. Mira de nuevo al horno y tuerce el gesto. Coge un segundo cruasán de la bandeja y mientras se lo come reordena el resto para cubrir los dos huecos vacíos. Camina hacia la mesa y mira el rostro sin vida de la mujer.&lt;br /&gt;―¿Y ahora qué hacemos, Jacinta…? ―busca en las estanterías otro paquete de harina que espolvorea sobre el cuerpo de la mujer, cuya silueta dibuja a continuación con la manga pastelera. Se dirige hacia la tienda, descuelga el teléfono y marca.&lt;br /&gt;―Buenos días, don Arturo. Le llamo de la avenida, eh… he tenido algunas complicaciones, nada importante… estése tranquilo que he podido cumplir con la misión, eh… bueno, más o menos. De todas maneras, esta misma tarde en cuanto haya dejado lista la otra le informo en la oficina. Bueno, pues eso es todo, don Arturo, que pase buena mañana y hasta esta tarde ―cuelga, se dirige al mostrador y consulta la lista de precios. Abre la caja registradora, coloca un billete de cinco bajo la pinza de la izquierda, recoge el cambio y se lo guarda en el bolsillo derecho del pantalón.&lt;br /&gt;Ocho y siete. Publio Nihilo sale por la puerta de la trastienda, cierra tras de sí y dobla la esquina en dirección a la Gran Avenida. A su paso, de un contenedor en el interior del callejón, un gato color café lo acecha con cara de pocos amigos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-115477888482889479?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/115477888482889479/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=115477888482889479&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/115477888482889479'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/115477888482889479'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/08/segunda-parte-diecisis-de-octubre-de.html' title='Segunda Parte. Dieciséis de octubre de dos mil seis. Capítulo dos'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-115217443348738823</id><published>2006-07-06T10:23:00.000+02:00</published><updated>2006-07-06T10:27:13.500+02:00</updated><title type='text'>Segunda Parte. Dieciséis de octubre de dos mil seis</title><content type='html'>Con ambos antebrazos apoyados sobre su escritorio, la mirada fija, perdida en el trazo de su bolígrafo y una evidente expresión de desagrado, Claudio Lozano garabateaba frenéticamente figuras geométricas sobre su vade calendario mientras intentaba no perder la compostura ante la parsimonia de Publio Nihilo, al otro lado del teléfono.&lt;br /&gt;―Yo simplemente he llevado a cabo la misión…&lt;br /&gt;―¡No, Publio! ¡Lo que tú has hecho no tiene nada que ver con el proyecto que presentaste! ―aplastando el bolígrafo contra el vade.&lt;br /&gt;―¿Y no podría hablar con don Arturo un momento…?&lt;br /&gt;―¡No, no puedes! Además no está ―sin mirarle, buscando algo entre los papeles de la mesa con aire de tener otras cosas más importantes que hacer.&lt;br /&gt;―¿Dónde está?&lt;br /&gt;―Pues mira: se ha ido al ministerio para ver si puede evitar que te metan el cárcel, que es donde yo pienso que deberías estar ―satisfecho de su propio acto de cruel sinceridad, seguro de haber dicho la última palabra.&lt;br /&gt;―¿Y no sabes si recibió mi mensaje…?&lt;br /&gt;―Publio, mira, vamos a hacer una cosa. Tómate el día libre. Vete a casa, o vete al cine, o a un museo, o adonde te dé la gana. Y cuando venga don Arturo, yo le diré que has preguntado por él. Estoy seguro de que le parecerá muy bien que te tomes el día libre. Anda, vete, vete a refrescarte un poquito las ideas, vete.&lt;br /&gt;―Pero, ¿y si tiene algo importante que decirme?&lt;br /&gt;―Si tiene algo que decirte ya te lo dirá mañana.&lt;br /&gt;―Entonces, ¿qué pasa con la otra misión? ―Claudio Lozano se quedo mirando fijamente al vacío, golpeándose rítmicamente con una uña el espacio entre los dientes, buscando tiempo para decidir qué expresión dar a su voz. Apoyándose en los brazos de la butaca se reacomodó contra el respaldo y pareció de pronto salir de su silencioso letargo dotado de renovadas energías.&lt;br /&gt;―Adelante con ella. Adelante con la misión ―dijo con un tono absolutamente convencido.&lt;br /&gt;―¿Sí…? ¿Seguro…?&lt;br /&gt;―Totalmente, Publio. ¿Qué te hace falta?&lt;br /&gt;―¿Y no habría que esperar a ver qué dice don Arturo?&lt;br /&gt;―No. Estoy seguro de que don Arturo pensaría lo mismo que yo. Venga, ¿qué te hace falta? ―preguntó un Claudio Lozano casi entusiasmado.&lt;br /&gt;―Nada. En realidad, no hay más que terminarla…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diez días antes, el siete de octubre, Publio Nihilo se había despertado como de costumbre tarde, cansado y aturdido. Durante la noche anterior, el recuerdo de su padre le había llevado de la mano hasta el sueño, dejándole vulnerable y poco preparado para la batalla nocturna. &lt;br /&gt;(ciento veinte kilos sobre una cama pequeña a medio deshacer repartidos en proporción 1/5 - 4/5, el lenguaje de las posturas habla para la ocasión de jerarquías basadas en afecto, cuatro números heterogéneos en reloj digital, muy tarde para que los párpados de 1/5 sigan abiertos, “hubo una torre de ladrillo cerca de una playa, era más bien una chimenea que con el tiempo y el desuso se quedó vieja”, “¿y para qué servía?”, “liberaba al mundo de su mal humor”, “¿cómo?”, “allí quedaron encerradas trece personas que habían conseguido solucionar todos los problemas que jamás nadie nunca”, “¿y qué pasó con la torre?”, “todavía no la han encontrado”)&lt;br /&gt;Al abrir los ojos, antes de la irrupción de la plena conciencia, un mínimo residuo de memoria nocturna activó la redacción mental de una nueva carta para su padre, sábado, siete de octubre de dos mil seis, hola papá, esta noche he soñado contigo, habías venido a mi cama para darme las buenas noches y acabaste contándome la historia de la chimenea de ladrillo, ¿cuál era la cáscara de aquella historia, papá?, ¿y la pulpa?, ¿con qué se supone que habría que pelarla?, le doy vueltas a tus historias, pero sigo sin saber qué hacer con ellas…&lt;br /&gt;La ventana había permanecido abierta durante toda la noche. El viento frío y húmedo de octubre no tardó en dictar el comienzo de una larga condena de vigilia de fin de semana. Publio Nihilo abandonó el fuerte de sus sábanas y anduvo descalzo y medio desnudo hacia la ventana para cerrarla. Las nubes anunciaban lluvia. Al levantarse de la cama, la revista de la noche anterior cayó al suelo, quedando abierta por una página de empleo. Publio Nihilo repasó una de las líneas de la carta que había compuesto mentalmente para su padre hacía un momento ― “y acabaste contándome la historia de la chimenea de ladrillo” ― intentado superponerla con la página que desde el suelo se abría ante sí. Se agachó y cogió la revista, por cuyas ofertas de trabajo hizo un barrido con los ojos al tiempo que se repetía una y otra vez la misma frase ― “y acabaste contándome la historia de la chimenea de ladrillo”. Con la revista todavía en la mano derecha anduvo hacia la desértica sala de estar ― una silla, una mesa y algunas cajas apiladas ―, buscó por el suelo un papel, algo con qué escribir e instalado con todo ello en la mesa comenzó a tomar notas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―¿Alguno de ustedes tiene alguna pregunta? Bien, manos a las obra entonces.&lt;br /&gt;De pie junto a la puerta, Publio Nihilo terminó de escuchar las palabras de don Arturo, extrajo del bolsillo de su camisa un folio cuyos cuatro dobleces deshizo y con él sujeto de ambas manos esperó a que los demás salieran. Claudio Lozano, sentado de espaldas a Publio Nihilo en una de las dos butacas, fue el último en incorporarse.&lt;br /&gt;―¿Qué tienes ahí? ―susurró Claudio Lozano de espaldas a don Arturo, hablando casi más con la mirada que con palabras.&lt;br /&gt;―Es una idea de proyecto ―respondió lógicamente Publio Nihilo.&lt;br /&gt;―¿No estarás pensando en enseñársela a don Arturo, verdad? ―Claudio Lozano le arrancó con una mano la hoja mientras le llevaba con la otra del brazo hacia la puerta del despacho. Don Arturo Párvulo, extrañado por la demora de sus empleados, se interesó por la escena.&lt;br /&gt;―Claudio, señor Nihilo, ¿ocurre algo? ―don Arturo se acercó a la pareja, camino de la puerta.&lt;br /&gt;―Nada, don Arturo… Publio tenía algo que comentarme ―al ver la hoja en la mano de Claudio Lozano, don Arturo tendió la suya de manera requisitoria.&lt;br /&gt;―¿No se habrán estado pasado notas durante la reunión, ustedes dos…? ―dijo don Arturo con sorna mientras leía por encima el manuscrito arrugado.&lt;br /&gt;―Claudio, ¿es suyo? ―Claudio Lozano miró nervioso a los dos hombres, furioso por no poder adivinar la respuesta correcta a la pregunta de don Arturo.&lt;br /&gt;―No, don Arturo. No es mío.&lt;br /&gt;―¿Señor Nihilo?&lt;br /&gt;―Sí, don Arturo, es mío.&lt;br /&gt;―¿Y bien? ¿De qué se trata?&lt;br /&gt;―Es una idea de proyecto.&lt;br /&gt;―Excelente. Siéntese, por favor. Vamos a discutirlo.&lt;br /&gt;Publio Nihilo se sentó en la butaca que apenas un momento antes había ocupado Claudio Lozano, quien desde la puerta asistía impotente a la escena.&lt;br /&gt;―Claudio, ¿se le ha olvidado algo? ―preguntó don Arturo del otro lado de la gran mesa de roble, de espaldas a los dos ventanales de su despacho.&lt;br /&gt;―No, don Arturo… sólo quería preguntarle si podría quedarme a la presentación de Publio ―suplicó Claudio Lozano con desesperación mal disimulada.&lt;br /&gt;―¿Pero…? ¿Se puede qué le pasa hoy, Claudio? ¡Se comporta usted como un crío! Ande, vuelva a su puesto y dedíquese a hacer lo que tenga que hacer.&lt;br /&gt;―Sí, don Arturo.&lt;br /&gt;Claudio Lozano cerró la puerta acristalada tras de sí. Su silueta quedó un momento inmóvil antes de probar varios rumbos y desvanecerse sin ninguno aparente. Don Arturo se colocó las gafas y miró deliberadamente por encima de ellas a Publio Nihilo.&lt;br /&gt;―Con usted quería yo hablar, precisamente. En menuda situación nos ha metido.&lt;br /&gt;―Si me lo permite, don Arturo, no ha sido culpa mía.&lt;br /&gt;―Explíquese.&lt;br /&gt;―Resulta que, al final, la llave la no era la correcta ―don Arturo echó bruscamente hacia atrás la cabeza en señal de incomprensión, los pliegues de la nuca se apelmazaron contra el cuello almidonado de la camisa.&lt;br /&gt;―¿Cómo es eso?&lt;br /&gt;―Pues eso, que la luna gasta, bueno, gastaba una veinticuatro y yo tenía un veintidós…&lt;br /&gt;―Entonces, ¿quién se equivocó?&lt;br /&gt;―Pues, no sabría decirle, don Arturo…&lt;br /&gt;―¿Cómo que no sabría decirme? ¡Pero alguien tuvo que equivocarse, no? ¡Alguien tuvo que darle la llave que no era!&lt;br /&gt;―Sí, supongo…&lt;br /&gt;―¡Pues hable, hombre! ¡Hable!&lt;br /&gt;―Bueno, Claudio, Claudio Lozano, me dijo que la luna gastaba una veintidós desde el eclipse de septiembre ―don Arturo frunció el ceño y permaneció con la nuca abatida, mirando al infinito mientras se frotaba la barbilla con la mano izquierda.&lt;br /&gt;―Claudio Lozano… ¿Le parece un buen coordinador de intervenciones, señor Nihilo…?&lt;br /&gt;―¿Por qué me pregunta eso, don Arturo?&lt;br /&gt;―No tiene importancia. A ver, muéstreme su plan ―don Arturo tendió la hoja sobre su escritorio.&lt;br /&gt;―Bueno, pues se me había ocurrido inaugurar una serie de intervenciones, algo así como operaciones temáticas. Pero es sólo una idea.&lt;br /&gt;―Continúe. ¿En qué consistirían?&lt;br /&gt;―Pues, serían algo así como rendundancias sobre el trabajo de determinadas personas.&lt;br /&gt;―Redundancias, señor Nihilo. Redundancias ―don Arturo señaló con el dedo la errata.&lt;br /&gt;―Perdón, don Arturo. Redundancias ―tachando con un bolígrafo la n sobrante del papel.&lt;br /&gt;―¿Podría ponerme un ejemplo?&lt;br /&gt;―Sí. De hecho durante el fin de semana he tenido dos ideas bastante simples.&lt;br /&gt;―¿Para cuándo podrían estar listas?&lt;br /&gt;―Para el lunes que viene, si esta semana consigo hacer todas las observaciones.&lt;br /&gt;―Lunes dieciséis. Nada catastrófico, espero.&lt;br /&gt;―No, no especialmente.&lt;br /&gt;―¿Ni aparatoso?&lt;br /&gt;―No. Aparatoso no. Eso sí que no.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-115217443348738823?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/115217443348738823/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=115217443348738823&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/115217443348738823'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/115217443348738823'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/07/segunda-parte-diecisis-de-octubre-de.html' title='Segunda Parte. Dieciséis de octubre de dos mil seis'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-114966224432787517</id><published>2006-06-07T08:30:00.000+02:00</published><updated>2006-06-07T08:37:24.360+02:00</updated><title type='text'>Capítulo cuatro</title><content type='html'>Silencio en los dos dormitorios al final del pasillo ― persianas echadas, ventanas cerradas y puertas entornadas. En la sala de estar, caras sonrientes de medio perfil alineadas sobre la mesilla ― blanco y negro devorado por la penumbra de la habitación. En las estanterías del aparador, entre la vajilla de nunca jamás, diferentes escenas y momentos familiares. Formatos varios por las cuatro paredes de la sala de estar, en el pasillo y en el recibidor. Una finísima cortina de música se desliza hacia cada rincón del apartamento como un aroma lento, como una niebla terrestre y cadenciosa que mana desde la cocina. Sentada frente a la mesa camilla, de espaldas a la puerta, ligeramente bañada por la luz anaranjada casi crepuscular que entra por la ventana del ojo de patio a su derecha, va tomando de una caja de madera pequeñas pilas de fotografías que limpia una a una con la manga derecha de la rebeca ― media sonrisa, leve suspiro, ceño fruncido, chasquido de lengua. Con un bolígrafo anota en el revés nombres, lugares y fechas. Limpia de nuevo cada fotografía con la manga derecha de la rebeca y las coloca una a una sobre uno de los tres montones dispuestos en torno a la caja de madera. Con cuidado coge los dos más grandes, primero uno y luego el otro. Envuelve cada uno en papel de seda blanco y lo devuelve a la caja de madera antes de taparla. Vuelve a revisar el montón más pequeño, diez fotografías ― media sonrisa, sonrisa entera, media sonrisa, profunda respiración, largo suspiro, risa ahogada, chasquido de lengua y suspiro, ceño alzado y ojos bien abiertos, media sonrisa. Convencida y satisfecha guarda el pequeño montón en el bolsillo derecho de la rebeca, se levanta de la silla sin arrastrarla, se aprieta la caja de madera con ambas manos contra el pecho y atraviesa el pasillo hasta el dormitorio de la derecha, donde coloca la caja sobre la cómoda. De vuelta a la cocina abre un armario del que elige un cazo pequeño que llena con agua y pone a calentar. Mientras espera que el agua rompa a hervir, coge una hoja de papel de un taco que hay sobre una estantería, detrás de una lata con lápices y bolígrafos. Vuelve a sentarse frente a la mesa camilla y con un bolígrafo traza una cruz que divide la hoja en cuatro partes iguales. En cada espacio escribe una lista diferente a medida que las ideas le vienen a la cabeza. Mira al reloj que hay sobre la puerta de la cocina ― las cinco menos diez. Se palpa algo duro en el bolsillo derecho de la rebeca y, todavía incrédula, extrae ligeramente con el índice y pulgar de la mano derecha el taco de diez fotografías que vuelve a deslizar al fondo del bolsillo. Cuando el agua rompe a hervir, se levanta de la silla sin arrastrarla, apaga el fuego y elige una taza del armario sobre el fregadero. Abre la alacena y coge del estuche de tes una bolsa de té verde que coloca dentro de la taza. Retira el cazo de la hornilla, echa un poco de agua sobre la pila, llena su taza y vacía el resto sobre el desagüe. Vuelve a colocar la hoja de papel sobre la estantería, detrás de la lata con lápices y bolígrafos, vuelve a palparse el bolsillo derecho de la rebeca, extrae la bolsita de té del fondo de la taza con una cuchara alrededor de cuya panza enrolla el cordón para escurrir el exceso de líquido. Abre el armario bajo la pila, deposita la bolsita de té en el cubo de la basura y posa la cuchara sobre la pila. Coge la taza con la mano derecha y haciéndola descansar sobre la palma de la izquierda atraviesa el pasillo hacia la sala de estar, donde posa la taza en un posavasos de cartón que coloca sobre el mantel de hule que cubre la mesa junto a la ventana. Se sienta en el tresillo frente a la mesilla, de la que elige cuatro pequeños retratos que lleva a la otra mesa. Marcha hacia al aparador, de cuyas estanterías extrae tres fotografías enmarcadas que transporta a la mesa. Con paso decidido cruza la sala de estar, hasta el pasillo, cuyas paredes escruta poco convencida. Por fin, elige un retrato de gran formato del recibidor que traslada a la mesa junto con los otros. Se sienta, extrae las diez fotografías del bolsillo derecho de la rebeca, las coloca frente a sí sobre la mesa y da el primer sorbo a la taza de té que vuelve a colocar sobre el posavasos. Con ambas manos coloca el retrato de mayor formato boca abajo, lo desmonta y extrae con cuidado la fotografía, que limpia con la manga derecha de la rebeca. La contempla un momento ― media sonrisa ―, comprueba la anotación en el revés y la posa hacia arriba sobre la mesa. Elige dos fotografías del montón de diez, las cuadra dentro del marco y lo vuelve a montar. Le da la vuelta con ambas manos y lo contempla satisfecha ― media sonrisa, sonrisa entera. Da un sorbo a la taza de té. Mira el reloj sobre la mesilla ― las cinco y tres. Coge el retrato de gran formato con la nueva composición, cruza el pasillo hacia el recibidor y lo vuelve a colgar en su sitio. Entra en la cocina. De la estantería, detrás de la lata con lápices y bolígrafos, coge la hoja de papel con la lista cuádruple, que coloca en el bolsillo izquierdo de la rebeca. Cruza el pasillo hacia el salón y se sienta frente a la mesa. Coge, uno por uno, los tres marcos de la mesilla, los desmonta y una por una extrae cada fotografía, la limpia con la manga derecha de la rebeca, la contempla ― media sonrisa, media sonrisa, sonrisa entera ―, comprueba la anotación y la posa hacia arriba sobre la fotografía de gran formato. Coge las tres fotografías siguientes del montón original de diez, las coloca en los marcos vacíos, los monta y los vuelve a colocar sobre la mesilla frente al tresillo. Suena el timbre. Cruza el pasillo hacia el recibidor, descuelga el interfono, responde y vuelve a colgar. Marcha a la sala de estar y se detiene un momento de pie frente a la gran mesa para escrutarla. Coge la taza de té y da un largo sorbo. Marcha rápidamente a la cocina y se detiene frente a la pila, donde agita la taza de té con la mano derecha para hacer circular el té que resta y da otro largo sorbo. Agita la taza una vez más y da un nuevo sorbo largo. Vuelve a agitar la taza y mira el fondo en movimiento. Vierte el resto de té en el desagüe, coloca la taza bajo el grifo, la enjuaga y la posa junto a la cuchara sobre la pila. Cruza el pasillo rápidamente hacia el dormitorio de la derecha, se sienta sobre la cama, levanta la colcha, saca un par de zapatos sin tacón de debajo de la cama, se los calza, cruza el pasillo hacia la cocina, apaga la radio, marcha al recibidor, descuelga un abrigo del perchero, se lo pone, abre la puerta y sale del apartamento cerrando con llave tras de sí.&lt;br /&gt;Se abre la puerta. Entra y cierra tras de sí. Se dirige a la cocina, enciende la luz, vacía el contenido de las dos bolsas de plástico sobre la mesa camilla ― cartón de leche, azúcar, medias y pan ― y guarda las bolsas en un cajón. Coloca el cartón de leche y el azúcar en la alacena y el pan dentro de la panera. Enciende la radio. Coge las medias, apaga la luz de la cocina, camina al vestíbulo, enciende la luz, cuelga el abrigo en el perchero, mira el retrato de gran formato con las dos nuevas fotos y sonríe. Cruza el pasillo hacia y abre la puerta del dormitorio de la derecha. Enciende la luz, coloca las medias en un cajón de la cómoda, se sienta sobre la cama, se descalza y desliza los zapatos bajo la cama. Apaga la luz, cierra la puerta y se dirige al salón donde enciende la luz y comprueba la hora en el reloj de la mesilla ― las ocho y veintidós, chasquido de lengua. Pasa con la mirada por delante de las tres nuevas imágenes y sonríe. Se acerca a la mesa junto a la ventana, coge las cuatro antiguas fotografías y se dirige con ellas al dormitorio de la derecha. Enciende la luz y ordena las fotografías dentro de la caja de madera sobre la cómoda. Apaga la luz, cierra la puerta del dormitorio y vuelve a la sala de estar. Coge con cuidado la fotografías restantes del montón original de diez y se sienta con ellas en el tresillo, donde las repasa ― una jovencísima bailarina principal, grácil, hermosa ― hasta quedarse dormida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(el tren se pone en marcha, intenta bajar la ventanilla pero no lo consigue, pide ayuda a los otros pasajeros que no la comprenden, en el andén una muchacha desnuda ríe frente a una maleta abierta cuyo contenido se esparce por el suelo, alguien se agacha para recoger un pantalón y se aleja con él en la mano después de mirar a la muchacha que suelta una gran carcajada, la muchacha mira desde el andén hacia el tren que gana velocidad, las dos mujeres se miran, la muchacha deja de reír y corre detrás del tren mientras grita a la mujer y lanza hacia la ventanilla la poca ropa que queda en la maleta que arrastra por el andén)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fondo del pasillo suena un ruido violento. Abre los ojos y mira soñolienta el reloj de la mesilla ― las once y veinte. Una voz conocida la llama a gritos desde el dormitorio de la izquierda. Con las fotografías todavía sobre su regazo se levanta aturdida del tresillo. Tres de las fotografías caen al suelo, las demás quedan esparcidas sobre el tresillo. Cruza el pasillo hacia la habitación del fondo a la derecha. Abre la puerta y camina hasta la puerta cerrada del balcón. Fuera, una joven flota en el aire asida con las manos de la barandilla. Le ayuda a ganar el balcón y, una vez dentro de la habitación, la joven marcha hacia la cocina. Coloca las macetas de la barandilla, vuelve a entrar en la habitación, cierra la puerta del balcón tras de sí y marcha hacia la cocina, donde la joven inspecciona el frigorífico. Se sientan en torno a la mesa camilla y discuten. La joven se levanta de la silla, cruza el pasillo hacia la sala de estar y se sienta en el tresillo, encendiendo a su paso todas las luces. Ella le sigue, apaga la luz de la cocina, del recibidor y del pasillo. Recoge todas las fotografías, las tres a los pies de la joven y las demás, encima de las cuales está sentada, y las coloca encima de la mesa junto con las otras. La joven enciende la televisión. Ambas permanecen calladas un rato. La joven mira atentamente la televisión. Ella se sienta a su lado y la mira. Se levanta del tresillo, camina hacia el pasillo, enciende la luz y marcha a la cocina, donde apaga la radio y cierra la puerta tras de sí. Se detiene en el vestíbulo y contempla las fotografías. Apaga la luz del pasillo, vuelve al salón y se detiene a mirar a la joven desde la puerta. Cruza el salón hasta el otro tramo del pasillo. Mira un momento las imágenes de la televisión y contempla a la joven de espaldas.&lt;br /&gt;―Yo me voy a la cama, Rosa. No te acuestes muy tarde.&lt;br /&gt;―Vale. Buenas noches, mamá.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-114966224432787517?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/114966224432787517/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=114966224432787517&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114966224432787517'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114966224432787517'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/06/captulo-cuatro.html' title='Capítulo cuatro'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-114681253518012250</id><published>2006-05-05T09:01:00.000+02:00</published><updated>2006-05-05T09:02:15.196+02:00</updated><title type='text'>Capítulo tres</title><content type='html'>dijo mirando la brillante llama del mechero de plata― (todavía las nueve menos diez) ―del mechero de plata― (media hora más, venga) ―de plata, de plata, de plata― (a ver, éstos…) ―dijo mirando la brillante llama del mechero de plata que ella misma le había ofrecido como regalo en su último cumpleaños― (nada, que se lo piensan) ―como regalo de su último cumpleaños como regalo en su último cumpleaños― (bueno, ¿se deciden o qué?)&lt;br /&gt;―Hola, qué hay, mira, perdona, ¿qué es lo que hacéis aquí, de qué va esto?&lt;br /&gt;―(¿por qué los más tontos vienen siempre media hora antes?) Pues es una cena espectáculo, o sea que cenáis y al mismo tiempo veis el espectáculo.&lt;br /&gt;―Ahhh, ya… y… ¿y qué dura?&lt;br /&gt;―(al final va a ser que no) Hora y media, la próxima función empieza dentro de veinte minutos.&lt;br /&gt;―¿Y quedan plazas todavía?&lt;br /&gt;―(no van a entrar) Sí quedan, sí. Pocas, pero quedan.&lt;br /&gt;―Ya. Y… no sé, ¿de qué va? ¿Es buffet libre…? ¿Nos vienen a servir…? ¿Está bien para los críos…?&lt;br /&gt;―(los críos…) Sí, los camareros vienen a servirles a la mesa. ¿A sus hijos (los críos, vaya críos) les gustan las películas de indios y de vaqueros?&lt;br /&gt;―¡A ver, chicos! ¿A quién le gustan las películas de indios y de vaqueros? ¡A ver, a quién!&lt;br /&gt;―(lo que me importará a mí, aunque igual entran después de todo) Normalmente a los niños les suele gustar mucho. Se lo suelen pasar muy bien.&lt;br /&gt;―Y… oye… ehhhh… ¡Rosa! ¿Te llamas Rosa, no?&lt;br /&gt;―(¿pues no lo ves?) Sí, me llamo Rosa, sí.&lt;br /&gt;―Mira, Rosa. ¿Y no nos podrías poner en un buen sitio, cerquita, para que los críos vean bien, eh?&lt;br /&gt;―(no van a entrar) Pues mire, es que yo de eso no me ocupo. Yo aquí lo único que puedo hacer es venderle las entradas y luego mis compañeros les darán una mesa.&lt;br /&gt;―Ahhhhh, ya. Y mira, ¿qué te iba a decir…? ¿Y qué tal se come?&lt;br /&gt;―(no van a entrar, seguro) Se come bien, se come bastante bien. ¿Les gustan las parrilladas?&lt;br /&gt;―¡A ver, chicos! ¿A quién le gustan las parrilladas? Pues… carne y pollo y… hay pollo, ¿no, Rosa?&lt;br /&gt;―(que se vayan ya, por favor, si además no van a entrar) Sí, hay pollo, sí.&lt;br /&gt;―Y… carne. ¿Hay carne, Rosa?&lt;br /&gt;―Sí, hay carne, sí.&lt;br /&gt;―¿No…? ¿No os gusta la carne…? ¿Cómo no os gusta la carne, con lo buena que está…?&lt;br /&gt;―(no puedo creer que vaya a decir esto) Y hay un pañuelo de regalo para cada uno…&lt;br /&gt;―¡Uahhhhhh! ¡Un pañuelo de regalo! ¡A ver! ¿Quién quiere un pañuelo? ¡A ver las manos! Ahhh, que no os gusta la carne… y, Rosa. ¿No nos podrías dar un pañuelo de regalo?&lt;br /&gt;―(claro, lo que faltaba) No puedo, no, es que están contados.&lt;br /&gt;―Ahhhh, ya…&lt;br /&gt;―(no van a entrar) Mire, tenga este folleto. Tiene los horarios, aquí… y aquí tiene los menús… y aquí tiene, si quiere, puede llamar a este teléfono y hacer una reserva para mañana.&lt;br /&gt;―Ahhh, ¡eh, chicos, mirad qué guay! ¿Habéis visto qué fotos más chulas? Bueno, Rosa, pues ya llamaremos mañana si acaso, gracias. ¡A ver, chicos! ¡Vamos a decirle adiós a Rosa! ¡Adiós, Rosa!, ¡Adiós!&lt;br /&gt;dijo mirando el brillo del mechero todavía encendido que ella misma le había ofrecido como regalo en su último cumpleaños― (todavía veinticinco minutos).&lt;br /&gt;Rosa cerró el libro, lo posó al lado del teclado del ordenador sobre el estrecho escritorio de madera garabateado y comprobó una vez más si la cifra de asistencia para el segundo espectáculo había cambiado durante aquellos cinco minutos. Novecientas setenta y tres personas, algunas más desde la interrupción del último cliente.&lt;br /&gt;―(al menos esta noche no sirvo mesas)&lt;br /&gt;Frente a ella, sobre el mostrador, una vieja radio motorolla regurgitó desde los confines de sus entrañas la ronca voz del jefe de cocina.&lt;br /&gt;―¡Taquilla, aquí cocina!&lt;br /&gt;―Adelante, cocina.&lt;br /&gt;―¿Tenéis las cifras para mañana?&lt;br /&gt;―Setecientos cuarenta y uno para el primero, siete-cuatro-uno, y ochocientos noventa y siete para el segundo, ocho-nueve-siete.&lt;br /&gt;―Recibido.&lt;br /&gt;741, 897. Rosa se quedó mirando al vacío de las dos cifras sobre la pantalla del ordenador, capaz de imaginar con bastante precisión, como cada viernes, lo que el sábado le depararía ― una hora de tren hasta el restaurante, un buen almuerzo con los compañeros antes del primero de los dos espectáculos completos, las mismas preguntas de todos los fines de semana, la misma masa gregaria marchando hacia las salidas al final de cada una de las dos idénticas funciones, las mismas vejigas atragantadas de última hora, las mismas sonrisas forzadas para desalojar a los asistentes y las mismas bromas al despedirlos, el mismo olor a hierro en las manos tras el cierre, algunos inesperados momentos de intimidad repartidos a lo largo de su jornada de nueve horas con derecho a dos pausas, el mismo antepenúltimo tren de las doce menos cuarto y una vuelta a casa no anterior a las doce y media de la noche en el mejor de los casos, demasiado tarde para despedirse del sol. &lt;br /&gt;―¿Por qué no has cerrado con llave? ―por la puerta de la taquilla entró la jefa de Rosa.&lt;br /&gt;―Es que había salido un momento y&lt;br /&gt;―Ya sabes que la puerta de la taquilla hay que tenerla cerrarla siempre ―venida de ninguna parte, la disonante sonrisa que acompañaba la reprobación no acababa de encajar ni con el rostro oval de aquella mujer ni con la situación.&lt;br /&gt;―Rosa. La camisa. Métete la camisa por dentro del pantalón.&lt;br /&gt;―Es que de sentarme y levant&lt;br /&gt;―Ya sabes que aunque la gente no te vea desde fuera hay que dar buena impresión. Además, a poco que te levantes y vayas detrás a buscar algún papel o a hacer alguna fotocopia seguro que te ven que la llevas por fuera.&lt;br /&gt;―Es que me aprieta un poco ―y al colocarse la camisa por dentro del pantalón, brotaron de la espalda las dos alas como dos pechos desorientados.&lt;br /&gt;―Ah no, no te queda muy bien así, no. Bueno. Mañana te vas al guardarropa y pides una camisa más grande, ¿estamos?&lt;br /&gt;―Sí.&lt;br /&gt;―Pero hazlo, mira que mañana estoy también, ¿eh? ―de nuevo aquella tristísima sonrisa angulosa que precipitaba los minúsculos ojos al espigón de cejas. ―Bueno, me voy que tienes gente. Dentro de un rato vuelvo y compruebo tu caja. Y no te olvides de ir a por la camisa. ¡Y cierra la puerta con llave!&lt;br /&gt;―(veintitrés minutos todavía) Hola, buenas tardes.&lt;br /&gt;―¿Oye, dónde están los servicios?&lt;br /&gt;―(hola-buenas-tardes) ¿Los servicios…? (hola-buenas-tardes, qué difícil, ¿verdad?), los servicios están dentro del cine, según se entra a&lt;br /&gt;―¡Ah ya, vale!&lt;br /&gt;Cada viernes Rosa veía el mundo acercarse, dudar, alejarse, preguntar, marcharse, equivocarse, apresurarse como un suave oleaje que bañaba su propia playa. Rosa veía en cada persona que pasaba por delante de su taquilla una manera posible de decidir, de planear, de parecer, de ser, de vivir la vida. Algunas visitas le dejaban un sabor de posibles trayectorias, de lazos imaginarios y de hipotéticos presentes con los que comparaba los suyos propios. Los inesperados momentos de intimidad ― café y pausa, sol entre bastidores ― y los almuerzos con los compañeros ― risas, insólita complicidad y anécdotas ― se alternaban con espacios infinitos en los que el tiempo de Rosa no guardaba relación con el de los otros, que avanzaba y retrocedía cruel y sin medida. Era entonces cuando se hacía dolorosas preguntas, cuando las certidumbres de la mañana o del día anterior perdían su aliento y su inercia, cuando de las zanahorias que ella mismo se había tendido a lo largo de la semana no quedaban más que los tallos y el palo del que habían colgado, cuando la marejada de gente reflejaba su frustración, sus libros y revistas anunciaban la enorme distancia hasta el ideal soñado más próximo y cuando su trayectoria, su presente y su futuro se le presentaban como el asiento trasero de un tres puertas, como un ascensor parado entre dos plantas, como una escalera de caracol sin principio ni fin.&lt;br /&gt;―Rosa, ¿no te he dicho ya dos veces hoy que cierres la puerta? ―la sonrisa escalena de la jefa debía de haberse quedado por alguna de las gradas del restaurante espectáculo, capaz de albergar a mil doscientos comensales espectadores.&lt;br /&gt;―Sí, es que ha venido&lt;br /&gt;―¿Y no me has oído llamarte por radio? ―la mujer no perdía un minuto en mirar a Rosa a los ojos.&lt;br /&gt;―No, es que&lt;br /&gt;―Pues te he llamado varias veces. De verdad que esa camisa es un horror. Te quiero ver mañana con una más grande. Una talla más grande, por lo menos. A ver tu caja, ¿pero todavía no la has hecho? ¿Y a qué estás esperando? ¿No te estás siempre quejando de que eres la que vive más lejos y de todos los trenes que tienes que coger para venir aquí? Eso sí, para preguntarme si te puedes marchar quince minutos más temprano eres muy rápida ―y de nuevo el triángulo peripatético, náufrago en la inmensidad oval, oceánica, facial―. ¡Hombre, hoy sí que te cuadra! ¡Por lo menos una cosa buena! Bueno, pues ve a cambiarte, y si hay alguien en el guardarropa, coge la camisa ahora mismo, no esperes a mañana. ¿Has visto las cifras para mañana?&lt;br /&gt;―Sí, han llamado antes de&lt;br /&gt;―Completos para los dos espectáculos y para el segundo hay varios grupos, así que estaré con vosotros a la entrada. ¡Bueno, anda, vete a cambiarte!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia las once menos cuarto del viernes seis de octubre el tren de Rosa ― instalarse al abrigo de un vagón tranquilo, estirar las piernas sobre el asiento de enfrente y jugar al escondite con la luna por túneles y cambios de rasante antes de desaparecer en el vientre de la ciudad ― llegó a la Estación Central de la ciudad. Al salir de las profundidades del andén subterráneo, Rosa descubrió una estación prácticamente deshabitada en la que sólo quedaban borrachos dialogando con su delirio. En la impenetrable oscuridad del exterior, un concierto de sirenas empapelaba pasajes, avenidas y bulevares con su mensaje histérico. No había pájaros en el cielo, ni luna, ni gente en la calle. Hacía frío durante aquellas noches de otoño. Rosa se vio a sí misma saliendo del colegio una dorada tarde de otoño, años antes. Descender la larguísima rampa de azulejos flanqueada de palmeras desde la gigantesca puerta principal de madera hacia una de las tres verjas a lo largo del muro de ladrillos a la entrada, coger impulso con una carrera suave de pequeños saltos, cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más tiempo, hasta no depender del suelo, burlar la gravedad, sentir la caricia del aire, escucharle susurrar mensajes al oído y ver el mundo como un secreto frágil y coherente. Rosa volaba. Con la espalda proyectada al suelo, pedaleando con las piernas, abiertas a posibles correos de esperma vegetal, llegados tal vez desde miles de kilómetros. Con su vuelo errático y poco elegante, como el de una bolsa arrastrada por las corrientes de aire, Rosa sobrevoló en línea recta la ciudad desde la Estación Central hasta la ventana cerrada del balcón de su habitación, al noroeste de la ciudad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-114681253518012250?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/114681253518012250/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=114681253518012250&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114681253518012250'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114681253518012250'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/05/captulo-tres.html' title='Capítulo tres'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-114430772685549505</id><published>2006-04-06T09:09:00.000+02:00</published><updated>2006-04-06T09:15:26.880+02:00</updated><title type='text'>Capítulo dos</title><content type='html'>Encaramado a horcajadas sobre una larga escalera tendida en la azotea de la Gran Torre del distrito este e intentando no mirar al vacío ni muy seguido ni muy rápido al tiempo que se ajustaba continuamente un cinturón de cuero, empeñado en quedarle grande, del que colgaba una cobarde colección de herramientas a medio oxidar, Publio Nihilo se lamentaba de su capacidad para predecir con tanta certeza errores ajenos.&lt;br /&gt;―La luna gasta una veinticuatro, no una veintidós. &lt;br /&gt;En esta ocasión, dos pulgadas de diferencia estaban poniendo en peligro su misión, y aunque parecía poder salir del paso usando los alicates, no las tenía todas consigo para aflojar los dieciséis tornillos de cabeza hexagonal que aseguraban la luna al velcro sideral. Las diez menos veintisiete, la noche ya bien entrada y la luna resplandecientemente encendida, como era de esperar en una noche de plenilunio. Escondido tras la cara oculta, Publio Nihilo trabajaba contrarreloj sin ser visto. La misión de precipitar la luna contra la ciudad había sido aprobada en el despacho de don Arturo, como parte del plan trimestral de intervenciones. El mismo Publio Nihilo había presentado doce semanas antes a don Arturo y a sus compañeros el plan del proyecto, que pronto encontró la oposición de Claudio Lozano.&lt;br /&gt;―Publio, si me lo permites, creo que no es una buena idea.&lt;br /&gt;Acostumbrado al rechazo sistemático de Claudio Lozano, para quien su creatividad resultaba patológicamente morbosa, innecesariamente violenta e insultantemente inspirada, Publio Nihilo no tuvo más remedio que dejarse embarcar una vez más en otra patética negociación llena de buenas maneras vacías, donde el genio de sus ideas se consumiría en cada justificación, en cada defensa, en cada encorsetada verbalización impuestas por la falta de talento de Claudio Lozano.&lt;br /&gt;―¿Qué tiene de malo? ―y repartiendo equitativamente sus mejores miradas entre don Arturo y los demás miembros de GESTO con calculada naturalidad, Claudio Lozano respondió, haciendo la exposición n+1 de los principios según los cuales debía guiarse la pequeña sociedad.&lt;br /&gt;―Creo que es poco sutil, Publio, creo que tu estilo es, en general, poco sutil, no es la primera vez que digo esto. Estará usted de acuerdo conmigo, don Arturo, en que no hace falta hacer tanto ruido para provocar la atención de la gente. Cualquier catástrofe cotidiana, un incendio, un accidente, incluso un parricidio, pueden ser tan eficaces como hacer desaparecer la luna, y mucho menos traumático para todo el mundo.&lt;br /&gt;―¿Qué tiene usted que decir? ―preguntó don Arturo a Publio Nihilo, quien sintiéndose como de costumbre apenas un niño entre hombres, apático ante la falta de perspectiva de sus compañeros, intentó defender de la manera más apasionada posible su proyecto.&lt;br /&gt;―A mí me parece una buena idea… ―momento en el que Claudio Lozano cambió su insoportable tono cortés por otro más carnívoro.&lt;br /&gt;―¿Y las consecuencias, Publio?, ¿has pensado en las consecuencias?, no todo consiste en imaginar y en soñar despierto, Publio, también hay que pensar en las consecuencias.&lt;br /&gt;―Está bien, Claudio, seguro que el señor Nihilo ha pensado también en las consecuencias, ¿no es así señor Nihilo?&lt;br /&gt;―Bueno, no creo que sea nuestra responsabilidad pensar en las consecuencias, siempre son otros los que se encargan de volver a poner las cosas en su sitio, ¿no…?&lt;br /&gt;―¡No, Publio! ¡Los otros, como tú los llamas, hacen su trabajo igual que nosotros hacemos el nuestro! ¡Y entre todos intentamos que las cosas funcionen! ¡Comprendes?&lt;br /&gt;―¡Claudio, por favor! No convirtamos esta reunión en algo personal. Señor Nihilo, ¿qué necesitaría?&lt;br /&gt;―¡Don Arturo!&lt;br /&gt;―¡Claudio, por favor, dejemos hablar al señor Nihilo!&lt;br /&gt;―Poca cosa, la verdad, una vez instalado en la Gran Torre, una escalera y algunas herramientas…&lt;br /&gt;―¿Para cuándo?&lt;br /&gt;―Para el seis de octubre.&lt;br /&gt;―Está bien, señor Nihilo, está bien. Tiene mi visto bueno.&lt;br /&gt;―¡Don Arturo!&lt;br /&gt;―¡Claudio!, usted y yo hace ya años que trabajamos juntos, nos conocemos y conocemos nuestro trabajo, pero creo que tal vez vaya siendo hora de mirar con otros ojos, de dar un nuevo aire a las intervenciones. Le dejo encargado de ayudar a Publio con todo lo que necesite para la fecha que prevista, ¿estamos de acuerdo?&lt;br /&gt;―… sí, don Arturo&lt;br /&gt;―Pues no hay más que hablar, a trabajar.&lt;br /&gt;Tras la reunión, Claudio Lozano esperó la salida del despacho de don Arturo de Publio Nihilo, a quien cogió del brazo conduciéndole a empujones al interior de la pequeña cocina, cuya puerta cerró violentamente tras de sí.&lt;br /&gt;―¿Tú quién te has creído que eres? ¿Tú te crees que puedes llegar, así, de repente, y cambiar la manera de hacer las cosas? ―disparó Claudio Lozano, acorralando con su vehemencia a Publio Nihilo contra la pequeña ventana al fondo de la estrecha cocina.&lt;br /&gt;―Yo sólo he propuesto una idea, ese es mi trabajo, proponer ideas ―respondió lógicamente, con la mirada perdida, a kilómetros de aquella cocina y de la emboscada que le había tendido Claudio Lozano.&lt;br /&gt;―Mira. Yo no sé por qué será, pero le caes muy bien a don Arturo. A mí no me pareces más que un vago y un raro, pero él… yo qué sé lo él que verá en ti. Mira, es hora de que aprendas cómo funcionan aquí las cosas, si tienes una idea, me la dices a mí, no se la presentas a don Arturo en una reunión, no, me la dices a mí primero, ¿te enteras? ―maltratando el picaporte, al tiempo que marcaba contra la puerta el ritmo de sus amenazas con los pies.&lt;br /&gt;―Pero para eso son las reuniones, ¿no?, ¿para presentar ideas y discutirlas?&lt;br /&gt;―¡¡No!! ¡Eso no es lo que hacemos en las reuniones! ¡Si tienes una idea, vienes a mi mesa y me la cuentas y yo ya decidiré si se la presentamos a don Arturo o no! ―Claudio Lozano encendió la vieja radio a pilas de la cocina para amortiguar sus propios gritos.&lt;br /&gt;―Pero don Arturo ha dicho que la sociedad necesita un nuevo aire, ya le has oído ―Publio Nihilo creía conocer aquella música, cuyo poder de evocación le arrastraba aún más lejos de aquel momento arbitrario y vulgar.&lt;br /&gt;―¿Tú de verdad te crees alguien muy especial, no? ¿Cuánto tiempo llevas aquí, un año, un año y medio…?&lt;br /&gt;―Nueve meses ―la música le hablaba de su infancia, de noches de lápices de colores y de globos sobre sábanas frescas y ventanas abiertas mirando a una luna llena.&lt;br /&gt;―Nueve meses. Mira, yo empecé en esta empresa haciendo fotocopias, preparando cafés y llevando las cartas al correo, y ahora soy encargado. Dieciséis años me ha llevado. ¿Y tú te crees que en sólo nueve meses vas a poder hablar de tú a tú con don Arturo…? Pues no mientras que yo sea quien soy y esté donde estoy, ¿te enteras? ―susurró Claudio Lozano, a apenas veinte centímetros de Publio Nihilo, cuyos ojos negros sin miedo y sin vida no reflejaban interés alguno por los de Claudio Lozano, ni por aquella conversación.&lt;br /&gt;―Pero yo trato de usted a don Arturo, ¿no? ―dudó Publio Nihilo, a quien la música hablaba de coros de dientes recién confesados ante el altar del cepillo, de aliento de galleta y de sentimientos de protección envolviendo palabras ansiolíticas pasaporte al sueño.&lt;br /&gt;―Don Arturo no va a vivir para siempre, que no se te olvide. Ven, vamos a mi mesa.&lt;br /&gt;Claudio Lozano calló la radio de un golpe seco, arrancó un gemido a los goznes de la puerta y escupió violentamente a Publio Nihilo de vuelta al presente. Sentado frente a su privilegiada mesa abrió un cajón, del que extrajo un formulario que entregó a Publio Nihilo.&lt;br /&gt;―Toma, complétalo con lo que necesites. ¿No tienes boli? Toma. A ver, ¿listo? La luna gasta una veintidós, no una veinticuatro, la cambiaron durante el eclipse de principios de septiembre.&lt;br /&gt;―Yo he visto que gasta una veinticuatro…&lt;br /&gt;―Pero vamos a ver, ¿aquí quién es el encargado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―La luna gasta una veinticuatro, no una veintidós.&lt;br /&gt;Las once menos veinte. Al pie de la escalera, sobre la azotea de la Gran Torre del distrito este, trece tornillos de cabeza hexagonal. Otros tres, aparentemente pasados de rosca, sujetaban la luna al velcro sideral. La Plaza del Avenir comenzaba a llenarse de espíritus festivos en busca de su fortuna de fin de semana y Publio Nihilo, acalambrado, con las manos temblorosas y cada vez con menos tino, comenzaba a considerar soluciones alternativas a su problema. Con solo tres frágiles puntos de apoyo, la luna se dejaba mecer describiendo un arco cada vez mayor, retorciendo sus tornillos en un quejido chirriante. A pesar del estremecimiento de sus encías, Publio Nihilo no cesó de empujar la esfera luminosa hasta que, crac, cedieron los, crac, un, dos, crac, tres tornillos y la luna comenzó su último viaje al tiempo que Publio Nihilo perdía el equilibrio y caía desde lo alto de la escalera hasta el suelo de la azotea, a las once menos dieciséis exactamente, tres minutos después de lo previsto. Pasaron alrededor de dos minutos desde el crac del último tornillo hasta el gran estruendo de la luna al chocar contra la Plaza del Avenir. Dos minutos de caída durante los cuales los ojos de Publio Nihilo siguieron la precipitación de una luna velocísimamente menguante hacia el vacío, arrancando un oscuro pensamiento informe de su caótica memoria, uno capaz de horadar un enorme vacío en su cabeza, como si el vertiginoso túnel de energía desplazada tirara irresistiblemente de su propio cuerpo, como si los pies perdieran toda atracción por la gravedad, como una hipnótica invitación a seguirla para descubrir el secreto escondido al final de su caída. Y entonces, la imagen más extraña robó a la luna los ojos de Publio Nihilo, calmando su agitación. Algo que avanzaba por el aire con la estúpida cadencia de una medusa por el agua, algo que no parecía más que una bolsa preñada de aire, coloridamente inanimada y aún así, radiante de paz. Sacudido por el súbito aterrizaje, Publio Nihilo buscó el epílogo de su misión con sus ojos de 200 metros de altura: la luna no se había ensartado en el obelisco central de la Plaza del Avenir como planeado, si no que había provocado un enorme cráter, a apenas una decena de metros de una de sus cuatro entradas, no cumpliendo así el destino de aceituna imaginado para ella por Publio Nihilo, que aburrido, decepcionado y ya capaz de imaginar las reacciones en la sociedad el lunes, perdió de vista la extraña figura, se guardó los tornillos en el bolsillo, se colocó la escalera doblada bajo el brazo, marchó hacia una puerta en el centro de la azotea, a una escalera por la que descendió de la Gran Torre, por una de cuyas salidas de emergencia emergió 97 minutos y 59 pisos más tarde, justo a tiempo para andar hasta la estación de tren metropolitano de la Plaza del Avenir y llegar, tras dos transbordos, al término de la línea cuatro y por tanto a casa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-114430772685549505?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/114430772685549505/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=114430772685549505&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114430772685549505'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114430772685549505'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/04/captulo-dos.html' title='Capítulo dos'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-114185651816522625</id><published>2006-03-08T23:20:00.000+01:00</published><updated>2006-03-08T23:21:58.180+01:00</updated><title type='text'>Primera parte. Viernes, seis de octubre de dos mil seis</title><content type='html'>Hacía ya un buen rato que Nero Cayo Mesino corría calle abajo, aunque no hubiera podido decir cuánto exactamente. Aún así no sentía el menor rastro de fatiga ― el miedo a aquellos ojos negros clavándosele en las entrañas como agujas al rojo despegando la piel bajo las uñas. Volver, esa era la idea que le martilleaba la cabeza, volver a lo conocido, a la rutina, aunque no fuera posible ― no habiendo rutina, ni recuerdos, ni nada familiar más que la Plaza del Avenir, donde todo había perdido sentido tan súbitamente. Por momentos le cruzaban la mente ráfagas de imágenes fugaces que creía poder asociar con vagos recuerdos de escenas presenciadas en vida. Razonar resultaba agónico y difícil en aquel estado de conciencia parcial y de sentidos embotados ― el tacto a través de un colador, el oído continuo y cacofónico, la vista tras una cortina de gelatina, gusto y olfato incendiados. &lt;br /&gt;Creyó sentirse sentarse sobre un escalón en un portal de la calle para intentar poner orden mediante sus pensamientos a los recientes acontecimientos, creyó sentirse fijar la vista en un punto para ayudarse a dirigir su corriente mental, creyó sentir el tiempo pasar, creyó sentirse interpelado por olas concéntricas de pensamientos arbitrarios que manaban del punto en el que creyó sentirse fijar la vista para ayudarse a dirigir su corriente mental, creyó sentir el tiempo pasar, creyó sentir que acababa de sentarse sobre un escalón en un portal, creyó sentir olas concéntricas, creyó sentir un punto del que creyó sentir el tiempo pasar cuando creyó darse cuenta de que no estaba sentado si no, de que no andaba si no, de que no corría si no, de que no sentía si no, de que no había adónde volver si no, de que no había origen de donde venir si no, de que era un paréntesis, una coma suspendida, un periodo inmediato, continuo, sin principio ni fin. &lt;br /&gt;Cuando creyó tener la certeza de creer levantarse del escalón en el que creía haberse sentado ya no era de noche. El sol iluminaba con sus rayos azules el cielo blanco. Pequeños regueros de luz se escapaban de debajo de las puertas mezclándose en diminutos torbellinos antes de desaparecer tras volverse sobre sí mismos. Los pájaros reptaban de un lado a otro por el pasillo de la calle sembrando el aire de aleteos sólidos, largos y duraderos que caían en los oídos de Nero Cayo Mesino como golpes de campanas acuáticas. El aire incompleto, agujereado, emitía una frecuencia intermitente e imperfecta sobre su piel. Los aromas sólo se le insinuaban, arañándole y consumiéndose precipitadamente sin dejarse percibir, en pequeñas explosiones sulfurosas, corrosivas. Sin poder pronunciarse sobre su propia identidad, Nero Cayo Mesino empezaba a recordar desde el olvido, creando para ello una nueva colección de hábitos y de experiencias desde el comienzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los vivos desprendían luz ― cada una diferente, única y reconocible por su color, su intensidad y su frecuencia. Nero Cayo Mesino no ― opaco, absorbente, impermeable, sin siquiera alcanzar a verse con sus propios ojos, ni reflejado en las lunas de los escaparates. Los vivos tampoco parecían verle. Un vago recuerdo de la noche anterior flotaba a la deriva en su recién estrenada memoria, uno en el que creía verse enfrentado a una gigantesca masa de luz voraz y ritual, intentando evitar sin fortuna una tragedia cuya naturaleza escapaba a su capacidad de evocación. A medida que avanzaba, un nuevo ruido seco, largo y espacioso inundó sus oídos. Desde la distancia creyó identificarlo con el movimiento ondulante de una bandera, dispuesta sobre la entrada de un edificio lejano de la avenida. En un callejón próximo al edificio vio un conjunto de tres luces, una de ellas azul, pálida e intermitente, tendida, inmóvil. Las otras dos, de un rojo incandescente, se movían casi con agilidad, ensañándose con la del suelo. Nero Cayo Mesino ajustó su mirada a aquella cegadora intensidad protegiéndose los ojos con la mano izquierda, dispuesta a modo de visera, al tiempo que se aproximaba al grupo tanteando desconfiado el espacio con la derecha. Envuelta en cada una de las tres luces se adivinaba una pequeña figura. Las dos en pie se cernían sobre la del suelo, utilizando objetos que sujetaban con las manos para golpearle. Los oídos de Nero Cayo Mesino se volvieron sensibles a los gritos de los dos agresores, a los que intentó espantar con el suyo propio, que sonaba lejano e incomprensible, como un eco totalmente descompuesto, sin relación con sus palabras. Ciego a su propia voz, Nero Cayo Mesino dirigió otra vez a los dos agresores los mismos estertores remotos e indescifrables, con la esperanza de que sirvieran de vehículo a su agónico mensaje pero ninguna de las tres pequeñas figuras parecía escuchar su extraña voz. Extinto prácticamente el reflejo azul de la figura del suelo, las otras dos abandonaron lentamente el callejón, abandonándola a su propia oscuridad. Nero Cayo Mesino se acercó para asistir a aquel cuerpo insensible a sus intentos por comunicar que, envuelto irregularmente por una finísima red de luz repleta de agujeros como puños, se incorporó con estremecedora lentitud, anduvo hasta la esquina derecha del callejón y desapareció.&lt;br /&gt;Presuntamente desnudo, ciertamente aislado y a todas luces minusválido, Nero Cayo Mesino se dirigió al banco enfrente del edificio, sobre cuya entrada principal continuaba el vuelo obsesionante de la bandera. Desde allí aspiró a razonar la escena recién presenciada a partir de los elementos finitos que de aquel mundo extraño disponía. Hipnotizado por aquella bandera parsimoniosa, volvió a creer sentir su ser derramarse como una caída de agua ignorante de su origen y destino, los ojos se precipitaron fuera de sus órbitas, su tacto encogió dentro de la envoltura de su propio cuerpo y de sus entrañas una sirena de dolor trazó su torturador efecto doppler desde las tripas hasta la cabeza, estallando en una explosión aguda y perforadora que arrancó de una vida anterior el recuerdo claro y conciso de una agitada marea de pequeñas figuras con espectros de luz inquietos inundando la acera entre gritos y sirenas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cielo de la noche tornaba al color rojo en el extraño nuevo mundo que Nero Cayo Mesino padecía sin llegar a comprender. De noche los cuerpos de los vivos volvían a dejar potentes rastros luminosos de sus propios movimientos, como baba de caracol, y la luz que emanaba por todas partes cobraba una intensidad insoportable. La gran avenida por la que Nero Cayo Mesino continuaba su errar parecía arder en insólitas llamas de todos los colores ― fuego en las aceras, fuego en la carretera, fuego en los portales, fuego en el cielo ―, y sin embargo el aire frío cortaba la piel a rachas gélidas y discontinuas. Del lado derecho de la avenida una columna de luz horizontal proyectada desde la planta baja de un edificio saturaba el espacio con su fulgor, despedido en todas direcciones. Cubriéndose el rostro con ambas manos, Nero Cayo Mesino se encaminó a ciegas hacia el origen del inmenso foco, cuya luminiscencia se le colaba por entre los dedos y a través de las esquinas del rostro, quemándole los párpados, hirviéndole los ojos como dos huevos duros. Postrado en la acera, frente al origen de aquel pilar de luz sólida que parecía contener su avance y hacerle retroceder, Nero Cayo Mesino distinguió un coro de voces perfectamente sincronizadas que compartían timbre, tono y frecuencia y cuyo mensaje sonaba tan extraño y tan lejano como su propia voz. Lentamente y más allá de una pared lisa y fría que Nero Cayo Mesino podía sólo palpar, fueron perfilándose contornos mínimos en medio de la luz. Ciertas figuras fueron oscureciéndose y revelando su hipotética fisonomía, arrancando matices de color a la purísima concentración de blanco nuclear. Con lágrimas en los ojos, Nero Cayo Mesino fue tortuosamente recuperando el poder de la vista. Más allá de la pared fría y repartida por toda la superficie, la misma imagen se repetía: la mitad superior de una figura humana prácticamente inmóvil, contenida en cajas de diferentes tamaños aparecía y desaparecía entre imágenes de paisajes múltiples y desconocidos por Nero Cayo Mesino, hasta que, tras la enésima reaparición de la media figura humana, un nuevo paisaje sacudió su frágil memoria mediante un nuevo estallido procedente de las tripas que le hizo comprender la escena. Amontonados en el escaparate de la tienda de electrodomésticos, los televisores ofrecían los informativos de la noche. Algo se le frotó contra las piernas desnudas, Nero Cayo Mesino miró al suelo, donde encontró los ojos verdes de un gato gris y marrón cuya cabeza, pequeña en proporción a su cuerpo, le apuntaba directamente, como si estuviera viéndole.&lt;br /&gt;―Insoportable toda esta luz, ¿verdad? ―comentó el gato.&lt;br /&gt;―Desde luego ―esta vez sus propias palabras le sonaron claras y perfectamente comprensibles. Ambos volvieron a mirar hacia los televisores del escaparate.&lt;br /&gt;―Tremendo lo de la Plaza del Avenir. Parece que ha quedado muy cambiada desde lo de anoche ―dijo el gato.&lt;br /&gt;―Ya lo creo ―respondió Nero Cayo Mesino, cuyo diálogo, compuesto de frases simples y prácticamente huecas, recordaba al de quien habla a un micrófono durante una prueba de sonido. &lt;br /&gt;El gato frunció el ceño y miró con recelo a Nero Cayo Mesino.&lt;br /&gt;―Si estás pensando en pasarte por allí ten cuidado con los ojos negros, últimamente están por todas partes.&lt;br /&gt;―Gracias ―respondió Nero Cayo Mesino sin apartar los ojos de las pantallas de televisión. &lt;br /&gt;Y sin más, el gato desapareció por un callejón de la gran avenida en llamas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-114185651816522625?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/114185651816522625/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=114185651816522625&amp;isPopup=true' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114185651816522625'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/114185651816522625'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/03/primera-parte-viernes-seis-de-octubre.html' title='Primera parte. Viernes, seis de octubre de dos mil seis'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-113921032058208105</id><published>2006-02-06T08:17:00.000+01:00</published><updated>2006-02-17T21:27:53.013+01:00</updated><title type='text'>Tercer prólogo</title><content type='html'>TERCER PRÓLOGO. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy segura de que todo el mundo podría llegar a entender…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más alto, más lejos, más tiempo, como si diera un paso más, como si el suelo todavía estuviera bajo mis pies, casi como subir una escalera dando saltos cada vez más grandes. Y una vez arriba sólo pensar en disfrutar del tiempo que queda por delante, de la caricia del aire, de la intimidad de la soledad y descubrir los secretos del nuevo medio, como si estuviera en la bañera de casa de mi madre, rodeada de espuma, recién llegada del colegio, una tarde clara de otoño, con el sol oxidando el cielo desde las montañas hacia las que vuelan, hacia las que vuelo…&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―¡Rosa!, ¿eres tú? ―gritó asustada la madre desde el salón, despierta por unos golpes en cuya dirección se dirigió, todavía aturdida por el sueño del que había sido arrancada.&lt;br /&gt;―¡Mamá! ―respondió desde otra habitación la hija, suspendida de la barandilla del balcón.&lt;br /&gt;―¿Estás bien? ―preguntó la madre al tiempo que tiraba de la hija.&lt;br /&gt;―Sí, pero creo que he tirado una maceta, mira ―nueve pisos más abajo, una mancha irregular esparcida sobre la acera de la calle, apenas visible en la penumbra de una oscurísima noche que la luz de las farolas apenas podía apagar.&lt;br /&gt;―Bueno, ya encontraremos otra, ¿y tú no podías entrar por la puerta, no?&lt;br /&gt;―Mamá, no empieces, por favor, maldita manía que tienes de tenerlo todo cerrado.&lt;br /&gt;―¿O sea que la rara soy yo por cerrar las persianas?&lt;br /&gt;―Anda, mamá, vamos a dejarlo.&lt;br /&gt;Llevaba casi trece años volando cada atardecer, desde una tarde de otoño, tras una clase de ciencias naturales en la que aprendió cómo los machos de algunas especies vegetales se desprenden de su simiente, arrastrada por las corrientes para fecundar alguna hembra, tal vez a kilómetros. Se llamaba Rosa y esperaba quedar embarazada algún atardecer.&lt;br /&gt;―Por lo menos te habrás puesto el casco ―exclamó la madre al tiempo que ponía orden a las maltrechas plantas del balcón.&lt;br /&gt;―Sí, mamá, me he puesto el casco ―respondió la hija camino de la cocina.&lt;br /&gt;―¿Y dónde lo has dejado?, porque yo no te lo veo por ninguna parte ―persiguiendo a la hija por el pasillo.&lt;br /&gt;―Bueno, mamá, mañana me lo pondré, ¿vale?&lt;br /&gt;―O sea que mañana otra vez sales a romperte por ahí la crisma, o a que te maten, ¿no? &lt;br /&gt;―Mamá, por favor, no empieces…&lt;br /&gt;―Pero, vamos a ver, ¿tú no puedes hacer como todo el mundo?, ¿tú no puedes salir a la calle por la puerta y enamorarte de alguien que te dé hijos?&lt;br /&gt;―No mamá, me dan miedo las camas. Tú no lo entiendes…&lt;br /&gt;―¡Claro, ya está, yo no lo entiendo! ¡Pero por lo menos podrías ponerte el casco, yo me quedaría más tranquila! ¿O es que piensas que la gente no te ve?&lt;br /&gt;―Pues supongo que sí, mamá, supongo que si miran me verán, sí.&lt;br /&gt;―¿Y qué, piensas seguir saliendo por el balcón hasta que te cojan? ¿Como si fueras un pájaro?&lt;br /&gt;―Mamá, de verdad que no va a pasarme nada. Además, si alguna vez me ve alguien, ya explicaré todo lo que haya que explicar, que ya lo entenderán.&lt;br /&gt;―¿Ah, sí?, pues a mí no me entra en la cabeza.&lt;br /&gt;―Tú eres mi madre.&lt;br /&gt;Rosa y su madre vivían al noreste de la ciudad, cerca de un antiguo polígono industrial en el que todo rastro de industria había desaparecido hacía tiempo. La fisonomía constante del barrio ― bloques de pisos, ventanas oxidadas, aceras perdidas, farolas huérfanas y solares tuertos ― se extendía gris formando una monótona parrilla sin sorpresas, sin personalidad y casi sin vida. Rosa y su madre habían construido a base de silencio su propia torre de babel en el último piso del edificio casi deshabitado en el que convivían. Allí la madre conservaba viva la memoria de otra época más feliz, llena de futuro, tal vez más real ― personas que ya no estaban, que habían cambiado, momentos entre paréntesis de acetato, de naftalina, de papel de periódico, cajas, cómodas, vitrinas y enormes armarios donde guardar el aire, el recuerdo, el pasado. &lt;br /&gt;La habitación de Rosa buscaba el oeste más allá de un camposanto de azoteas y de antenas de televisión, atravesado por hilos de tender la ropa sin ilusión y con gesto triste. Desde su ventana, a kilómetros, se podían ver los edificios altos del distrito este de la ciudad, entre los que el sol desaparecía los días claros, descompuesto en mil reflejos cegadores, como si se escondiera tras las mil ramas de un árbol gigante para susurrar secretos rojos, anaranjados, amarillos y blancos. Rosa vivía apoyada en el balcón, razonando las alturas del exterior ― un medio que, sin ser el suyo propio, no le era extraño ―, desinteresada por lo que quedara del lado de las paredes y las puertas. Cerca de su ventana había algunas macetas con tierra en las que no parecía crecer nada. Un mínimo contingente de muebles donde guardar la ropa y apilar libros y objetos con los que balizar su propia vida. En su habitación no había cama, Rosa les tenía miedo desde niña, tras haber visto a su padre morir en una enorme. El padre de Rosa había sido obrero en una fábrica del polígono durante la época de sonrisas y de domingos sin miedo del barrio. Un día los compañeros lo trajeron a rastras desde la fábrica a casa, bañado en sangre. A la llegada del médico llegó, el padre de Rosa, la fábrica y el barrio estaban todos muertos, camino de un cajón en el que todavía seguían guardados. Desde entonces el papel de acetato, la naftalina, una pensión y pequeños trabajos temporales en la ciudad se habían aliado para consolidar una mínima espina dorsal.&lt;br /&gt;―¿Tienes hambre?&lt;br /&gt;―Regular ―respondió la hija cerrando poco inspirada el frigorífico.&lt;br /&gt;―¿Has cenado algo?&lt;br /&gt;―No ―sentándose sobre una silla frente a su madre con aire de derrota.&lt;br /&gt;La cocina era la habitación más grande del apartamento, la única en la que el tiempo podía circular libre, sin temor a caer preso en trampas, y donde las dos mujeres resultaban particularmente incapaces de llenar el atronador silencio con su sola presencia.&lt;br /&gt;―¿Qué tal hoy?&lt;br /&gt;―Bien, poca gente, he podido leer un poco, pero mañana será peor… ¿y tú?&lt;br /&gt;―Bien también, estuve con doña Amparo… ¿te apetece una sopa?&lt;br /&gt;―No, déjalo. ¿Doña Amparo?, pensaba que te caía mal…&lt;br /&gt;―¿Por qué dices eso?&lt;br /&gt;―No sé, una impresión. &lt;br /&gt;La madre de Rosa tenía la arbitraria costumbre de negar con la cabeza sin articular un sonido, al tiempo que cerraba los ojos y forzaba un largo suspiro contenido a través de una mínima sonrisa de fastidio, rutina a la que seguía siempre un corto silencio al que ella misma ponía término.&lt;br /&gt;―Pues me contó que a una sobrina suya la han hecho fija en la empresa.&lt;br /&gt;―No he tenido tiempo de comprar el pan.&lt;br /&gt;―¿Y tu contrato?, ¿hasta cuándo te dura?&lt;br /&gt;―Hasta fin de mes.&lt;br /&gt;―¿Y luego?&lt;br /&gt;―Pues no sé, mamá, luego ya veremos ―respondió molesta, levantándose de su silla.&lt;br /&gt;―¿Vas a salir luego? ―siguiendo a su hija con la mirada desde la otra silla.&lt;br /&gt;―No, no creo. Me apetece quedarme en casa ―sonó la voz de la hija desde el pasillo.&lt;br /&gt;―Bueno, si sales me haces el favor de ponerte el casco ―la madre apuntó hacia el pasillo.&lt;br /&gt;―Vale, pero no creo que salga. Me duele la espalda ―Rosa no llamaba a sus alas por su nombre en presencia de su madre. Dos pequeñas alas que, bajo la ropa holgada de Rosa, parecían un par de omoplatos de caprichosa fisonomía, nada más.&lt;br /&gt;―¿Sabes si ha pasado algo por el centro? ―preguntó Rosa desde el salón.&lt;br /&gt;―No, ¿por qué? ― la voz de la madre se acercó por el pasillo.&lt;br /&gt;―Es que he oído muchas sirenas al llegar a la estación.&lt;br /&gt;―No sé, ¿quieres poner la tele? ―la madre apareció por la puerta del salón.&lt;br /&gt;Rosa dio licencia a su pulgar para completar el circuito habitual de televisiones. Todas las cadenas ofrecían bloques de promoción reservados a las agrupaciones políticas, metidas de lleno en plena campaña de cara a las próximas elecciones.&lt;br /&gt;―¡Hija, para ya, que en todas están con lo mismo!&lt;br /&gt;Suspendido en el aire de una de las televisiones locales, habiendo recibido paso desde el estudio, inseguro y con aire de un gran desconcierto, un enviado especial, desenfocado y casi fuera de cuadro, hacía su entradilla de espaldas a una Plaza del Porvenir caótica, cubierta de una densa nube de polvo negro y atestada de bomberos, fuerzas del orden y soldados en continuo movimiento en torno al gran obelisco central.&lt;br /&gt;―Sí, eh… efectivamente, según hemos podido saber de fuentes oficiales, eh… todavía ha sido posible, todavía NO ha sido posible, queremos decir, todavía… NO ha sido posible confirmar el origen del… DEVASTADOR accidente ocurrido en… la Plaza del Porvenir hace ahora apenas media hora y que ha provocado al parecer… una única víctima mortal sin identificar… sí, efectivamente, la policía está… ACTUALMENTE tomando declaración a algunos de los testigos presenciales, a las personas que se encontraban en la plaza alrededor de las… ONCE MENOS CUARTO, hora aproximada del accidente… y como decimos todavía NO se ha podido confirmar quién… quién o qué ha sido… ha provocado el accidente que como pueden ver ha provocado TREMENDOS daños en la Plaza, perdón… sí, hemos podido hablar con algunas de las personas que estaban en la plaza a la hora del accidente y todas coinciden… sí, según estos… TESTIGOS visuales, insistimos, según sus declaraciones, la luna… la luna se habría DESPLOMADO cayendo sobre la víctima todavía sin identificar insistimos y provocando los… ENORMES… provocando una DEVASTADORA… los DEVASTADORES daños que pueden ver&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-113921032058208105?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/113921032058208105/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=113921032058208105&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/113921032058208105'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/113921032058208105'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/02/tercer-prlogo.html' title='Tercer prólogo'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-113653311784772560</id><published>2006-01-06T08:36:00.000+01:00</published><updated>2006-01-06T08:38:37.860+01:00</updated><title type='text'>Segundo prólogo</title><content type='html'>SEGUNDO PRÓLOGO.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si mi nombre no fuera Publio Nihilo, hoy la luna brillaría en el cielo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me gustaría volver a verte. Ya sé que es una tontería, pero de vez en cuando te escribo alguna carta. También te hago pequeños homenajes: he empezado a desayunar con mermelada de melocotón, aunque no siempre tengo tiempo suficiente para desayunar. Duermo bastante mal, así que suelo levantarme muy justo para ir a trabajar. En realidad no sé si sabrás algo de mí, estés donde estés. Yo desde luego no sabría dónde enviarte las cartas que te escribo, pero créeme que me gustaría volver a verte. Que tú me vieras a mí. Que volviéramos a vernos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No muy lejos del momento ni del lugar en los que el cadáver de Nero Cayo Mesino perdía el favor de la multitud congregada para salvarle, Publio Nihilo surcaba las entrañas de la ciudad rumbo sur a bordo de la línea cuatro del tren metropolitano que dividía verticalmente la ciudad en dos mitades. De pie, asegurando una escalera contra la puerta del conductor del primer vagón con la espalda, Publio Nihilo intentaba pensar más fuerte que sus propios pensamientos. Ignorantes de la revuelta en la Plaza del Porvenir, de la reciente desaparición de la luna y de cualquier cosa que no tuviera que ver con las sacudidas que aún tendrían que soportar hasta sus destinos, los habitantes del concurrido tren vivían su episódica existencia de pasajeros con normalidad, alzando la vista en cada estación como cuenta atrás a la suya, suspirando, a modo de indiferente despedida, a la salida de cada viajero y protestando en silencio ante la llegada de músicos, mendigos, turistas y demás buscadores de fortuna. &lt;br /&gt;Buscando con la palma de la mano en la barra una cara todavía fría y seca, Publio Nihilo hacía por pasar desapercibido para el resto de los ocupantes del vagón: miedo a cruzar un gesto, una sonrisa o una mirada que pudieran condenarle a un momento de complicidad, de humana camaradería o al alba de una posible amistad con cualquiera de los allí presentes, que bien podría ser mañana su víctima. Desde su perspectiva privilegiada, el flujo de pasajeros evocaba una insólita coreografía ― la elegante señora del perrito faldero liberaba su asiento retráctil del lado del pasillo al ver que el joven que hablaba por teléfono abocinando discretamente el aparato con la mano se levantaba del suyo de ventanilla para dirigirse a la puerta, momento en el que el caballero del traje se deslizaba desde otro asiento retráctil del lado de la puerta dejando a su vecino en compañía de su olor a fritanga ― un hormiguero en el que cada miembro se movía en pos de un ideal de comodidad metropolitana forjada a fuerza de trayectos. &lt;br /&gt;Publio Nihilo vivía a pocos minutos del término de la línea cuatro ― suficientes para sucumbir a la intensidad de sus pensamientos ― en el número quince de la Avenida de los Sauces, un barrio trabajador a las afueras de la ciudad donde tenía alquilado un segundo piso austero y poco luminoso de dos habitaciones. Solía volver a casa tarde y cansado, mucho después del fin de su jornada, reconfortado por la certeza de que el cansancio mantendría a raya las obsesiones que tanto le atormentaban. Hallarse frente al portal de su edificio le provocaba una narcótica mezcla de melancolía por el fin de la jornada y de ansiedad por extinguir cuanto antes lo que a ésta le quedara de vida, sensación que le acompañaba en cada mecánico movimiento ― felpudo, evitar portazo, vistazo al buzón, catálogo, escalera, oscuridad, llaves, puerta, cierre, zapatos y escalera en la entrada, abrigo en el armario, pantalón, camisa, ropa sucia ― hasta el fuerte de sus sábanas, desde donde repasaba alguna de las revistas que tapizaban la superficie de la vivienda. Desde las ciencias hasta los viajes, cualquier publicación que abundara en imágenes de parajes remotos era bienvenida al suelo de su apartamento. Su último descubrimiento habían sido los catálogos de viajes, en los que además de bikinis, sonrisas protésicas y familias perfectas encontraba instantáneas con las que satisfacer su extraña curiosidad. Publio Nihilo los había descubierto en una agencia del centro de la ciudad, de camino al trabajo, en una época en la que aún no había descubierto las consecuencias de una conversación banal y el valor del anonimato ― aquella chica, amable, segura de sí misma y su estúpida sonrisa post-mortem.&lt;br /&gt;La noche del seis de octubre, instalado en su cama, Publio Nihilo se colocó sobre las piernas el último catálogo recibido para, bolígrafo en mano, escrutar concienzudamente las páginas, a las que como de costumbre dedicó toda su atención para subrayar comentarios a pie de foto, hacer anotaciones y cruces en los márgenes, trazar flechas, grabar asteriscos, escribir signos de interrogación, tachar líneas del índice y corregir hasta que todas quedaron marcadas y él rendido, como si hubiera mantenido una batalla, destapado sobre la cama, tronchado contra la pared, con el dorso de las manos descansando sobre las piernas cruzadas y los ojos perdidos en la oscuridad de una noche sin luna más allá de la ventana abierta, como cuando era niño &lt;br /&gt;viernes, seis de octubre, hola papá, últimamente duermo muy mal, creo que es porque me acuerdo mucho de ti y de las cosas que solíamos hacer juntos, por aquí han pasado muchas cosas últimamente, aunque no sé si algunas te parecerían bien, no sé si querrías saberlas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Publio Nihilo trabajaba en el centro de la ciudad, a siete estaciones del término sur de la línea cuatro del tren metropolitano, junto a otras cuatro personas a las órdenes de don Arturo Párvulo, director de la sociedad GESTO. Una placa dorada de treinta por treinta centímetros colocada a la entrada principal del edificio servía a viandantes y a curiosos a modo de concisa información sobre la naturaleza de sus actividades y de su situación en el inmueble: GESTO, gestión total, 1º izqda.. GESTO, gestión total, se extendía sobre una superficie de ciento noventa y tres metros cuadrados dispuestos en forma de ele que comprendían una sencilla recepción, una gran sala principal con un puesto de trabajo para cada uno de los cinco empleados, la oficina de don Arturo Párvulo, un cuarto de baño mixto y una pequeña cocina. Un largo y estrecho pasillo salpicado de armarios y estanterías de los que brotaban cajas y archivadores conducía desde la recepción hasta la oficina de don Arturo, en la esquina de la ele, dejando la gran sala a la izquierda y una vista al patio interior a la derecha, a través de tres ventanales. &lt;br /&gt;Cada mañana, hacia las nueve menos cuarto, don Arturo hacía coincidir su llegada a la oficina con la salida de doña Mariza, empleada doméstica, con quien apresuraba, de camino a su despacho, un breve protocolo de frases bien escogidas sobre los últimos sucesos al tiempo que recibía de manos de ella el correo. Don Arturo disfrutaba íntimamente su cuarto de hora de soledad, antes de la llegada de los empleados ― silencio en el pasillo, corriente de aire fresco desde su ventana hacia el patio, luz todavía anaranjada de mañana ―, para celebrar el constante crecimiento de sus plantas, ojear la prensa y el correo, supervisar el trabajo de doña Mariza y prepararse una taza de café mientras miraba por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―Señor Nihilo, es usted realmente imposible.&lt;br /&gt;―Lo siento, don Arturo, es que se me olvidó la escalera en casa&lt;br /&gt;―Ande, venga a mi despacho, que tengo cosas que decirles.&lt;br /&gt;El despacho de don Arturo era el único espacio de la sociedad enmoquetado ― de color verde oliva ― solo indicio de jerarquía, junto con el privilegio de dos ventanales al Parque de la Morada ― que don Arturo mantenía desgraciadamente cerrados la mayor parte del día a causa del intenso ruido del tráfico ― una gran mesa de roble ― limpia, diáfana, perfectamente ordenada ― y dos sillones en torno a los cuales se posicionaban los cinco empleados durante las reuniones con don Arturo. Los puestos de trabajo, los ordenadores, las plantas, los armarios y las estanterías de GESTO eran objeto de un democrático reparto. Todos los empleados eran libres de personalizar su lugar de trabajo a su antojo, dentro de unos límites marcados por el orden y el buen gusto ― fotografías, útiles de oficina, cuadros, recuerdos y objetos inservibles cargados de valor sentimental. Todos, excepto Publio Nihilo, hacían uso de este derecho, cuyo puesto de trabajo ― un ordenador sin montar, adhesivos garabateados, pilas de documentos sobre las estanterías, manchas en la tapicería de su silla, cajones impracticables, una mesa infestada de bolígrafos gastados y un helecho marchito ― no permitía suponer de su persona más que un gran desorden interior.&lt;br /&gt;―Buenos días, Publio, ¿buscas algo?&lt;br /&gt;―Nada, unos vasos vacíos…&lt;br /&gt;―¿Unos vasos vacíos?, ¿y para qué los quieres?&lt;br /&gt;―Para nada, los tenía guardados, simplemente…&lt;br /&gt;―Pues hombre, me imagino que los habrá tirado la señora de la limpieza, ¡digo yo!, ¿no?, que para eso está.&lt;br /&gt;―Sí, supongo.&lt;br /&gt;―¡Pero no te apures, hombre, que vasos tienes en la cocina todos los que quieras!&lt;br /&gt;―Ya, gracias.&lt;br /&gt;―Anda, tira para el despacho de don Arturo, que tiene algo que decirnos.&lt;br /&gt;―Voy.&lt;br /&gt;Claudio Lozano era el empleado de mayor antigüedad, coordinador de intervenciones de la sociedad de un talante ― desconfiado y paranoico ― muy distinto al de don Arturo. La situación privilegiada de su puesto, el más próximo al despacho de don Arturo, hacía adivinar que más allá de moquetas verdes y de ventanas al bulevar, sí que existía, después de todo, una cierta jerarquía entre los cinco empleados. &lt;br /&gt;―Buenos días a todos. No hemos empezado demasiado bien la semana; he hablado esta mañana con el ministerio, aunque me han comunicado su satisfacción por los aparentes buenos resultados de nuestras intervenciones ―gesto complaciente de Claudio Lozano desde uno de los sillones― me han pedido que les transmita sus deseos de que en el futuro las mantengamos a un nivel más tolerable ―mirada reprobatoria a Publio Nihilo―. Según me han dicho, medio ambiente y asuntos exteriores van a sudar tinta para disimular lo del viernes ―chascarrillos y miradas de soslayo a Publio Nihilo―. También me han pedido un aumento del número de intervenciones para el próximo trimestre. &lt;br /&gt;–Cómo se notan las elecciones– la voz de Claudio Lozano sonó un tanto extemporánea.&lt;br /&gt;–Mi puerta está abierta, así que no duden en venir a informarme de sus ideas y sus propuestas. En mi ausencia, pueden transmitírselas al señor Lozano, que me las hará llegar a mí personalmente. ¿Alguno de ustedes tiene alguna pregunta? Bien, manos a las obra entonces.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-113653311784772560?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/113653311784772560/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=113653311784772560&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/113653311784772560'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/113653311784772560'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2006/01/segundo-prlogo.html' title='Segundo prólogo'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19661203.post-113507197428446942</id><published>2005-12-20T10:45:00.000+01:00</published><updated>2005-12-20T10:49:17.446+01:00</updated><title type='text'>Prólogo</title><content type='html'>Viernes, ¿de dónde vienes…?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viernes. Siempre sentí predilección por el viernes. El viernes siempre fue un bálsamo, la cura infalible para cualquier mal. La semana sólo tenía sentido ante la certeza de que conduciría al viernes, a la esperanza, a la plenitud absoluta. El viernes era un rellano todo paz y perfección, una cima donde descansar y desde la que imaginar el resto de la existencia, a sabiendas de que todo era posible, con tal de que fuera viernes. Viernes. Siete letras y dos sílabas que encerraban una energía contagiosa e inagotable. El sábado no era nada junto al viernes; el sábado siempre era demasiado tarde, siempre eran hechos consumados, el sábado ya no había vuelta atrás, pero el viernes… el viernes era una página en blanco, virgen, sublime. Amor, alegría, aventuras, cómplices, descubrimientos, éxitos, recuerdos, viajes… todos nacieron en viernes para quedarse a vivir en él, por siempre. Viernes. El día de mi muerte. Viernes…&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus sueños, Nero Cayo Mesino era el motor del universo. La vida, la gente, la historia, las culturas y el mundo en general no eran sino una compleja corte dispuesta en torno a su persona para estimular su imaginación, alimentar sus sueños, provocar su juicio, e inspirar sus actos. Durante el plenilunio del viernes seis de octubre de dos mil seis, el mundo entero volvió los ojos a los escasos dos metros cuadrados de suelo ocupados por su demiurgo, Nero Cayo Mesino, quien, sin poder en principio encontrar explicación al hecho que le acontecía, pudo presenciar los instantes que siguieron a su muerte, aplastado por la luna ― notablemente más pequeña que aquella del gran paso para la humanidad, pero luna al fin y al cabo, con sus mares tranquilos, su fisonomía de queso de gruyère y su superficie cerúlea. Ningún arma de destrucción conocida por el hombre, ningún fenómeno natural por él registrado, ninguna devastadora amenaza nacida de su fantasía más febril hubieran podido compararse con el sonido del impacto certero de la luna sobre la persona de Nero Cayo Mesino, cuyas atléticas piernas eran la única parte visible de su cuerpo sepultado, más allá de la nube de polvo y la marea de adoquines, tuberías, cables y escombros desatadas por el ex-satélite. Toda actividad quedó suspendida: callaron los brindis, los insultos, las sirenas, los golpes y las bromas en un largo instante de qués, de dóndes y de no sés antes de que nadie se decidiera a abandonar vehículos, barras, conversaciones y viviendas próximos a la Plaza del Avenir para acercarse al epicentro del prodigio, donde letanías como&lt;br /&gt;―¡Hay que sacarlo de ahí!&lt;br /&gt;―¿Está muerto?&lt;br /&gt;―¡Que alguien llame a la policía! ―se iban derramando sin demasiado entusiasmo de las bocas de los presentes que, desbordados por lo insólito de la situación, intentaban hacer muestra de sangre fría con sus&lt;br /&gt;―¡Vamos a hacer palanca!&lt;br /&gt;―¿Con qué?&lt;br /&gt;―¡Y yo qué sé, pero hay que intentar sacarlo de ahí!&lt;br /&gt;―¿A lo mejor tirando de las piernas?&lt;br /&gt;―No, no, lo mejor será llamar a alguien.&lt;br /&gt;―¿Y si intentamos empujarla?&lt;br /&gt;―¡Pero qué dice, ¿usted se imagina lo que debe de pesar?&lt;br /&gt;―Bueno pero algo habrá que hacer.&lt;br /&gt;―Pues eso, lo mejor es que llamemos a alguien.&lt;br /&gt;―¡Yo no puedo mirar!&lt;br /&gt;―Lo mejor será no tocar nada hasta que llegue la policía.&lt;br /&gt;―De todas maneras seguro que está muerto… ―posibles soluciones y testimonios confundidos en un esfuerzo colectivo por comprender, por recordar, por clarificar, por olvidar &lt;br /&gt;―(Eso ha sido cosa de los terroristas…)&lt;br /&gt;―¡Un ruido como de latigazo!&lt;br /&gt;―¡Pero qué dice, cómo van a ser los terroristas!&lt;br /&gt;―Como un golpe de aire que lo ha tirado todo al suelo.&lt;br /&gt;―¡Vamos a empujar!&lt;br /&gt;―Como un disparo pero más grande.&lt;br /&gt;―No, yo nunca he oído un disparo de verdad.&lt;br /&gt;―¡A la de tres!&lt;br /&gt;―(No, yo estaba de espaldas, pero este señor dice que lo ha visto todo…)&lt;br /&gt;―¡UNA!&lt;br /&gt;―(¿La luna…?)&lt;br /&gt;―Yo ya les he dicho que lo mejor es que esperemos a que llegue la policía, pero este señor…&lt;br /&gt;―¿Cómo que la luna, qué dices?&lt;br /&gt;―Claro, ¿pero y si está vivo?&lt;br /&gt;―¡DOS!&lt;br /&gt;―No, yo he oído que había pasado algo y he bajado corriendo.&lt;br /&gt;―(Y entonces, ¿quién ha sido…?)&lt;br /&gt;―De todas maneras, seguro que está muerto.&lt;br /&gt;―¡¡TRES!!&lt;br /&gt;Las voces de los vivos sonaban lejanas y graves en los oídos del nuevo Nero Cayo Mesino, como gritos náufragos en una marea metálica, cíclica, ahogados en las gargantas por una atmósfera pegajosa y densa. Los vivos se movían lentamente y con enorme dificultad, trazando en cada gesto estelas translúcidas que coloreaban el aire. El resultado era una escena confusa de humanidad absurda en la que era difícil distinguir hombres de ancianos y niños de mujeres, y donde la luminosidad de cada uno de ellos venía a mezclarse con la de todos los demás. Sin embargo, Nero Cayo Mesino comprendía el mensaje de los vivos y la bondad de sus intenciones. Todo tenía un aspecto irreal y poco claro en torno a Nero Cayo Mesino, que continuamente escudriñaba el horizonte buscando algo que le resultara familiar: la plaza, la gente, el cielo, aquella ciudad, nada se parecía remotamente a nada que él hubiera conocido en vida y cada nuevo rincón al que dirigía su mirada le alejaba aún más de la posibilidad de recordar. Tan sólo la luna, por pequeña que ahora le pareciera, y sus piernas, asomadas al exterior del socavón en el que debía de encontrarse su cadáver, le aseguraban un mínimo recuerdo de su recién perdida identidad. Sus piernas, que tan poco conocieron del mundo que tanto habían recorrido ― escaleras, carreras, pasillos, charcos, zancadillas ― obedecían ahora inertes y ensangrentadas al forcejeo de una multitud al rescate que no lograba ponerse de acuerdo sobre la manera de llevarlo a cabo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;―Una… dos… ¡TRES! ―y la luna cedió fácilmente, casi con gracia, ante el argumento de la multitud para desaparecer rodando tranquila y despreocupadamente calle abajo por uno de los callejones que partían de la plaza, dejando en su camino minúsculas huellas de polvo lunar. Una de las piernas de Nero Cayo Mesino descansaba indiferente en el suelo a algunos metros del fondo de grava sanguinolenta y de restos de lo que poco antes había sido su cuerpo. La otra no tardó en deslizarse de las manos de uno de los partidarios del rescate mediante extracción, para caer dentro del cráter haciendo chof al clavarse en lo que probablemente había sido parte de aquel  ex-ser pluricelular. Enredada en el pelo de un gran trozo de cuero cabelludo, una diminuta bandera sin ondear yacía deshinchada a media asta con sus barras y estrellas manchadas de polvo y sangre. A sus treinta y tantos, sin descendencia ni antecedentes penales conocidos, soltero, anónimo vecino modelo de un barrio en las afueras del este de la ciudad, eterno ser humano ocasional con una vida tan anodina como la de cualquier otro y centro del universo patológicamente incompatible con todo tipo de certeza, Nero Cayo Mesino no tenía ninguna duda sobre la gravedad su propio diagnóstico.&lt;br /&gt;―Lo que yo decía, muerto.&lt;br /&gt;―(Esto ha tenido que ser cosa de terroristas…)&lt;br /&gt;―Lo mejor hubiera sido esperar a la policía…&lt;br /&gt;―Entonces todo era mentira…&lt;br /&gt;―¡Pero qué dice, ¿no se da usted cuenta de que nos hemos quedado sin luna?&lt;br /&gt;―¡Con luna o sin luna, esto han tenido que ser los terroristas!&lt;br /&gt;―¡No tiene usted ni idea de lo que dice!&lt;br /&gt;―¡Bueno, cálmense!&lt;br /&gt;―Lo mejor será esperar a ver qué dice la policía.&lt;br /&gt;―¡Que nos hemos quedado sin luna! ¿Se entera?&lt;br /&gt;―¡Sí que me entero, sí, sí señor, y la culpa es de los terroristas y de este señor que está ahí!&lt;br /&gt;―¡Pero qué dice, si este señor está muerto!&lt;br /&gt;―(No me imaginaba que fuera tan pequeña…)&lt;br /&gt;―¡Pues algo habrá hecho para que se le caiga la luna encima, digo yo!&lt;br /&gt;―¿Ande, cállese ya, que no dice usted más que tonterías!&lt;br /&gt;―¡Señores, cálmense!&lt;br /&gt;―¡El caballero tiene razón, algo habrá hecho para que se le caiga la luna encima!&lt;br /&gt;―(Seguro que sí, seguro que era un terrorista…)&lt;br /&gt;―¡¡Señores, por favor, vamos a esperar a que venga la policía!!&lt;br /&gt;―¡¡Terrorista, más que terrorista, merecido lo tienes!!&lt;br /&gt;―(Mira que dejarnos sin luna…)&lt;br /&gt;―¡¡Terrorista!!&lt;br /&gt;―¡¡Terrorista!!&lt;br /&gt;―¡¡TERRORISTA!!&lt;br /&gt;Adoquines, piedras, tuberías y todo tipo de objetos arrojadizos al alcance del millar de manos congregadas en la Plaza del Avenir para rescatar a Nero Cayo Mesino pronto empezaron a llover sobre el informe cadáver a tal velocidad y con tanta precisión que a la llegada de las fuerzas del orden no quedaría rastro del cráter ni del cadáver del atónito y, desde aquel confuso momento, invisible para los vivos Nero Cayo Mesino, quien intentaba sin éxito detener el linchamiento de su propio cuerpo mediante el que la multitud, antes bienintencionada, ahora ciega y fanática, pretendía hacerle pagar por el asesinato de la luna. &lt;br /&gt;Al lado del cráter, todavía en pie, el distraído obelisco de la plaza ― Al valor ―. En la loma de algún monte una anticuada doncella a medio devorar y un hombre lobo se habían quedado a oscuras. En las charcas, las ranas apuntaban sus lenguas a ciegas y las luciérnagas escrutaban inútilmente el velcro sideral. Los tiburones se precipitaban hacia las profundidades de los océanos, víctimas del estatismo de los siete mares. Y del otro lado de la plaza, un par de ojos negros que atravesaron a toda velocidad la enloquecida multitud alcanzaron de lleno a Nero Cayo Mesino para inundarlo con un terror absoluto que lo precipitó calle abajo, detrás de la luna.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19661203-113507197428446942?l=mario-poe.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mario-poe.blogspot.com/feeds/113507197428446942/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='https://www.blogger.com/comment.g?blogID=19661203&amp;postID=113507197428446942&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/113507197428446942'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19661203/posts/default/113507197428446942'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mario-poe.blogspot.com/2005/12/prlogo_20.html' title='Prólogo'/><author><name>Mario Poe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/18393463006035974695</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='05650497140886433723'/></author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></entry></feed>